
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Mariano Grondona solía decir que los argentinos tenemos una cultura enamorada de los comienzos. Nos fascinan los amaneceres. Nos seducen los primeros capítulos, las fundaciones, las promesas, las revoluciones, las inauguraciones. Siempre parece haber una nueva oportunidad para empezar de cero, para dejar atrás todo lo anterior y lanzarnos, otra vez, a la conquista de un futuro que imaginamos perfecto.
Pero, curiosamente, aquello que más nos cuesta no es comenzar. Es continuar.
Nos cuesta la tarde. Nos cuesta la perseverancia. Nos cuesta sostener durante años un rumbo cuando desaparece la emoción del primer día. Nos incomoda la rutina silenciosa del trabajo constante, esa que no produce titulares pero sí resultados.
Por eso esta Selección Argentina resulta, quizás sin proponérselo, profundamente contracultural.
Después del partido frente a Egipto ya habíamos señalado una de sus virtudes más extraordinarias: la perseverancia. Aun cuando el desarrollo del encuentro parecía exigir desesperación, el equipo nunca abandonó la convicción de que el camino elegido era el correcto. No buscó refundarse en medio del partido. No improvisó una revolución táctica para satisfacer la ansiedad del momento. Persistió. Confió. Esperó. Y terminó encontrando el triunfo.
Como si todavía hiciera falta una confirmación de esa filosofía, Lionel Scaloni la expresó con una sencillez desarmante en la conferencia de prensa de ayer. Dijo que el próximo lunes habrá que volver a trabajar. Después de levantar otra Copa del Mundo… o incluso después de una eventual derrota. El lunes habrá que seguir trabajando. No habló de empezar un nuevo ciclo. No habló de refundaciones. No habló de un nuevo amanecer. Habló, simplemente, de seguir trabajando.
Si Mariano Grondona todavía pudiera regalarnos uno de sus inolvidables análisis, probablemente encontraría allí una diferencia decisiva entre el mainstream de la cultura argentina y esta generación de futbolistas. Mientras gran parte del país sigue creyendo que la solución consiste en volver a empezar una y otra vez, la Selección descubrió que las verdaderas victorias llegan cuando se persevera en un camino correcto.
No existe una metáfora más poderosa para la Argentina.
¿Qué ocurriría si el país desarrollara esa misma convicción respecto de un conjunto de ideas y principios capaces de conducirlo hacia una auténtica victoria? Entendiendo por victoria no una copa, sino una sociedad próspera, un elevado nivel de vida, una convivencia armónica, instituciones sólidas y un progreso sostenido.
¿Qué pasaría si, en lugar de sucumbir una y otra vez a esa pulsión jacobina por romper todo para empezar desde cero, aprendiéramos a perfeccionar lo que funciona, a corregir sin destruir y a persistir cuando el rumbo es el adecuado?
Quizás viviríamos mucho mejor.
Porque buena parte de nuestras frustraciones nacionales nacen precisamente de esa pasión adolescente por la epopeya fundacional. Cada generación cree que debe escribir la primera página de la historia. Cada gobierno siente la tentación de borrar el trabajo del anterior. Cada crisis parece justificar otra demolición institucional para volver a construir sobre los escombros de una destrucción tan espectacular como inútil.
Mientras tanto, los países que prosperan hacen exactamente lo contrario. Construyen sobre lo construido. Corrigen. Ajustan. Aprenden. Perseveran.
Eso mismo hizo la Selección.
También el fútbol argentino pasó décadas enamorado de los comienzos. Cada fracaso significaba un nuevo técnico, un nuevo sistema, una nueva generación, una nueva esperanza. Hasta que alguien comprendió que los procesos no maduran en los amaneceres permanentes, sino en la serenidad de las tardes. Que los frutos aparecen cuando el tiempo trabaja a favor de una idea sostenida con paciencia.
Ese descubrimiento cambió la historia del fútbol argentino.
Qué extraordinario aporte podría hacer este equipo a la salvación nacional si la sociedad lograra comprender la profundidad de esa metáfora. Qué enorme paso habríamos dado como país si entendiéramos, de una vez, que no podemos vivir alimentando la ilusión de romper todo para volver a empezar cada mañana.
Las naciones maduras no viven de amaneceres perpetuos.
Viven de buenas tardes.
Ojalá la Argentina sepa escuchar el mensaje que, casi sin proponérselo, Lionel Scaloni volvió a dejar ayer. Porque tal vez el secreto de las grandes victorias no esté en descubrir permanentemente un nuevo camino, sino en tener la inteligencia, la humildad y el coraje de seguir recorriendo el correcto.


Querido Carlos, me emocione gasta las lagrimas, lo que acabo de leer me parecio muy constructivo, Lionel Scaloni, demostró ser un emerito profesor y conductor. Carlos te felicito y aplaudo de pie, escribiste una nota ESPECTACULAR!!!! enviaste un mensaje muy claro y digno de tomar en cuenta.