
Dos presidentes separados por un siglo, unidos por una cadena de sorprendentes coincidencias históricas
Belén Grazziani, The Post FMGN Press, Cultura & Sociedad
Hay coincidencias históricas que parecen demasiado precisas para ser producto del azar. La comparación entre Abraham Lincoln y John F. Kennedy es, probablemente, una de las más conocidas. Separados por casi un siglo de historia estadounidense, ambos presidentes quedaron unidos por una serie de hechos que todavía hoy despiertan curiosidad y alimentan todo tipo de teorías.
La primera coincidencia aparece en sus respectivas carreras políticas. Abraham Lincoln fue elegido miembro de la Cámara de Representantes de Estados Unidos en 1846. Exactamente cien años después, en 1946, John F. Kennedy fue elegido para ocupar una banca en el Congreso.
La secuencia volvió a repetirse en la carrera hacia la Casa Blanca. Lincoln fue elegido presidente en 1860, mientras que Kennedy ganó las elecciones presidenciales exactamente un siglo después, en 1960. Lincoln tuvo un secretario llamado Kennedy. Y Kennedy un secretario llamado Lincoln. Sus esposas perdieron un hijo mientras ellos estaban en la Casa Blanca.
Pero las similitudes más impactantes aparecen en el final de sus respectivas presidencias.
Tanto Lincoln como Kennedy fueron asesinados un viernes mientras ejercían la presidencia de Estados Unidos. Ambos recibieron un disparo en la cabeza y sus muertes provocaron una conmoción nacional que trascendió ampliamente sus propias épocas.
Y existe otra coincidencia particularmente llamativa: después de sus asesinatos, ambos fueron sucedidos por vicepresidentes cuyo apellido era Johnson.
Tras la muerte de Lincoln, asumió la presidencia Andrew Johnson. Casi un siglo después, tras el asesinato de Kennedy, la Casa Blanca quedó en manos de Lyndon B. Johnson.
Los asesinos y otra coincidencia
La historia vuelve a ofrecer una curiosa simetría al observar a los responsables de ambos magnicidios.
El asesino de Lincoln fue John Wilkes Booth, mientras que Kennedy fue asesinado, según la conclusión oficial de las investigaciones estadounidenses, por Lee Harvey Oswald.
Ambos son conocidos por sus nombres completos, compuestos por tres partes, y los nombres “John Wilkes Booth” y “Lee Harvey Oswald” tienen 15 letras si se cuentan sin los espacios. Los dos eran sureños.
Pero hay una coincidencia todavía más inquietante: ninguno de los dos llegó a ser juzgado.
Booth murió abatido por las fuerzas que lo perseguían doce días después del asesinato de Lincoln. Oswald, por su parte, fue asesinado por Jack Ruby apenas dos días después del asesinato de Kennedy, mientras se encontraba bajo custodia policial.
Por lo tanto, ninguno de los dos enfrentó un juicio ni recibió una sentencia judicial por el asesinato presidencial.
¿Casualidad o algo más?
La sucesión de coincidencias resulta inevitablemente llamativa: 1846 y 1946; 1860 y 1960; dos presidentes asesinados un viernes, ambos de un disparo en la cabeza; dos vicepresidentes Johnson; dos asesinos identificados con tres nombres y muertos antes de ser juzgados.
La historia, sin embargo, no necesita recurrir a explicaciones sobrenaturales para resultar fascinante.
Algunas de estas coincidencias son sólidas y están documentadas; otras dependen de la manera en que se contabilizan letras, nombres o determinados detalles. Además, existen numerosas diferencias entre ambos casos que suelen quedar fuera de las listas más populares.
Precisamente por eso, el caso Lincoln-Kennedy constituye una de esas curiosidades históricas que sobreviven al paso del tiempo: una extraordinaria sucesión de hechos que, sin necesidad de recurrir al misterio, demuestra hasta qué punto el azar puede producir patrones que parecen escritos de antemano.
Y quizás esa sea la parte más fascinante de todas: cuando la realidad construye una historia que parece ficción.

