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Promesas, resultados y tensiones: el delicado equilibrio del plan económico

Natalia Schneider, The Post FMGN Press, Economía

El Gobierno construyó su capital político inicial sobre una secuencia clara: prometer, ejecutar y mostrar resultados. En un país donde la inconsistencia ha sido norma, ese “track-record” fue, en sí mismo, un activo. La administración de Javier Milei y su ministro de Economía, Luis Caputo, logró en sus primeros meses algo que parecía improbable: estabilizar una economía al borde de la hiperinflación y reinstalar la idea de que el rumbo macro podía ser previsible.

El diagnóstico fue contundente y, sobre todo, creíble: el problema argentino no era el dólar ni la deuda, sino el desorden fiscal y la emisión. Con un ajuste drástico del gasto, equilibrio en las cuentas públicas y una política monetaria contractiva, el Gobierno consiguió desacelerar la inflación y ordenar variables críticas. La narrativa cerraba. Y, por un tiempo, la realidad la acompañó.

Sin embargo, la economía nunca es un relato lineal. Y el propio éxito inicial empezó a exponer nuevas tensiones.

La desinflación, principal bandera oficial, comenzó a mostrar signos de fatiga. El último dato mensual rompió una racha de desaceleración y encendió una alerta: bajar de niveles extremos es difícil, pero perforar el piso de la inflación “media” —ese umbral en torno al 2% mensual— es aún más complejo. Ahí es donde la inercia, los precios indexados y las expectativas juegan un partido distinto.

En paralelo, la actividad económica exhibe una recuperación desigual. Algunos sectores repuntan, impulsados por la normalización macro y la apertura, mientras otros siguen rezagados. El mercado laboral refleja esa dualidad: crece el empleo en ciertos nichos, pero también aumenta la fragilidad en otros. Y en el centro de esa tensión aparece un dato incómodo: el consumo no termina de reaccionar.

El programa económico, en esencia, implicó una transferencia de poder. Del productor al consumidor. De empresas protegidas a mercados más competitivos. Ese reordenamiento tiene lógica en términos de eficiencia, pero no es neutro: implica costos de transición. El empresario que celebraba la previsibilidad hoy enfrenta una demanda débil. Y el consumidor, beneficiado por una menor inflación, sigue siendo —al mismo tiempo— un trabajador con ingresos que corren desde atrás.

Ahí emerge el verdadero desafío: la macro ordenada no garantiza, por sí sola, una microeconomía saludable.

En este contexto, las expectativas vuelven a ser determinantes. El Gobierno proyecta un sendero optimista: inflación convergiendo rápidamente a niveles bajos, actividad en recuperación y un horizonte electoral despejado. Pero el mercado empieza a matizar ese escenario. No cuestiona el rumbo, pero sí los tiempos.

El calendario juega su propio rol. Argentina tiene memoria. Y esa memoria está marcada por episodios donde la política alteró la economía de manera abrupta. La referencia inevitable es el antecedente de 2019, cuando el resultado de las PASO desencadenó una corrida que reconfiguró todas las variables. Pensar que ese factor no incidirá en las expectativas futuras sería, cuanto menos, ingenuo.

A eso se suman los riesgos externos. Un contexto internacional volátil —con tensiones geopolíticas que impactan en energía, tasas de interés y flujos financieros— puede complicar a economías emergentes que dependen de la confianza para sostener su estabilidad.

El punto, entonces, no es si el programa funciona. En términos macro, funciona. El punto es si puede sostenerse y profundizarse sin generar nuevas fragilidades.

El Gobierno ya atravesó su etapa más crítica. Pero ahora enfrenta otra, menos dramática y más compleja: la de consolidar. Es el momento en que los éxitos dejan de medirse por la velocidad del ajuste y pasan a evaluarse por la capacidad de construir crecimiento.

La historia económica argentina está llena de planes que lograron estabilizar, pero no pudieron sostener. El oficialismo apuesta a romper ese patrón. Para lograrlo, necesitará algo más que disciplina fiscal: deberá reconstruir confianza en todos los niveles, desde los mercados hasta los hogares.

Porque en definitiva, la estabilidad no se mide solo en puntos de inflación, sino en la percepción cotidiana de que el futuro —esta vez— no vuelve a desordenarse.

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