Aruba

Myriam Bregman y la confusión argentina: crear riqueza o vivir del saqueo

Carlos Mira The Post FMGN Press, Editorial

A propósito de últimas encuestas de opinión que ubican a Myriam Bregman como la “política con mejor imagen de la Argentina”, me gustaría hacer un par de comentarios sobre lo que para mí es una enorme confusión que estaría atrapando —si estas encuestas fueran correctas— a la sociedad argentina.

La historia del mundo puede leerse, en esencia, como una búsqueda permanente: encontrar el sistema que mejor permita a las personas mejorar su condición social. No es una discusión abstracta ni filosófica en el vacío. Es profundamente concreta. La condición social mejora cuando alguien puede hacer hoy algo que ayer no podía. Ese es el único indicador real, tangible y verificable de progreso.

Y esa posibilidad no aparece por arte de magia. Tiene una causa clara: el aumento del patrimonio. Dicho sin rodeos, una persona amplía su margen de acción cuando dispone de más recursos, más ingresos, más riqueza. Todo lo demás —los discursos, las teorías, las consignas— gira alrededor de este hecho central.

Entonces la pregunta decisiva es: ¿cómo se adquiere riqueza?

A pesar de los esfuerzos por disfrazarlo con eufemismos o teorías sofisticadas, la humanidad solo ha conocido dos caminos: crearla o quitársela a quien ya la creó. No hay un tercero. No existe una tercera vía. Todo sistema económico, toda ideología política, toda propuesta de organización social se ubica inevitablemente en uno de esos dos lados.

Y ahí es donde se revela la verdadera naturaleza de las ideas.

Cuando una concepción promueve la creación de riqueza, incentiva la innovación, el esfuerzo, el riesgo y la inversión. Cuando promueve la apropiación de lo ajeno, se disfraza de justicia pero descansa, en última instancia, en el saqueo.

La experiencia empírica —no la teoría, no el relato— muestra con contundencia que el capitalismo liberal ha sido el sistema más eficaz para generar riqueza en la historia de la humanidad. No porque sea perfecto, sino porque alinea incentivos: quien crea valor, progresa.

En el otro extremo, el comunismo no oculta su lógica. Basta leer el Manifiesto Comunista: la propuesta es explícita, quitarle la propiedad a quienes la tienen. No es una interpretación. Es el núcleo doctrinario.

Y cuando esa doctrina se llevó a la práctica, el resultado no fue una metáfora sino un hecho: los regímenes comunistas efectivamente le arrebataron los bienes a quienes los habían generado. Lo hicieron mediante la fuerza, el aparato estatal y, muchas veces, la violencia directa.

Curiosamente, esos mismos sistemas que relativizan el robo cuando es funcional a su ideología, una vez consolidados en el poder castigan con extrema dureza cualquier forma de delito individual. No porque respeten la propiedad —que en su lógica deja de existir— sino porque necesitan preservar el control del régimen. El problema no es robar: es quién roba.

En ese esquema, la élite gobernante se convierte en el “recaudador universal” de la riqueza ajena, con la promesa de redistribuirla. Pero incluso en el mejor de los casos —si esa redistribución fuera honesta— hay un problema estructural imposible de resolver: al eliminar los incentivos para crear riqueza, el sistema termina destruyendo la fuente misma de lo que pretende repartir.

Sin creación, no hay nada que distribuir. Y sin nada que distribuir, el sistema colapsa.

Ese es el verdadero hilo conductor de la historia. No el relato romántico de la igualdad, sino la mecánica concreta de cómo se genera —o se destruye— la riqueza.

Y como esa lógica no se sostiene por sí sola, el comunismo históricamente se ha apoyado en la coerción. No es casualidad que su implementación haya estado asociada a persecuciones, cárceles, hambrunas y millones de muertos. No es una desviación: es una consecuencia.

En ese contexto, resulta profundamente inquietante que figuras como Myriam Bregman mantengan niveles de imagen positiva en la Argentina. No es un dato menor ni anecdótico. Es un síntoma. Habla de una sociedad que, en parte, ha perdido claridad sobre las ideas que históricamente han llevado al progreso y aquellas que han conducido al desastre.

Más aún cuando esa misma dirigente no solo reivindica postulados económicos fallidos, sino que además ha respaldado posiciones alineadas con actores como Hamas, Hezbollah y el régimen de Irán, que promueven abiertamente la desaparición de Israel bajo consignas que implican, en la práctica, la eliminación de su población judía.

Ese no es un matiz ideológico. Es una definición moral.

En ese marco, la frase de Javier Milei recordándole en público que esos sistemas han dejado un saldo de millones de muertos puede haber incomodado por sus formas, pero no por su contenido. La incomodidad no invalida la verdad.

Porque al final del día, la discusión no es entre estilos, ni entre tonos, ni entre sensibilidades políticas. Es entre dos modelos irreconciliables: uno que permite a las personas hacer hoy lo que ayer no podían, y otro que, en nombre de una supuesta justicia, termina quitándoles incluso lo que ya tenían.

Y esa elección, más temprano que tarde, define el destino de una sociedad.

Por Carlos Mira
Si quieres ayudarnos a respaldar nuestro trabajo haz click aquí
o podes comprarnos un Cafecito.
>Aruba

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *