
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Una de las frases más repetidas en las discusiones ideológicas sostiene que “el comunismo es bueno en la teoría, pero no funciona en la práctica porque los intereses oligárquicos, el capitalismo o los poderosos impiden que se aplique correctamente”. Pocas afirmaciones han gozado de tanta difusión y, al mismo tiempo, de tan escaso sustento.
No. El comunismo no es bueno en la teoría. Nunca lo fue. Su fracaso histórico no es el resultado de una mala ejecución. Es la consecuencia inevitable de una concepción profundamente equivocada acerca del ser humano, de la libertad y de la civilización.
El mundo que imagina el comunismo —y, en distintos grados, todas las variantes del dirigismo estatal— es un mundo pequeño. Plano. Gris. Uniforme. Un mundo del que ha sido drenado todo aquello que vuelve extraordinaria la experiencia humana. Es una sociedad sin excepcionalidad, sin diferencias, sin el brillo que nace cuando millones de personas libres intentan superar sus propios límites.
Es un universo sin valor, sin creatividad, sin ambición, sin ingenio —salvo el necesario para perfeccionar los mecanismos del control—. Un mundo sin inventiva, sin emprendedores, sin héroes civiles, sin gloria y sin grandes sueños por los cuales luchar.
La teoría comunista supone una humanidad domesticada. Un hombre reducido a una pieza intercambiable dentro de un diseño colectivo concebido por una élite política que se atribuye el derecho de decidir qué debe pensar, producir, consumir y desear cada individuo.
En esa visión no hay lugar para el milagro. No existe espacio para aquellos seres humanos que, desafiando todas las probabilidades, crean lo que parecía imposible. No hay lugar para el inventor que transforma una industria, para el científico que descubre una cura, para el empresario que genera riqueza donde antes sólo había pobreza, para el artista que conmueve a generaciones enteras o para el explorador que expande las fronteras del conocimiento.
Porque el comunismo no cree en la libertad creadora del hombre. Cree en la obediencia. Y, en última instancia, tampoco cree en la fe. No sólo en la fe religiosa, sino en esa confianza profundamente humana según la cual el futuro puede ser mejor que el presente si los individuos son libres para imaginarlo y construirlo. Allí donde la libertad deposita esperanza, el comunismo deposita planificación. Donde la libertad apuesta por la responsabilidad personal, el dirigismo responde con burocracia. Donde el individuo sueña, el Estado ordena.
Por eso los arquitectos de la violencia revolucionaria suelen mirar los grandes logros de la civilización occidental no con admiración sino con resentimiento.
Las catedrales, los puentes, los rascacielos, las universidades, los laboratorios, los mercados, las empresas, los monumentos y las instituciones que hicieron posible el mayor progreso material y moral conocido por la humanidad aparecen, para ellos, como símbolos de una humillación permanente: el recordatorio de aquello que no pueden construir ni de aquello que no pueden llegar a ser.
Entonces eligen destruirlo. Atacan las manifestaciones visibles del progreso. Desprecian la infraestructura, la propiedad privada, la innovación, el éxito económico y toda expresión física del poder de la imaginación humana. Lo hacen porque cada una de esas realizaciones demuestra que el hombre libre puede crear un mundo mejor sin necesidad de ser dirigido por un poder central.
Ésa es la verdadera naturaleza del comunismo y, con diferentes intensidades, de todas las formas de dirigismo estatal. No se trata simplemente de una preferencia por un mayor tamaño del Estado. Se trata de una profunda desconfianza hacia el individuo libre. De una sospecha permanente frente al mérito. De una hostilidad hacia toda excelencia que no haya sido concedida por el poder político.
En el fondo, desprecian la grandeza de Occidente. No porque Occidente sea perfecto. Ninguna civilización lo es. Sino porque fue allí donde surgió la única igualdad compatible con la naturaleza humana: la igualdad ante la ley.
Los hombres jamás serán iguales en inteligencia, talento, sensibilidad, esfuerzo, coraje o imaginación. Nunca lo fueron ni lo serán. La libertad no pretende borrar esas diferencias. Las protege para que cada persona pueda desarrollar las propias sin que el Estado las aplaste.
Ésa es la verdadera conquista de la civilización occidental: reconocer que los seres humanos son naturalmente diferentes y, precisamente por eso, deben ser jurídicamente iguales.
El comunismo propone exactamente lo contrario. Busca uniformar lo que la naturaleza hizo diverso. Confunde igualdad de derechos con igualdad de resultados. Y para alcanzar ese imposible necesita recurrir inevitablemente a la coerción. Por eso termina siempre donde empezó: en la concentración del poder.
No es una revolución de los mejores contra los peores privilegios. Es, demasiadas veces, la rebelión del resentimiento contra la excelencia; de quienes prefieren rebajar al que sobresale antes que elevarse por sus propios medios. Una guerra contra un sistema imperfecto, sí, pero que ha demostrado ser el único capaz de ofrecer oportunidades reales incluso a quienes nacen con menos recursos, menos contactos o menos ventajas.
La libertad no promete que todos llegarán al mismo lugar. Promete algo infinitamente más valioso: que cada persona podrá perseguir su propia versión de la excelencia. Su mejor destino, necesariamente distinto del de su vecino. Su propia utopía posible. Y ésa es la única utopía que la historia ha demostrado realizable.
Sería deseable que quienes odian el mundo tal como es abandonaran, alguna vez, esa pulsión destructiva. Incluso ellos vivirían mejor si aceptaran las sencillas —aunque exigentes— reglas que impone la libertad: responsabilidad, esfuerzo, cooperación voluntaria, respeto por el otro y aceptación de que nadie tiene derecho a apropiarse del fruto del trabajo ajeno.
Pero probablemente sea una esperanza vana. Porque el resentimiento rara vez construye. Sólo consume. Y cuando una ideología convierte ese resentimiento en su combustible principal, termina marchitando el alma de quienes la abrazan. Como si hubieran elegido vivir permanentemente arruinados por dentro.
Tal vez ése sea, después de todo, el fracaso más profundo del comunismo: no el económico ni el político, sino el espiritual.


Excelente, señor Mira.