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La Argentina y la madurez de las ideas

Carlos Mira, The Post FMGN Press

Uno de los mayores desafíos que enfrenta la Argentina no es económico. Tampoco es institucional. Es cultural.

Durante casi un siglo, el país fue moldeado por una combinación de populismo, estatismo, demagogia y culto a la personalidad que terminó confundiendo a generaciones enteras respecto de una cuestión esencial: las ideas valen más que las personas que las encarnan.

La irrupción de Javier Milei en la política argentina fue, en muchos sentidos, la consecuencia inevitable de décadas de frustración acumulada. Para perforar el primer anillo de concreto de las costumbres peronistas que aprisionaban al país hacía falta una fuerza extraordinaria. Una fuerza disruptiva. Una fuerza capaz de desafiar consensos que parecían inamovibles.

Pero quienes deben derribar muros muchas veces no tienen la delicadeza de quienes luego habitarán los jardines.

La energía necesaria para romper estructuras enquistadas suele rozar los excesos. A veces la mala educación. A veces la confrontación permanente. A veces una intensidad que termina generando fatiga incluso entre quienes comparten el objetivo final.

La historia está llena de ejemplos de líderes que fueron indispensables para abrir una puerta y que, sin embargo, dejaron de ser los más adecuados para atravesarla.

Por eso resulta legítimo preguntarse si, una vez iniciado el proceso de transformación de la Argentina, podría llegar el momento en que la continuidad de las ideas de la libertad requiera una nueva etapa y nuevos protagonistas.

No es una pregunta sobre Javier Milei.

Es una pregunta sobre la Argentina.

Porque existe un riesgo recurrente en nuestra cultura política: castigar a una persona y, en el mismo movimiento, condenar las ideas que esa persona representaba.

Ese mecanismo psicológico ha sido una de las tragedias nacionales más persistentes. En lugar de evaluar principios, evaluamos personalidades. En lugar de discutir modelos, discutimos temperamentos. En lugar de juzgar resultados, juzgamos estilos.

Y así terminamos descartando soluciones que podrían beneficiarnos simplemente porque nos cansamos de quienes las promovían.

La sociedad argentina necesita alcanzar una madurez política superior. Debe aprender a separar las ideas de las personas. Debe ser capaz de preservar aquello que funciona incluso cuando cuestiona a quien lo ejecuta.

Si eventualmente ese fuera el escenario que enfrentara Javier Milei, quizá el movimiento más inteligente para la continuidad del proyecto liberal sería que el propio Presidente facilitara una transición ordenada hacia otro liderazgo capaz de sostener el rumbo.

Pero hay una condición innegociable. Ese proceso debe hacerse con Milei. Sería un grueso error táctico hacerlo contra él.

Cualquier intento de construir una tercera vía liberal ignorándolo, desplazándolo o enfrentándolo tendría un resultado prácticamente asegurado: la fragmentación del voto que en 2023 logró desafiar al sistema político tradicional.

La experiencia argentina demuestra que cuando el espacio no peronista se divide, el peronismo suele volver al poder.

Y el retorno de las mismas recetas que condujeron al país a la decadencia no sería simplemente una alternancia democrática. Sería la restauración de un modelo que ya demostró, una y otra vez, su incapacidad para generar prosperidad sostenible.

La reciente decisión del PRO de recorrer un camino diferenciado ya introduce un elemento de dispersión dentro del universo reformista. Provocar una nueva fractura sobre ese escenario sería un acto de irresponsabilidad política difícil de justificar.

La prioridad absoluta debe ser la supervivencia de las ideas de la libertad.

Incluso por encima de quienes creen representarlas mejor.

Porque la verdadera batalla nunca fue por una candidatura, por un cargo o por una persona.

La verdadera batalla consiste en lograr que la Argentina abandone definitivamente las trampas de la demagogia, del estatismo y del socialismo declamativo que durante décadas prometió repartir riqueza mientras destruía los mecanismos para crearla.

Los hombres pasan.

Las ideas permanecen.

Y será la capacidad de preservar esas ideas —más allá de nombres, estilos y circunstancias— la que determine si la Argentina logra finalmente liberarse de un ciclo de decadencia que lleva demasiado tiempo.

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