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Europa eligió su decadencia

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

El Mundial no es solo un acontecimiento deportivo y nada más: se trata de la oportunidad de ver el choque de costumbres y civilizaciones que, con la excusa del fútbol, cada cuatro años, ponen al descubierto las facetas más profundas de las concepciones que los gobiernan el resto del tiempo, cuando el Mundial hace una pausa hasta la próxima cita.

Y fue el Mundial el que hizo que las redes empezaran a llenarse de comentarios que me llamaron la atención. Se trata de decenas de observaciones de europeos sobre los EEUU, observaciones simples, cotidianas, que solo tienen en común el denominador del asombro y de la incredulidad. Repito me refiero a comentarios de europeos, no de sudamericanos o africanos del tercer mundo. Hablo de españoles, alemanes, franceses, ingleses…

Los sorprendía la abundancia de los supermercados, el tamaño de los automóviles, las rutas, las casas, los comercios, las porciones de comida, el refill gratis, la oferta de productos y, en general, esa sensación de prosperidad material que impregna la vida cotidiana norteamericana. Muchos escribían con una mezcla de fascinación y desconcierto. Algunos incluso parecían descubrir un país completamente distinto del que les habían contado. Esa manifestación de exuberancia los shockeaba.

Esos comentarios me llevaron a preguntarme cómo dos sociedades que hace apenas unas décadas exhibían niveles de desarrollo relativamente comparables terminaron separadas por una distancia tan grande. La respuesta apareció casi por casualidad al leer una excelente columna de Axel Kaiser, quien recopila una serie de datos devastadores sobre el deterioro europeo.

Pero, más allá de las estadísticas, hay una idea que me parece mucho más importante: Europa no está sufriendo un accidente histórico. Europa está viviendo las consecuencias de una autodestrucción que decidió libremente hace muchos años.

No fue una guerra. No fue una catástrofe natural. No fue una invasión. Fue una decisión política. Fue el idiota de Sanchez diciendo que aspira a una sociedad “con menos Lamborghinis y más bicicletas”. Un imbécil.

Durante décadas, Europa fue abandonando los principios que la habían convertido en la civilización más próspera de la historia. La libertad económica fue reemplazada por la planificación estatal. La competencia fue sustituida por regulaciones infinitas. El mérito empezó a ser visto con sospecha. El éxito dejó de admirarse para comenzar a gravarse. La creación de riqueza pasó a considerarse casi un pecado moral.

Mientras Estados Unidos seguía premiando la innovación, el riesgo empresario y la inversión privada, Europa construía una maquinaria burocrática cuya única función parecía consistir en impedir que alguien pudiera producir demasiado.

El continente que dio origen al capitalismo moderno comenzó a avergonzarse del capitalismo. Y ningún ejemplo resume mejor esa deriva que Alemania.

Durante décadas fue el motor industrial del mundo. Sin embargo, decidió cerrar centrales nucleares perfectamente operativas, reemplazarlas por energías incapaces de garantizar un suministro constante y depender del gas ruso para sostener su economía. Gastó 500 mil millones de euros en la construcción de infraestructura para desarrollar la energía solar y eólica en un país en donde no hay ni sol ni viento. No fue una imposición extranjera. Fue una decisión soberana, celebrada como un triunfo moral.

Cuando Vladimir Putin cerró la llave del gas, Europa descubrió que la física no negocia con la ideología. La electricidad se volvió mucho más cara. La industria perdió competitividad. Las inversiones comenzaron a emigrar. Las fábricas empezaron a cerrar. Todo exactamente como muchos economistas habían advertido. Hoy, si Alemania fuera un estado de los EEUU sería el estado más pobre de la Unión a excepción de Missouri, medidos por el PIB per capita. 

Y estamos hablando de Alemania, el mascarón de proa del navío europeo. Imaginen lo que queda para España, Francia, Italia o el propio Reino Unido.

Lo extraordinario es que, incluso frente al fracaso, la respuesta europea consistió en profundizar las mismas políticas que habían provocado el problema. Y esta decadencia europea no es solamente económica. Es cultural. Es demográfica. Es política.

Durante años se promovió una idea profundamente equivocada: que Occidente debía pedir perdón por su propio éxito. Que sus valores eran opresivos. Que su historia era culpable. Que sus tradiciones debían ser deconstruidas. Se debilitó deliberadamente la identidad nacional. Se desprestigió la familia. Se ridiculizó la religión. Se relativizó el mérito. Se burocratizó la educación. Se demonizó el crecimiento económico.

Y mientras Europa discutía pronombres, lenguaje inclusivo y objetivos climáticos cada vez más imposibles, los EEUU seguían produciendo, innovando y creciendo.

La decadencia nunca llega de golpe. Primero desaparece la confianza. Después la inversión. Luego el crecimiento. Finalmente desaparece la esperanza.

Los datos que recopila Kaiser son simplemente la fotografía estadística de un proceso intelectual que comenzó hace décadas.

Según datos del BM a 2023 el PIB per capita europeo promedio era de $41500 mientras que el de EEUU era de $82800. En 2008 el tamaño de ambas economías era más o menos el mismo. Pero en 2023, la de EEUU pasó a ser 80% más grande. Y eso ocurre porque durante los 15 años anteriores a 2023 la economía de la eurozona creció 6% mientras que la norteamericana lo hizo 82%. De seguir este ritmo en 10 anos la diferencia entre los PIBs de EEUU y Europa será la misma que hoy tienen Japón y Ecuador.

Los salarios reales cayeron en Europa mientras que en EEUU subieron 6%. Desde 2008 los americanos, luego de Lehman Brothers, se han hecho más ricos y los europeos más pobres. Hace 15 años EEUU y Europa más o menos significaban un cuarto cada uno del consumo global. Hoy esa relación  de 18% a 30%. Y mientras EEUU crea el 50% de los unicornios del mundo (empresas cuyo valor de stock es de 1000 o más millones de dólares) Europa solo crea el 14%, igual que China.

Lo más preocupante es que todavía buena parte de la dirigencia europea insiste en que el problema no son las políticas sino que, las que se aplicaron, aún no fueron suficientemente profundas. Más impuestos. Más regulaciones. Más subsidios. Más planificación. Más intervencionismo. Siempre la misma receta para obtener exactamente el mismo fracaso.

Mientras tanto, millones de europeos cruzan el Atlántico y descubren, casi con sorpresa infantil, supermercados repletos, combustible más barato, salarios más altos, vehículos enormes y una economía vibrante.

No descubren simplemente otro país. Descubren el resultado de dos filosofías completamente distintas.

Estados Unidos no es perfecto. Tiene enormes desafíos sociales, fiscales y políticos. Pero nunca dejó de creer que la riqueza primero debe crearse antes de repartirse.

Europa, en cambio, terminó creyendo que podía repartir indefinidamente una riqueza cuya generación iba desalentando sistemáticamente.

Las civilizaciones no mueren solamente por enemigos externos. También pueden suicidarse.

Y Europa parece haber elegido ese camino hace mucho tiempo, convencida de que renunciar a las bases de su prosperidad era un acto de superioridad moral.

Hoy empieza a descubrir que la economía, la energía, la demografía y la libertad no obedecen consignas ideológicas. Obedecen leyes. Y esas leyes terminan imponiéndose siempre.

La verdadera pregunta ya no es si Europa está en decadencia. Los números y los comentarios de los europeos boquiabiertos frente a los estantes de los supermercados norteamericanos repletos de 400 clases de pimienta, muestran que lo está.

La pregunta es mucho más incómoda: ¿Tendrá el coraje de admitir que nadie la destruyó desde afuera, sino que fue ella misma quien decidió, libre y conscientemente, iniciar su propio proceso de autodestrucción? Ahhh… Y cualquier parecido con la Argentina es mera coincidencia.

Por Carlos Mira
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