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Argentina frente al espejo: cuando los errores no son accidentes sino patrones de conducta

Carlos MIra, The Post, Editorial

Hay algo más inquietante que la crisis recurrente de la Argentina: su asombrosa capacidad para repetir, casi con precisión quirúrgica, los mismos errores que la condujeron a ella. No se trata de falta de diagnóstico —la sociedad ha demostrado una y otra vez que comprende qué salió mal— sino de una desconcertante imposibilidad de sostener en el tiempo las conductas que permitirían corregir el rumbo. La pregunta, entonces, no es ya qué le pasa a la Argentina, sino por qué insiste en tropezar con la misma piedra aun cuando sabe exactamente dónde está.

El gobierno actual llegó con una promesa clara y potente: romper con esa lógica. Encarnar una ética pública distinta, más austera, más transparente, más coherente con el discurso de cambio que lo llevó al poder. Sin embargo, en poco tiempo comenzaron a aparecer señales que remiten, incómodamente, a prácticas que se creían superadas o, al menos, identificadas como inaceptables.

El caso de Manuel Adorni es paradigmático. Se trata de un funcionario percibido como serio, racional, consciente del contexto en el que se mueve. Justamente por eso, resulta más difícil de explicar —y de justificar— cualquier conducta que pueda ser interpretada como un privilegio impropio, como el episodio vinculado a viajes con su pareja. En una administración que sabe que está bajo observación permanente, donde cada gesto es examinado con lupa por propios y ajenos, estos deslices no son menores: erosionan la credibilidad de un relato que se apoya, precisamente, en la idea de superioridad moral frente al pasado reciente.

Algo similar ocurre con el episodio vinculado a Libra que involucra al propio presidente, Javier Milei. Más allá de las particularidades del caso, lo que sorprende es la falta de cálculo político. En un país donde la sospecha es moneda corriente, donde los vínculos entre poder y negocios han sido históricamente cuestionados, cualquier movimiento en esa dirección debía ser medido con extrema cautela. Sin embargo, el resultado fue el contrario: se abrió un flanco que no solo expone al gobierno, sino que le otorga argumentos a aquellos sectores que durante años hicieron de la opacidad una forma de gestión. Darle “letra” a quienes construyeron poder desde prácticas que se pretendían desterrar es, cuanto menos, un error estratégico.

A esto se suma un clima interno que tampoco ayuda. Las tensiones atribuidas a Karina Milei, con conflictos recurrentes hacia dentro del propio espacio, proyectan una imagen de desorden y fragmentación. Y aquí aparece otra paradoja: muchos de los actores que hoy son cuestionados o desplazados fueron, en su momento, piezas clave para que el proyecto político llegara al poder. En un proceso que se presentaba como histórico -la oportunidad de revertir décadas de políticas completamente fracasadas- las disputas internas no solo debilitan la gestión, sino que diluyen el capital político acumulado.

El rol del entorno presidencial tampoco queda al margen. Las versiones sobre maniobras poco claras en la Agencia Nacional de Discapacidad, vinculadas al abogado del presidente, vuelven a poner en escena un problema estructural de la política argentina: la dificultad para separar lo público de lo privado, lo institucional de lo personal. En un gobierno que hizo de la transparencia una bandera, cualquier sombra en este sentido adquiere una dimensión amplificada.

Pero hay algo aún más grave que todos estos episodios en sí mismos: el riesgo de desperdiciar una oportunidad histórica. La Argentina no está simplemente ante un cambio de gobierno, sino ante la posibilidad —quizás única en décadas— de revertir un siglo de prácticas políticas asociadas al populismo, al clientelismo y a formas de gestión que amplios sectores de la sociedad identifican con la corrupción y el fracaso.

Perder esa oportunidad por errores evitables, por descuidos que rozan lo amateur o por internas de poder, no sería solo una equivocación: sería un error imperdonable. Porque las oportunidades históricas no son infinitas. Y porque el costo de desaprovechar esta puede ser mucho más profundo que una mala gestión: puede reabrir la puerta a aquello que se buscaba cerrar.

En efecto, si este intento de cambio fracasa por inconsistencias propias, no será extraño que parte de la sociedad vuelva a sentirse tentada por los viejos relatos. La memoria corta, combinada con la frustración, puede hacer que resurja la ilusión de que, esta vez sí, el “verso” demagógico del peronismo —esa promesa recurrente de salvación fácil— podría funcionar. No porque haya cambiado su esencia, sino porque habrá fallado la alternativa que prometía superarlo.

Lo que subyace a todos estos episodios no es simplemente una suma de errores aislados. Es la persistencia de una lógica: la subestimación del costo político de las decisiones, la confianza excesiva en la propia legitimidad y, sobre todo, la desconexión entre el discurso y la práctica. La Argentina ya ha visto esto antes. Y sabe cómo termina.

La oportunidad está sobre la mesa. Pero también lo está el riesgo de perderla. Y esta vez, a diferencia de otras, la historia difícilmente conceda otra igual.

Por Carlos Mira
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