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Messi y una lección para celebrar la Independencia

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

La Argentina siempre fue un país de excesos. De gestos grandilocuentes. De frases definitivas. De héroes que parecían necesitar levantar la voz para demostrar autoridad. Un país desmesurado, exagerado, donde muchas veces confundimos intensidad con grandeza.

Y, sin embargo, el argentino más admirado de nuestra historia reciente es exactamente lo contrario. Lionel Messi no construyó su liderazgo desde el grito, sino desde el silencio. No desde la arrogancia, sino desde la humildad. No desde la necesidad permanente de demostrar quién era, sino desde la serenidad de saberlo.

Quizá allí resida la verdadera revolución cultural que todavía no alcanzamos a dimensionar.

Ojalá Messi no solo nos haya dado títulos. Ojalá también nos haya cambiado un poco. Ojalá nos haya moderado, suavizado y enseñado que existe otra forma de ser grandes.

Durante demasiado tiempo asociamos el talento con el exceso. Creímos que nuestro lado más brillante venía inevitablemente acompañado de nuestro lado más oscuro. Que la creatividad exigía pagar el precio de la viveza criolla. Que la perseverancia era inseparable de la terquedad. Que el genio debía convivir con el desequilibrio. Que el coraje se demostraba siendo maleducado, agresivo o pendenciero. Como si la excelencia necesitara inevitablemente algún defecto espectacular para ser auténtica.

Messi demolió esa idea.

Probó que la bravura no tiene nada que ver con las bravuconadas. Que la fortaleza no necesita escándalo. Que el liderazgo no exige humillar a nadie. Que se puede soportar la presión más extraordinaria del planeta sin perder la educación, el respeto ni la calma.

Durante años soportó burlas, críticas despiadadas y una carga emocional que pocos deportistas conocieron. Nunca respondió con insultos. Nunca necesitó convertirse en un personaje para sostener su lugar. Simplemente siguió trabajando. Y terminó siendo el mejor de todos los tiempos.

Pero, además, un padre presente, un esposo tranquilo, un compañero respetado y una persona que jamás necesitó sobreactuar su grandeza.

Ese puede ser, incluso, un legado más importante que la Copa del Mundo. Porque nos obliga a revisar una vieja creencia argentina: la de pensar que la desmesura forma parte inevitable del talento. Que para destacarse hay que ser insoportable. Que para imponerse hay que atropellar. Que para ser admirado hay que hacerse temer.

No es cierto.

Messi demostró que se puede alcanzar la cima sin dejar de ser una persona sencilla. Que se puede ser extraordinario sin convertirse en un desorejado. Que la excelencia también puede ser discreta. Ahora el desafío deja de ser suyo. Es nuestro.

La verdadera pregunta ya no es si Messi podía hacerlo. La pregunta es si nosotros, como sociedad, seremos capaces de aprender la lección. Si podremos construir una Argentina donde el talento no necesite la soberbia, donde la valentía no necesite la agresión y donde la ambición no venga acompañada del exceso.

Si logramos eso, quizá el mayor triunfo de Lionel Messi no haya sido levantar una copa. Quizá haya sido mostrarnos, con su ejemplo, una mejor manera de ser argentinos.

Feliz 9 de Julio, Argentina! Feliz Día de la Independencia!

Por Carlos Mira
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