
Carlos Mira, The Post FMGN Press
Hay una curiosa especie humana que ha convertido el deporte en una sucursal de la política. No les alcanza con relatar un partido, describir una jugada o contar una historia. Necesitan bajar línea. Necesitan transformar cada transmisión en un pequeño acto de militancia y cada anécdota en una lección de moral socialista.
Ayer volvió a ocurrir.
Tras el empate entre España y Cabo Verde en el Mundial, una conocida periodista argentina que hoy cubre el torneo para una cadena norteamericana que opera en la Argentina y que en su país es una habitual militante del kirchnerismo televisivo, decidió dedicar varios minutos a la historia del arquero caboverdiano Vozinha.
El libreto era el de siempre.
Un muchacho humilde. Una infancia pobre. Una vida de sacrificios. Un hombre que luchó desde abajo, que salió de la nada, que progresó a fuerza de trabajo y que nunca dejó de creer en sus sueños.
Mientras la escuchaba, no podía creer lo que estaba oyendo.
Porque cada una de las virtudes que enumeraba como si estuviera leyendo el catecismo de la justicia social constituía, en realidad, una reivindicación del capitalismo.
¿Qué otra cosa es el capitalismo sino un sistema que apuesta a que las personas puedan mejorar su condición de vida mediante el esfuerzo, el mérito y la dedicación?
¿Qué otra cosa es el capitalismo sino la convicción de que los individuos son capaces de construir su propio destino y de que tienen derecho a disfrutar del fruto de ese trabajo sin que una autoridad política se los quite por la fuerza para repartirlos según sus propios criterios?
Es realmente extraordinario.
Bajo la supuesta intención de ensalzar a “un muchacho pobre y humilde”, ese personaje tan caro a la demagogia socialista, terminó describiendo exactamente el mecanismo que permite que alguien deje de ser pobre y humilde.
No lo hizo el Estado. No lo hizo un burócrata. No lo hizo un comité de planificación. No lo hizo un político repartiendo subsidios.
Lo hizo un hombre que trabajó, se esforzó, perseveró y aprovechó las oportunidades que se le presentaron.
Es decir, hizo exactamente aquello que el capitalismo propone y premia. Frente a semejante contradicción caben dos posibilidades.
O esta periodista tiene una formidable ensalada de tallarines en la cabeza y no logra distinguir cuáles son los sistemas que generan progreso y cuáles los que generan pobreza, o su militancia política la lleva al ejercicio, perfectamente entendible, de una profunda mala fe intelectual.
Porque el verso es siempre el mismo.
Hablan de solidaridad mientras justifican la confiscación. Hablan de igualdad mientras atacan el mérito. Hablan de justicia social mientras condenan el éxito individual.
Y cuando encuentran una historia de alguien que salió adelante gracias a su esfuerzo, la presentan como una victoria de las ideas que precisamente combaten aquello que hizo posible esa historia.
Es una hipocresía tan evidente que sorprende que todavía haya quienes no la adviertan.
Los mismos que atacan el capitalismo viven emocionándose con las historias de ascenso social que el capitalismo hace posibles.
Los mismos que denuncian el mérito individual se conmueven con quienes llegan lejos gracias a su mérito individual.
Los mismos que critican la competencia celebran a quienes triunfan compitiendo.
Y los mismos que pasan su vida predicando las virtudes del colectivismo no pueden evitar rendirse ante el atractivo irresistible de una persona que, por sus propios medios, consiguió cambiar su destino.
La historia de Vozinha no es un triunfo del relato socialista.Es un triunfo de la libertad, del esfuerzo, de la responsabilidad individual y del mérito. Es, en definitiva, un triunfo del capitalismo.
Lo verdaderamente curioso no es que una periodista militante no se haya dado cuenta.
Lo verdaderamente curioso es que todavía haya gente dispuesta a creer el viejo cuento de que las historias de superación personal son una conquista del socialismo, cuando cada una de ellas demuestra exactamente lo contrario.


Muy buen artículo, señor Mira. Siempre va al meollo de la cuestión, no se queda en lo anecdótico.