
La administración Trump aceleró la adaptación de un Boeing 747-8 donado por Qatar mientras el programa oficial de Boeing acumula años de retrasos y miles de millones de dólares en sobrecostos.
Patricia Arencibia, The Post FMGN Press, US Correspondent
WASHINGTON.— La decisión de la administración del presidente Donald Trump de acelerar la entrada en servicio de un Boeing 747-8 donado por Qatar como avión presidencial provisional ha abierto un intenso debate en Washington sobre el delicado equilibrio entre la urgencia política y los exigentes estándares de seguridad que rodean al Air Force One.
Una extensa investigación publicada por Eric Lipton, Tyler Pager y Eric Schmitt en The New York Times International Edition describe cómo la Fuerza Aérea estadounidense emprendió una carrera contrarreloj para transformar una aeronave comercial en un avión capaz de transportar al presidente de los Estados Unidos con los niveles de protección que exige uno de los activos más sensibles del gobierno norteamericano.
Según reconstruye el periódico, el proyecto surgió como respuesta a la profunda frustración de Trump por los continuos retrasos del programa oficial del nuevo Air Force One, basado en dos Boeing 747-8 cuya entrega viene postergándose desde hace años.
Un proyecto que normalmente demanda años

La adaptación de un avión presidencial dista mucho de ser una simple remodelación estética.
Como explican Lipton, Pager y Schmitt, el aparato requiere incorporar sistemas de comunicaciones altamente encriptadas, equipos de guerra electrónica, protección frente a misiles, blindajes especiales, sistemas redundantes de navegación y una compleja integración electrónica que normalmente demanda varios años de trabajo y pruebas.
El objetivo era convertir el avión recibido desde Qatar en una plataforma capaz de cumplir funciones presidenciales mientras continúan los trabajos sobre los futuros VC-25B desarrollados por Boeing.
La preocupación de expertos y ex funcionarios
El aspecto más controvertido de la investigación del New York Times radica en las advertencias formuladas por actuales y antiguos funcionarios del Pentágono y de la Fuerza Aérea consultados por el diario.
Según esos testimonios, la presión política para disponer rápidamente de la aeronave obligó a acelerar procesos técnicos que históricamente se desarrollan con extrema cautela.
Los especialistas citados por el periódico plantean interrogantes acerca de si algunos procedimientos habituales de certificación y validación pudieron comprimirse para cumplir con los plazos fijados por la Casa Blanca.
No se trata —aclara el propio diario— de afirmar que el avión sea inseguro, sino de señalar que la rapidez del proyecto llevó a asumir riesgos que normalmente se intentan minimizar mediante procesos de evaluación mucho más extensos.
El fracaso del programa de Boeing

La investigación también vuelve sobre uno de los mayores dolores de cabeza de la Fuerza Aérea estadounidense: el retrasado programa de Boeing para construir los nuevos Air Force One.
Inicialmente previsto para entrar en servicio hace varios años, el proyecto sufrió sucesivas demoras derivadas de problemas de ingeniería, dificultades en la cadena de suministros, incrementos de costos y cambios técnicos.
Ese escenario llevó a Trump a buscar una solución transitoria que le permitiera disponer de una aeronave presidencial más moderna sin esperar la finalización del programa oficial.
Una decisión con fuerte contenido político
Más allá de los aspectos técnicos, la polémica refleja también la dimensión política que rodea todo lo vinculado al Air Force One.
La aeronave presidencial constituye uno de los principales símbolos del poder estadounidense y su reemplazo se convirtió durante años en una fuente permanente de críticas por los elevados costos del programa y las demoras acumuladas.
El reportaje del New York Times sostiene que la decisión de recurrir al avión donado por Qatar respondió tanto a necesidades operativas como al deseo presidencial de acelerar un proyecto cuya demora se había convertido en un problema político.
Seguridad versus velocidad

El caso vuelve a poner sobre la mesa una cuestión recurrente en materia de defensa: hasta qué punto puede acelerarse un programa altamente sensible sin alterar los márgenes de seguridad que tradicionalmente caracterizan a los sistemas utilizados por el presidente de Estados Unidos.
Mientras la administración sostiene que todas las modificaciones cumplen con los estándares requeridos, la investigación de Eric Lipton, Tyler Pager y Eric Schmitt refleja que dentro de la propia comunidad de defensa persisten interrogantes acerca del ritmo con que se ejecutaron algunos de los trabajos.
La discusión probablemente continuará mientras el nuevo Air Force One provisional inicia su servicio y Boeing intenta, finalmente, completar el demorado programa destinado a reemplazar de manera definitiva a la histórica flota presidencial estadounidense.
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