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El fin de la guerra pero no el fin del peligro iraní

Patricia Arencibia, The Post FMGN Press, US Correspondent

El gran interrogante que deja el final de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no es quién sufrió más daños materiales, sino quién obtuvo una mejor posición estratégica. Y, a juzgar por los primeros indicios del acuerdo alcanzado, el régimen de Teherán tiene razones para considerar que ha sobrevivido a la peor tormenta y que incluso podría salir fortalecido.

Cuando comenzó la ofensiva occidental, el escenario parecía conducir a un desenlace muy diferente. Las protestas internas, la asfixia económica y la presión militar alimentaban la expectativa de que la República Islámica enfrentara una crisis existencial. Desde Washington, las promesas eran grandilocuentes y la idea de un cambio de equilibrio en Medio Oriente parecía al alcance de la mano.

Sin embargo, el balance preliminar dista mucho de aquellas expectativas. El aparato político del régimen sigue en pie, la Guardia Revolucionaria conserva su protagonismo y el sistema no muestra señales inmediatas de colapso. La población iraní, que muchos imaginaban como la principal beneficiaria de una transformación política, continúa atrapada bajo el mismo poder que la gobernaba antes del conflicto.

El aspecto más delicado sigue siendo el programa nuclear. Aunque las operaciones militares habrían retrasado los avances iraníes y golpeado parte de su infraestructura estratégica, todavía existen numerosas incógnitas sobre el destino del uranio enriquecido y sobre la capacidad real de Teherán para retomar el desarrollo de su proyecto atómico. Las futuras negociaciones aparecen, una vez más, como el principal mecanismo de resolución, un terreno donde Irán ha demostrado históricamente una considerable habilidad diplomática.

Existe además un riesgo adicional. La guerra podría haber reforzado dentro del régimen la convicción de que disponer de una capacidad nuclear propia es la única garantía efectiva de supervivencia frente a enemigos militarmente superiores. Paradójicamente, un conflicto concebido para contener esa amenaza podría haber fortalecido los argumentos de quienes impulsan acelerarla.

En paralelo, tampoco parece haberse producido el desmantelamiento definitivo de la red de influencia regional iraní. Sus aliados y organizaciones asociadas continúan siendo un factor relevante en el tablero de Medio Oriente, mientras varios gobiernos de la región observan con preocupación la aparente reducción del compromiso estadounidense como garante de su seguridad.

El componente económico tampoco es menor. Si el acuerdo termina flexibilizando las restricciones sobre las exportaciones energéticas iraníes y facilita el ingreso de nuevos recursos, Teherán podría obtener un importante alivio financiero tras años de sanciones y dificultades. Ese flujo de ingresos permitiría estabilizar una economía deteriorada y, al mismo tiempo, fortalecer la capacidad del régimen para sostener su estructura interna y sus objetivos estratégicos.

Naturalmente, todavía queda por conocerse la letra chica del entendimiento alcanzado, un detalle nada menor cuando se trata de las complejas negociaciones con Irán. Pero la pregunta ya está instalada: si el régimen mantiene el poder, conserva buena parte de sus capacidades estratégicas y obtiene oxígeno económico, ¿hasta qué punto la guerra modificó el equilibrio regional en favor de sus adversarios?

La respuesta, al menos por ahora, parece incómoda para Washington y Jerusalén. Irán sufrió golpes severos, pero el desenlace podría terminar demostrando que resistir fue suficiente para convertir una situación límite en una inesperada victoria política.

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