
Carlos Mira, The Post FMGN Press
La gran pregunta política de la Argentina ya no pasa exclusivamente por la inflación, el déficit fiscal o el riesgo país. La gran pregunta es otra: ¿podrá la economía ganarle al cansancio?
Porque los números, aun con todas las reservas que corresponde mantener, parecen insinuar una dirección. La inflación dejó de ser un incendio fuera de control, las cuentas públicas encontraron un orden desconocido durante décadas y algunos indicadores comienzan a mostrar una realidad diferente de aquella que el país naturalizó durante demasiado tiempo.
Pero las sociedades no viven de estadísticas. Viven de percepciones, de expectativas y de estados de ánimo. Y allí es donde aparecen los interrogantes más delicados.
¿Llegarán a tiempo las evidencias de la mejoría? ¿O el aburrimiento de enterarnos todos los días de chanchullos de poca monta, de picardías innecesarias y de conductas que defraudan la ilusión colectiva terminará venciendo a los números fríos de una economía ordenada?
La confianza será suficiente para que los sectores que deben empujar al resto empiecen efectivamente a empujar. O, por el contrario, la persistente sospecha argentina de que nada cambia demasiado hará que quien en circunstancias similares invertiría 1.000 en cualquier otro país apenas se anime a poner 10 en la Argentina.
Son muchos los interrogantes que se abren a partir de las chiquilladas del gobierno de Javier Milei.
Porque lo verdaderamente preocupante de ciertos episodios no es necesariamente su impacto económico ni siquiera su eventual gravedad institucional. Lo preocupante es el efecto acumulativo que producen sobre una sociedad agotada. Una sociedad que quiere creer, que necesita creer, pero que también carga sobre sus espaldas décadas de frustraciones.
Qué irónicamente trágico sería que el cansancio le gane a las evidencias. Que la sospecha le gane a la confianza. Que el desengaño le gane al cambio de hábitos.
Y si algo así ocurriera, Javier Milei será el responsable de todo: de todo lo bueno y de todo lo malo.
Porque no hay dudas de que fue su convicción lo que hizo posible encarar un cambio que parecía políticamente imposible. Fue su carácter el que rompió inercias que parecían inamovibles. Pero también es cierto que su personalidad y su terquedad son las mismas características que pueden poner ese cambio en riesgo.
Milei se ha convertido en una especie de centro gravitacional que concentra todo: los méritos y las flaquezas, las virtudes y los defectos, los aciertos y los errores.
Sin él, probablemente nada de esto hubiera comenzado. Pero precisamente por eso, cualquier descuido suyo adquiere una dimensión mucho mayor que la que tendría en circunstancias normales.
Después está la sociedad.
Porque también la sociedad deberá decidir qué clase de vara moral quiere utilizar para juzgar los hechos.
Deberá decidir si las corrupciones son susceptibles de ser medidas, graduadas y diferenciadas o si, por el contrario, la corrupción es una actitud y, como tal, sea de uno o de mil, debe ser juzgada exactamente con la misma severidad.
Y deberá decidir algo todavía más profundo.
Si para ella vale lo mismo el ladrón premeditado, el que elaboró durante años un plan para asaltar el poder y desde allí saquear sistemáticamente toda la riqueza que pudiera mientras instalaba una escala de valores inauditamente marginal en la sociedad, que el ladronzuelo oportunista que aprovecha una ocasión para llevarse una caja de zapatos cuando cree que nadie lo está mirando.
No es una discusión menor. Es una discusión sobre proporciones, sobre responsabilidad y sobre la capacidad de una comunidad para distinguir entre fenómenos distintos sin por ello justificar ninguno.
La Argentina parece encontrarse precisamente en ese punto de inflexión.
Los datos económicos empiezan a contar una historia. El humor social, otra. La confianza intenta abrirse paso. La sospecha se resiste a abandonar el escenario.
Y mientras tanto, muchos de los interrogantes más importantes del futuro argentino penden de un delgado piolín: el del cansancio y el aburrimiento.
La economía puede ordenar las cuentas. Puede estabilizar los precios. Puede incluso devolver prosperidad.
Pero si no logra derrotar el agotamiento moral de una sociedad que ha sido engañada demasiadas veces, entonces la batalla decisiva seguirá abierta.


Estimado Carlos: Estimado correcto lo que dices… algunas variables de la economía ha nejorado, pero la degradación estructural que comenzó y se instaló con el peronismo sigue vigente a través de gobiernos incapaces y corruptos que se sucedieron sin solución de continuidad. Ahora. Se instaló un Libertario. Todos sabemos que los libertarios son los subversivos del liberalismo. Además incultos o mal educados. Más ordinarios que diente de nadera. Como sabes, yo fui el primer sponsor de Carlos Menem. Dormía en mi hombro cuando lo llevaba y traía de La Rioja en el Lear Jet que le alquilaba a Hector Ricardo Garcia… pero me apartaron para favorecer a los Born y abrirle el camino a la corrupta Alsogaray. Cohan, Vico, Gostanian, etc. En mi primer libro, sobre el final, sentencia que Argentina era una Nación sin Destino. La profecía se está cumpliendo. Fuerte abrazo LAO