
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Quizás el mayor clásico de la literatura estadounidense de posguerra, especialmente para adolescentes, sea The Catcher in the Rye, la extraordinaria novela de J.D. Salinger que en español fue traducida como El Guardián entre el Centeno.
La obra describe el mundo de Holden Caulfield, un muchacho que atraviesa los últimos años del secundario sin lograr adaptarse a ninguno de los ambientes que lo rodean. Nada parece encajarle. Ni la escuela, ni las amistades, ni los códigos sociales de su tiempo. Expulsado del colegio, su familia termina internándolo en una institución especial con la esperanza de que allí pudiera encarrilar su vida.
Pero Holden no tiene un problema con las normas. Tiene un problema con el mundo.
Ve farsantes por todas partes. Los llama phonies. Personas falsas. Caretas, diríamos en la Argentina. Adultos que dicen una cosa y hacen otra. Gente que representa papeles. Individuos que han cambiado la autenticidad por la conveniencia.
Esa desconfianza radical lo lleva a encontrar pureza solamente en los niños. En ellos descubre algo que considera perdido en el resto de la sociedad: la sinceridad. La espontaneidad. La ausencia de cálculo.
En una de las conversaciones más famosas de la literatura moderna, su terapeuta le pregunta cómo se imagina a sí mismo. Holden responde que se ve como el cuidador de un campo de centeno.
El psicólogo le pide que explique la imagen.
Entonces Holden describe una escena aparentemente sencilla: un enorme campo sembrado de centeno donde juegan cientos de niños. Corren, ríen, persiguen sueños invisibles. Pero el campo termina abruptamente en un borde que da a un precipicio.
Y él se imagina allí. Yendo de un lado a otro. Vigilando. Cuidando. Evitando que alguno de esos chicos caiga.
El precipicio simboliza la vida adulta. La pérdida de la inocencia. El abandono de los ideales. La entrada en un mundo donde las máscaras terminan reemplazando a los rostros. Holden quiere impedir esa caída. Quiere conservar a los niños exactamente como son.
Hace algunos días, observando una vez más la relación de Lionel Messi con los chicos, no pude evitar pensar en ese paralelo. Hay una atracción mutua imposible de disimular.
Los niños buscan a Messi con una naturalidad que no tienen con casi ninguna otra figura pública. Y Messi responde del mismo modo. No parece tratarse de una estrategia de comunicación. No parece una construcción de imagen. No parece marketing.
Parece algo mucho más simple. Y mucho más raro. Parece genuino. Los chicos encuentran en Messi a uno de los pocos adultos que todavía conserva algo de ellos mismos. Y Messi parece encontrar en los chicos un refugio frente a un mundo cada vez más artificial.
Las imágenes se repiten desde hace veinte años. Niños que lloran al verlo. Chicos que lo abrazan. Que corren hacia él rompiendo protocolos y dispositivos de seguridad. Y un Messi que nunca reacciona con incomodidad. Que sonríe. Que escucha. Que se agacha para quedar a la misma altura. Que firma. Que abraza. Hay allí una conexión especial. Pero también una diferencia fundamental con Holden Caulfield.
Holden quería evitar que los niños crecieran. Messi no. Messi no transmite la idea de que la vida adulta sea una tragedia inevitable. No intenta preservar a los chicos en una especie de infancia eterna. Su mensaje parece ser exactamente el contrario: crecer es inevitable. Lo que no debe morir es el niño interior. La inocencia no como ingenuidad, sino como motor. La capacidad de creer. La capacidad de entusiasmarse. La capacidad de perseguir una meta imposible sin que el cinismo la destruya antes de empezar.
Messi sigue jugando al fútbol a los 39 años con la misma expresión que tenía cuando era un chico en Rosario. Sigue disfrutando un pase bien dado. Sigue celebrando un gol con la misma alegría esencial. Sigue entrenando como si todavía tuviera algo que demostrar.
Y quizás allí resida la verdadera enseñanza. No en impedir que los chicos caigan al precipicio de la vida adulta. Sino en enseñarles que pueden atravesarlo sin perder aquello que los hace únicos. Porque el mundo está lleno de personas que envejecen. Pero cada vez son menos las que crecen sin apagar la llama.
Messi parece haber entendido algo que Holden nunca pudo descubrir. La inocencia no está destinada a desaparecer. Puede acompañarnos toda la vida. Puede sobrevivir al éxito, al fracaso, a la fama, a los golpes y a las decepciones. Y es precisamente esa inocencia la que permite volver a empezar cada vez que uno cae.
La que nos convence de intentarlo una vez más. La que nos hace creer que todavía es posible. La que transforma a un chico de Rosario en el mejor futbolista de todos los tiempos. Y la que sigue haciendo que millones de chicos, en cualquier rincón del planeta, vean en Lionel Messi algo más que un campeón: vean, simplemente, a uno de los suyos.

