
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Era casi inevitable que esta columna estuviera dedicada a la extraordinaria resurrección de la Selección Argentina en los octavos de final de ayer frente a Egipto. Pero precisamente porque era inevitable, también corría el riesgo de repetir lugares comunes que ya han sido dichos hasta el cansancio.
Hay, sin embargo, una enseñanza de ese partido que trasciende al fútbol y que merece ser pensada.
La Argentina posee una capacidad poco común para perseverar. Algunos la llaman resiliencia. Otros amor propio. Otros orgullo. El nombre importa poco. Lo cierto es que existe.
¿Cómo no reconocerlo después de lo ocurrido ayer? Durante más de ochenta minutos, los jugadores convivieron con la angustia de sentir que el equipo estaba quedando eliminado. El Capitán cargó con el peso insoportable de creer que la derrota llevaría su propio nombre, al haber desperdiciado el penal. Y, sin embargo, nadie se entregó. Siguieron insistiendo. Siguieron creyendo. Siguieron jugando hasta que el partido cambió.
En el deporte, esa perseverancia es una virtud casi indiscutible. Pero cuando trasladamos esa misma condición a la vida cotidiana del país, aparecen las diferencias. Porque en el fútbol existe una línea de juego compartida. Se puede discutir un cambio, un esquema táctico o una sustitución, pero todos persiguen exactamente el mismo objetivo. La perseverancia se ejerce detrás de una dirección común.
En una nación no ocurre lo mismo. Hay distintas líneas de juego. Hay modelos opuestos de organización social. Hay visiones incompatibles acerca del papel del Estado, de la libertad y del individuo. Y entonces la perseverancia deja de ser automáticamente una virtud. Perseverar en el camino correcto conduce a la victoria. Perseverar en el equivocado termina pareciéndose mucho más a la terquedad, además de dirigirnos, la mayoría de las veces, a la miseria y a la escasez.
Durante casi un siglo, la Argentina perseveró con una convicción que la historia fue desmintiendo una y otra vez: la idea de que las personas debían entregar una parte esencial de su libertad individual a un conjunto de burócratas que, desde un escritorio, planificarían el bienestar colectivo mejor de lo que cada ciudadano podía hacerlo por sí mismo. No fue una adhesión superficial. Fue una fe casi religiosa.
Fue tanta la pasión puesta en esa convicción que el país estuvo dispuesto a atravesar enfrentamientos que rozaron una guerra civil antes que aceptar la evidencia de que, probablemente, el camino saludable consistía exactamente en lo contrario: devolverle a cada individuo la responsabilidad y la propiedad sobre su propio destino.
Hace apenas un par de años, más por el profundo rechazo que provocó el estado de descomposición al que había llegado ese modelo que por una conversión racional masiva, la sociedad decidió ensayar una alternativa.
Los protagonistas de ese cambio, naturalmente, no descendieron de una nave espacial. Son tan argentinos como quienes condujeron al país durante las décadas anteriores. Tienen un ADN cultural parecido, aunque sostengan ideas radicalmente diferentes. Y, como consecuencia, también han incurrido en conductas, excesos y dislates que muchas veces recuerdan a los de aquellos a quienes reemplazaron. La diferencia no reside tanto en las personas como en el modelo que defienden.
Uno sostiene que el individuo debe depender crecientemente del poder político. El otro propone devolverle al ciudadano la propiedad de su vida, de sus decisiones y de las consecuencias de esas decisiones.
El año próximo, la Argentina no jugará una final. Los países, afortunada o desgraciadamente, no tienen finales como los partidos de fútbol. Pero sí disputará un encuentro decisivo para buena parte de su futuro. Y entonces aparecerá la gran pregunta.
¿Cuál de las dos perseverancias prevalecerá? ¿La que dominó la escena durante casi un siglo, produciendo pobreza, decadencia y divisiones cada vez más profundas? ¿O la que, con costos muy altos, con errores muchas veces infantiles y con dirigentes tan imperfectos como cualquier argentino, intenta recorrer un camino distinto porque confía mucho más en las personas que en los burócratas?
Esa incertidumbre explica buena parte del desasosiego que atraviesa hoy al país. Porque la misma cualidad que ayer admiramos emocionados frente al televisor —esa decisión de no rendirse jamás— puede convertirse en el peor de nuestros defectos si termina transformándose en obstinación para regresar al sistema que nos hizo descender desde la cima de las naciones prósperas hasta la incómoda medianía de quienes se acostumbraron a sobrevivir en lugar de progresar.
La perseverancia es una de las virtudes más nobles que puede tener un pueblo. Pero, como toda virtud, depende del objetivo hacia el que se dirige. Perseverar en la libertad puede conducir al crecimiento. Volver a perseverar en el error no tendrá otro horizonte que no sea la decadencia.


Excelente analogía Carlos querido. Lo comparto en mis sitios.