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El Legado de Adam Smith en la Argentina de Alberdi

Constanza Mazzina, Especial para The Post FMGN Press (*)

Mientras la comunidad intelectual global conmemora este año el 250.º aniversario de An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (1776) de Adam Smith, la mirada de la historia suele enfocarse en los centros industriales de Europa o en la temprana expansión de los Estados Unidos. Sin embargo, una de las aplicaciones más profundas y exitosas de la filosofía smithiana ocurrió en el Cono Sur de América. Juan Bautista Alberdi, el padre intelectual de la Constitución Argentina de 1853, no se limitó a leer a Smith; transformó sus teorías económicas en un marco institucional fundacional para una nueva nación. Al analizar la obra de Alberdi, vemos que el “Milagro Argentino” de fines del siglo XIX no fue un accidente geográfico, sino una traducción institucional deliberada de la Ilustración Escocesa.

El puente institucional

Para Adam Smith, el “sistema de libertad natural” era la sofisticada comprensión de que la prosperidad social surge cuando los individuos son libres de perseguir sus propios intereses dentro de un “marco de justicia”. Smith sostenía que la riqueza de una nación no es un cofre de oro en manos de un monarca, sino la capacidad productiva total de sus ciudadanos. Sin embargo, Smith también sabía que esa capacidad se sofoca cuando el entorno institucional es hostil.

Alberdi entendió esto mejor que nadie en el caos poscolonial del Río de la Plata del siglo XIX. Comprendió que la herencia española —caracterizada por la centralización, el mercantilismo y la intolerancia religiosa— era la antítesis del camino hacia la prosperidad descrito por Smith. En su obra fundamental Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina (1854), Alberdi replicó el escepticismo de Smith frente a la “presunción del estadista”:

“La libertad de enriquecerse es un derecho de todos, y el Estado no tiene el deber de enriquecer a nadie, sino de dejar a todos la libertad de enriquecerse mediante su trabajo e industria.”

Esta es la mano invisible smithiana codificada en un mandato constitucional. Alberdi reconoció que, para que un desierto se convirtiera en una nación, la ley debía actuar como escudo de la propiedad y como imán para el capital. Trasladó las ideas de Smith del ámbito de la economía política al del derecho constitucional, asegurando que el derecho a comerciar, producir y poseer no fuera una concesión del gobierno, sino un derecho preexistente que el gobierno debía proteger.

La síntesis entre la teoría de Smith y el derecho de Alberdi fue el motor de la expansión económica más rápida de la historia argentina. Entre 1880 y 1914, Argentina se convirtió en el laboratorio mundial de las recetas de Smith. Siguiendo los consejos de Smith sobre libre comercio y las garantías constitucionales de Alberdi, el país logró durante ese período tasas de crecimiento anual sostenidas que frecuentemente superaron el 5 %, un nivel de consistencia casi sin igual entre las economías occidentales de la época. No se trató simplemente de un aumento cuantitativo de las exportaciones, sino de un salto cualitativo en la posición internacional del país.

Hacia el cambio de siglo, esos fundamentos institucionales habían catapultado a un territorio fragmentado y empobrecido hacia el grupo de las diez naciones más ricas del mundo en términos de PBI per cápita, superando ocasionalmente a potencias consolidadas como Francia, Alemania e incluso a su antigua metrópoli, España. Esta “Edad Dorada” fue la prueba empírica de la tesis de Smith: que la riqueza de una nación no depende de la suerte ni de la herencia ancestral, sino del resultado directo de un marco institucional que protege el derecho del individuo a crear, comerciar y acumular.

La apertura como catalizador de civilización

En el Libro IV de La riqueza de las naciones, Smith lanzó una crítica devastadora contra el mercantilismo —el sistema de monopolios y barreras comerciales diseñado para enriquecer al Estado a costa del consumidor—. Alberdi vio los restos de ese sistema en las aduanas internas y los ríos cerrados de la Argentina del siglo XIX. Siguiendo la lógica de Smith, sostuvo que la libre navegación de los ríos y la abolición de las barreras internas al comercio eran imperativos morales.

Para Alberdi, como para Smith, el comercio era más que un intercambio de bienes: era una fuerza “civilizadora”. Traía no solo capital británico y textiles franceses, sino también las ideas, hábitos y estándares técnicos del mundo avanzado. La integración de Argentina a la división global del trabajo como productor primario no era una señal de “dependencia”, sino una decisión estratégica para explotar sus ventajas comparativas, concepto que Smith había iniciado y que luego perfeccionó David Ricardo.

Al alinear la ley fundamental de una nación con los principios de la libertad natural, incluso un territorio desolado puede prosperar y competir con los gigantes del mundo.

Además, el Libro II de Smith enfatiza que las “habilidades adquiridas y útiles de todos los habitantes” forman parte del capital fijo de una nación. Alberdi adaptó célebremente esta idea a la realidad argentina con su máxima: “Gobernar es poblar”. Pero aclaró que “poblar” no significaba simplemente aumentar la cantidad de habitantes; significaba importar el “espíritu industrial”.

La política argentina de inmigración abierta fue la aplicación más exitosa de las teorías smithianas sobre movilidad laboral. Millones de europeos cruzaron el Atlántico porque la Constitución de Alberdi les prometía aquello que muchas veces sus patrias no podían garantizarles: el derecho a conservar el fruto de su trabajo. Ese influjo de “capital humano” aportó las capacidades —desde técnicas agrícolas hasta conocimientos contables— que transformaron las vastas Pampas en el granero del mundo.

Del mismo modo, Smith sostenía que el capital fluye hacia donde existe mayor seguridad. Alberdi convirtió a Argentina en un santuario para la inversión extranjera. Miles de kilómetros de ferrocarriles fueron construidos, los puertos modernizados y las ciudades electrificadas, no mediante “planes quinquenales” estatales, sino a través de incentivos privados. La libra esterlina siguió la promesa smithiana de que el Estado argentino respetaría la santidad de los contratos.

Smith dedicó el último libro de su obra maestra a los “gastos del soberano”, advirtiendo que los gobiernos suelen arruinar a las naciones mediante la prodigalidad y el “trabajo improductivo” de una burocracia desmesurada. Esa advertencia encontró un poderoso eco en los escritos de Alberdi durante su exilio. Él fue testigo del ascenso de caudillos locales que consideraban el tesoro nacional como un dominio privado.

El diseño constitucional de Alberdi fue un intento de imponer una “camisa de fuerza” permanente a la capacidad del Estado de interferir en la economía. Escribió:

“La Constitución que no da al hombre el derecho de disponer de lo suyo no es una Constitución; es un sistema de confiscación organizada.”

Comprendió, como Smith, que la riqueza es un flujo que debe permitirse, no una masa estática a repartir por una autoridad central. En Bases, Alberdi ofreció una defensa poética pero rigurosa de este principio:

“La riqueza es un árbol que nace, crece y se desenvuelve; no es un objeto creado por decreto.”

Lecciones del ascenso y caída de Argentina

Mientras celebramos los 250 años de La riqueza de las naciones, la trayectoria histórica argentina sirve como una profunda lección global. El período de mayor prosperidad del país coincidió exactamente con su mayor adhesión al modelo Smith-Alberdi. Argentina fue una vez la prueba de que un país no necesita una historia de mil años para ser rico; solo necesita las instituciones correctas.

Por el contrario, la posterior decadencia argentina en los siglos XX y XXI refleja el abandono sistemático de esos principios. El regreso del proteccionismo, la erosión de los derechos de propiedad y el crecimiento de un “Estado absorbente” son precisamente las patologías “mercantilistas” que Smith dedicó su vida a desmontar. El 250.º aniversario no es solo un momento de nostalgia histórica, sino un llamado a redescubrir la “ciencia del legislador” que Smith propuso y Alberdi implementó.

Celebrar a Adam Smith en 2026 es reconocer que su mayor legado no es un simple conjunto de ecuaciones económicas, sino un compromiso moral y jurídico con la iniciativa individual. Juan Bautista Alberdi demostró que, alineando la ley fundamental de una nación con los principios de la libertad natural, incluso un territorio desolado puede florecer y competir con los gigantes del mundo.

Hoy, mientras Argentina se encuentra en una encrucijada histórica, podríamos estar presenciando el amanecer de un segundo “ascenso”. La administración de Javier Milei representa más que un cambio político; es una profunda restauración intelectual del marco alberdiano que alguna vez hizo grande a la nación. Al volver a colocar los principios smithianos de prudencia fiscal, desregulación y libertad individual en el centro del debate nacional, Argentina intenta recuperar su herencia perdida.

Sin embargo, la lección del último siglo es clara: la prosperidad no es un destino, sino un hábito de disciplina. Para que este nuevo amanecer perdure y evite las trampas cíclicas del pasado, este retorno a la libertad natural debe anclarse no solo en liderazgos temporales, sino en un compromiso institucional duradero que trascienda el calendario político.

La síntesis entre la visión de Smith y el coraje institucional de Alberdi sigue siendo el único plano comprobado para una prosperidad sostenible. Para Argentina, y para cualquier nación que busque el camino de regreso al crecimiento, las palabras escritas en Kirkcaldy en 1776 y en Valparaíso en 1852 todavía contienen las claves del futuro. La riqueza de las naciones es, y siempre ha sido, la libertad de sus ciudadanos.

(*) Originalmente publicado por la autora en «Law & Liberty» bajo el titulo «Adam Simth’s Legacy in Alberdi’s Argentina«.« La traducción es de Carlos Mira.

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