
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay una vieja frase que dice que el fútbol es “lo más importante de lo no importante”. Y probablemente sea cierta. Pero justamente por eso, porque no carga con la solemnidad de la política ni con las pretensiones de la filosofía, muchas veces termina revelando con una claridad extraordinaria verdades que interminables debates académicos se empeñan en ocultar.
Hace apenas unos días, el mundo conoció la historia del delantero neerlandés Cody Gakpo. Horas antes de que Países Bajos enfrentara a Marruecos por los dieciseisavos de final del Mundial 2026, él y su pareja, Noa van der Bij, sufrieron una tragedia devastadora: perdieron a su hijo durante el quinto mes de embarazo.
Obsérvese cuidadosamente cómo fue narrada la noticia en prácticamente todos los medios del mundo.
No se dijo que “se interrumpió un embarazo”. No se habló de un “conjunto de células”. No se informó sobre la pérdida de un “tejido gestacional”. Se contó que Elijah Raphael —ese era su nombre— había fallecido.
Tenía nombre. No era Cody. No era Noa. Era Elijah Raphael. Una persona distinta.
Cuando Gakpo convirtió el gol neerlandés frente a Marruecos, rompió en llanto. Sus compañeros corrieron a abrazarlo. Los comentaristas deportivos, casi sin excepción, describieron aquella escena como una “presentación de condolencias” del plantel.
Otra palabra cuidadosamente elegida. Condolencias.
Nadie ofrece condolencias porque desapareció un órgano. Nadie abraza a un padre porque perdió una parte de su cuerpo. Las condolencias existen cuando alguien muere. Y aquí todos —absolutamente todos— entendieron exactamente eso. Murió un hijo.
Sin necesidad de discusiones jurídicas. Sin manifiestos políticos. Sin congresos interdisciplinarios ni seminarios universitarios sobre bioética. Simplemente porque la realidad tiene esa incómoda costumbre de imponerse sobre las construcciones intelectuales.
Durante años se nos ha pedido aceptar que el aborto intencional constituye únicamente una decisión sobre el cuerpo de la mujer. Sin embargo, cuando la vida se pierde por una causa natural, el propio lenguaje desmonta esa afirmación.
Porque entonces aparece un nombre. Aparece un padre. Aparece una madre. Aparece un bebé que “falleció”. Y aparecen las condolencias.
Es decir, aparecen exactamente todos los elementos que definen la existencia de alguien distinto de la mujer que lo llevaba en su vientre.
El lenguaje nunca es inocente. Refleja aquello que verdaderamente creemos, incluso cuando nuestras ideologías intentan convencernos de lo contrario.
Por eso resulta tan revelador que el fútbol, ese universo donde nadie estaba intentando dar una lección filosófica, haya terminado ofreciendo una de las demostraciones más contundentes sobre la naturaleza del debate.
No fueron líderes religiosos. No fueron dirigentes provida. No fueron jueces. Fueron periodistas deportivos, futbolistas, entrenadores y millones de espectadores alrededor del planeta quienes hablaron espontáneamente de un niño, de una muerte y de un padre desconsolado.
Sin advertirlo, describieron exactamente aquello que ciertas construcciones ideológicas llevan años intentando negar.
El fútbol suele regalar metáforas sobre el esfuerzo, el sacrificio, el trabajo en equipo o la resiliencia. Esta vez fue mucho más lejos. En apenas unos minutos derrumbó una de las ficciones políticas más repetidas de nuestro tiempo.
Porque cuando la realidad habla con tanta claridad, las palabras elegidas dejan de ser casuales. Y a veces alcanza un gol, un abrazo y unas lágrimas para enterrar a seis metros de profundidad sofisticadas construcciones intelectuales que, por más elaboradas que parezcan, no dejan de ser reverendas falacias.


Brillante, señor Mira. Anoche, escuchando los comentarios de los relatores del partido, mostrando una sensiblería algo exagerada, me preguntaba si ellos estarían entre los que defienden el aborto.
Basta ver la realidad. Una mujer y su pareja se enteran de un embarazo y festejan, felices, la nueva vida que nacerá. Otros la consideran descartable, con los penosos términos que usted nombró, y la sacrifican. No es nada difícil saber cuál es el lado correcto.