
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
¿Y si lo más conveniente para Javier Milei, para su proyecto político y para la Argentina fuera que el Presidente no buscara una reelección inmediata? ¿Y si la jugada más inteligente para consolidar la restauración liberal fuera, precisamente, entregar la posta a otra persona para que continúe y profundice el proceso de transformación iniciado en diciembre de 2023?
La sola idea puede sonar herética en una política argentina acostumbrada a los personalismos, a los liderazgos mesiánicos y a la lógica de que todo proyecto depende de una sola persona. Sin embargo, la verdadera fortaleza de una revolución política no se mide por la permanencia de su fundador en el poder sino por su capacidad para sobrevivirlo.
Si las reformas iniciadas por Milei logran consolidarse, es probable que la historia lo recuerde como el hombre que aceptó pagar los costos políticos más desagradables para comenzar la demolición de la Argentina corporativa, estatista y autoritaria edificada por el peronismo durante casi nueve décadas. El dirigente que soportó insultos, campañas de desprestigio y resistencias de todo tipo para iniciar el desmantelamiento de un modelo que convirtió al país en una máquina de fabricar pobreza mientras se presentaba como un sistema de justicia social.
Quizás ese sea, precisamente, su lugar en la historia: el líder que abrió la puerta.
La construcción posterior podría quedar en manos de otra generación política encargada de completar la obra.
Desde esa perspectiva, una suerte de gambito de dama político tendría ventajas difíciles de ignorar. Liberado de las tensiones propias de una futura campaña de reelección, Milei podría dedicar el resto de su mandato a profundizar las reformas económicas, acelerar los cambios estructurales y avanzar sin las restricciones que suelen imponer los cálculos electorales.
Al mismo tiempo, un sucesor o sucesora tendría la oportunidad de preservar la esencia del modelo liberal mientras incorpora algunos elementos que el propio Presidente, quizás por personalidad, estilo o prioridades, no ha podido desarrollar plenamente. Entre ellos, una dimensión institucionalista y republicana que forma parte también del ADN histórico del liberalismo.
Porque la libertad económica es indispensable, pero no agota el ideario liberal. La división de poderes, la fortaleza institucional, la previsibilidad jurídica y el respeto por las formas republicanas son componentes igualmente importantes de una concepción integral de la libertad.
Es posible que ya haya dirigentes reflexionando sobre una alternativa semejante.
Y entre quienes observan ese escenario, muchos señalan a Patricia Bullrich como una figura naturalmente posicionada para asumir esa continuidad. Su identificación con los objetivos centrales del gobierno es indiscutible. Su compromiso con la transformación económica y con la derrota cultural del populismo ha sido demostrado una y otra vez.
Pero además incorpora ciertos atributos republicanos e institucionales que una parte de los votantes que hoy respaldan a Milei considera necesarios para completar el proceso de normalización política de la Argentina.
Una jugada anticipada de esta naturaleza dejaría al peronismo completamente descolocado. Acostumbrado a combatir liderazgos personales, tendría enormes dificultades para enfrentar una estrategia que transformara un movimiento político en una corriente de largo plazo.
La restauración liberal pasaría entonces a depender menos de una figura específica y más de un consenso político creciente alrededor de ciertas ideas fundamentales: la propiedad privada, el gobierno limitado, la responsabilidad fiscal, la apertura al mundo y el rechazo definitivo a las prácticas corporativas que dominaron la vida argentina durante décadas.
Conozco a muchas personas dentro del amplio espectro liberal argentino que apoyarían una alternativa semejante. Una continuidad de la disrupción mileísta sin Milei. O, mejor dicho, con Milei desempeñando un rol diferente.
Porque el Presidente podría formar parte activa de esa estrategia de manera perfectamente ordenada. Bastaría con que entendiera que una pausa táctica podría convertirse en el mejor camino para garantizar la permanencia de su legado y, eventualmente, facilitar su regreso en 2031 con una base mucho más sólida que la actual.
Por supuesto, todo esto puede sonar cercano a la utopía. Sobre todo para quienes conocen el temperamento del Presidente y la enorme influencia política de su hermana Karina Milei dentro del proyecto oficialista.
Pero la política suele premiar a quienes son capaces de mirar más allá de la próxima elección.
Y si alguien, desde la Argentina o desde el exterior, lograra plantearle al jefe de Estado este escenario como la estrategia más eficaz para consolidar definitivamente la restauración liberal de la Constitución, tal vez el racionalista implacable que se esconde detrás del ex arquero de Chacarita encuentre en esta idea algo más que una especulación académica.
Tal vez vea, simplemente, una de las jugadas más inteligentes disponibles sobre el tablero.

