
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay pocas operaciones de marketing político más exitosas que la llevada adelante por las distintas variantes del socialismo y del colectivismo durante el último siglo. Lograron convencer a millones de personas —incluidas muchas que jamás aceptarían vivir bajo un régimen de control estatal absoluto— de que la austeridad constituye una virtud superior y de que el consumo, el lujo, el confort y hasta el disfrute cotidiano son expresiones de una frivolidad moralmente cuestionable.
Vendieron la imagen de una supuesta superioridad ética basada en la renuncia. Una especie de romanticismo adusto, solemne y compungido que mira con desdén todo aquello que exceda la mera supervivencia. Según esa narrativa, cuanto menos se consume, cuanto menos se disfruta y cuanto más gris es la existencia, más elevada resulta la condición moral del individuo.
Sin embargo, apenas la economía atraviesa una desaceleración, los mismos que durante décadas despreciaron la llamada “sociedad de consumo” salen desesperados a exhibir gráficos sobre la caída del consumo.
Entonces aparecen las estadísticas que muestran que la gente va menos al cine, sale menos a comer, compra menos ropa, posterga sus vacaciones, reduce sus gastos en entretenimiento o en bienes considerados prescindibles. Esas cifras son presentadas como una tragedia nacional.
La observación no es menor.
Porque todos esos indicadores hacen referencia precisamente a consumos que nadie necesita para seguir respirando. Nadie muere por no ir al teatro. Se puede vivir sin viajar. También se puede pasar toda una vida sin comprar un automóvil deportivo, un reloj de lujo o un sweater con un cuello especialmente diseñado.
Pero ocurre algo que el discurso colectivista jamás explica. Es precisamente la producción y el consumo de aquello que no es imprescindible lo que distingue a los países ricos de los pobres.
Una economía que únicamente produce lo indispensable apenas sobrevive. Una economía que además produce belleza, diseño, innovación, confort, exclusividad, entretenimiento y placer multiplica el trabajo, el conocimiento, la inversión y el ingreso de millones de personas.
El asiento de cuero de un automóvil genera más riqueza que una simple tabla de madera. El bordado exclusivo en el cuello de un sweater agrega más valor que un uniforme idéntico fabricado para millones de personas. El restaurante sofisticado, la sala de conciertos, el hotel cinco estrellas, el crucero, el perfume, el reloj, el vino de alta gama o el automóvil deportivo movilizan cadenas productivas infinitamente más complejas que la simple producción de bienes destinados únicamente a satisfacer necesidades biológicas.
Llevemos el razonamiento al extremo. Un automóvil podría limitarse a ser una caja metálica cuadrada capaz de trasladar una persona desde un punto A hasta un punto B. Cumpliría exactamente la misma función básica que una Ferrari. Sin embargo, el país que solamente produce esa caja de metal será inevitablemente un país pobre. El que diseña, desarrolla y fabrica Ferraris será rico.
Y aquí conviene aclarar un error frecuente. No es que Italia produce Ferraris porque es rica. Es rica, entre otras razones, porque produce Ferraris.
Porque detrás de ese automóvil existen ingenieros, diseñadores, metalúrgicos, especialistas en materiales, universidades, centros tecnológicos, talleres artesanales, proveedores, logística, marketing, concesionarios y consumidores dispuestos a pagar por algo que excede ampliamente la necesidad elemental de trasladarse.
La riqueza aparece cuando una sociedad deja de conformarse con lo indispensable. La pobreza consiste exactamente en lo contrario.
Por eso resulta profundamente hipócrita que quienes durante décadas condenaron el consumo como un símbolo del capitalismo decadente sean los primeros en lamentarse cuando ese consumo disminuye.
Si realmente creen que las vacaciones son un lujo innecesario; si consideran que salir a comer representa una frivolidad burguesa; si entienden que la moda, el diseño, el confort y el entretenimiento son expresiones superficiales de una sociedad materialista, entonces deberían celebrar cuando esos consumos desaparecen.
Después de todo, eso sería la materialización perfecta del ideal que predican. Una sociedad donde nadie viaja, donde nadie disfruta, donde todos consumen apenas lo imprescindible y donde cualquier diferencia estética o material es considerada una sospechosa extravagancia.
Pero no lo hacen. Porque, aunque no lo admitan, saben perfectamente que cuando desaparece el consumo de lo prescindible también desaparecen el trabajo, la inversión, la innovación y la prosperidad.
La riqueza de las naciones no nace de producir únicamente aquello sin lo cual no podríamos vivir. Nace, precisamente, de producir aquello que hace que vivir valga más la pena.
Por eso la prédica lacrimógena de la austeridad obligatoria no constituye una superioridad moral. Constituye, en el mejor de los casos, una enorme contradicción intelectual y, en el peor, otra de las grandes hipocresías con las que el colectivismo ha sabido envolver un paquete ideológico extraordinariamente exitoso.
De modo que la próxima vez que aparezcan lamentando que la gente dejó de ir al cine, que ya no llena los restaurantes o que suspendió sus vacaciones, habría que responderles con una pregunta muy simple:
¿No era acaso esa vida austera, sobria y despojada la sociedad ejemplar que durante tanto tiempo nos dijeron que debíamos construir?


Excelente Charly, como siempre!