
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay imágenes que deberían perseguir a los pueblos durante generaciones. No como una condena eterna, sino como una advertencia.
En 1960, las muchedumbres enfervorizadas de La Habana gritaban “¡paredón, paredón!” para acompañar la violencia revolucionaria y validar los delirios de una banda de facinerosos que había tomado el poder a fuerza de sangre, fuego y odio. La multitud vociferaba. La multitud reclamaba venganza. La multitud estaba convencida de que el enemigo merecía desaparecer. Sesenta y seis años después, la pregunta inevitable es brutalmente sencilla: ¿y?
¿Y qué hacemos ahora con aquel odio? ¿En qué terminó aquella furia colectiva que prometía justicia, dignidad y un futuro luminoso?
El resultado está a la vista. El IX Estudio sobre Derechos Sociales en Cuba, elaborado por el Observatorio Cubano de Derechos Humanos a partir de 1.318 entrevistas realizadas en las 15 provincias y 79 municipios de la isla, ofrece una radiografía devastadora: el 94% de los cubanos vive en situación de pobreza extrema y el 95% desaprueba la gestión económica y social del Gobierno.
Pero hay datos todavía más estremecedores. Ocho de cada diez cubanos reconocen haber tenido que dejar de desayunar, almorzar o cenar durante los últimos seis meses por falta de dinero o alimentos. Los apagones constituyen, además, una de las principales preocupaciones de la población, en una crisis energética que se suma a la falta de comida y profundiza el deterioro de la vida cotidiana.
Eso es lo que quedó de aquella épica revolucionaria. Entonces habría que volver imaginariamente a aquellas muchedumbres y preguntarles: ¿y ahora qué, muchachos? ¿Valió la pena? ¿No deberían haber pensado un poquito mejor lo que estaban haciendo?¿Creyeron realmente que la vociferación de la masa era suficiente para adjudicarse la razón? ¿Pensaron que porque miles gritaban al mismo tiempo tenían automáticamente razón? ¿Creyeron que el resentimiento podía reemplazar a las instituciones, que la venganza podía convertirse en justicia y que el odio podía construir un país?
Ahí están las consecuencias.
La democracia tiene una dificultad que algunos prefieren ignorar: no consiste en convertir en ley el grito de la calle. La democracia es, precisamente, un sistema diseñado para impedir que una mayoría circunstancial —o una multitud enfervorizada— pueda hacer cualquier cosa en nombre de una supuesta voluntad popular.
Por eso existen límites, instituciones, división de poderes, controles y contrapesos. Porque el poder sin límites, incluso cuando llega acompañado por una multitud que lo aclama, puede transformarse rápidamente en una maquinaria de opresión.
Y cuando el grito iracundo de la calle es explotado por una banda de aventureros que descubre que puede utilizar el resentimiento colectivo para hacerse del poder, las consecuencias pueden ser dramáticas. Cuba es una de las demostraciones más contundentes de esa tragedia.
Lo verdaderamente extraordinario es que, más de seis décadas después, todavía haya quienes pretendan presentar aquel régimen como una experiencia reivindicable. Algunos por fanatismo ideológico; otros, sencillamente, por conveniencia. Hay quienes, entre nosotros, todavía encuentran argumentos para justificar la dictadura cubana mientras su pueblo enfrenta una miseria tal que ha puesto a todos -eso si en una estremecedora igualdad literal- a comer de la basura.
Los argentinos deberían leer cuidadosamente el informe del Observatorio Cubano de Derechos Humanos y recordar aquellas imágenes de las multitudes gritando “¡paredón, paredón!”. Deberían recordar a aquellos cubanos que, convencidos de que el revanchismo era el camino hacia un futuro mejor, terminaron entregando a sus hijos y a sus nietos a una vida rodeada de miseria, escasez y sin ninguna de las libertades que ellos gozaban hace 60 años y que destruyeron en el altar del fanatismo.
La multitud puede gritar. Puede enfurecerse. Puede sentirse moralmente superior. Pero gobernar un país exige algo bastante más difícil: pensar. Porque cuando el odio reemplaza a la razón, cuando la venganza sustituye a la justicia y cuando el grito de la calle reemplaza a las instituciones, después puede ser demasiado tarde para preguntar:
“¿Y ahora qué hacemos?” Los cubanos llevan más de sesenta años pagando aquella respuesta

