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La Fontana di Trevi cobra ahora un fee para poder visitarla 

Carlos Mira, The Post FMGN, Viernes de relax

Roma, Italia, feb., 2026.- Roma cerró 2025 con cifras récord de turismo: más de 50 millones de visitantes pasaron por la capital italiana, consolidando un flujo que no muestra señales de desaceleración. La atracción es evidente: su patrimonio histórico, sus monumentos milenarios y postales icónicas como el Coliseo, el Panteón o el Foro Romano siguen encabezando la lista de prioridades de viajeros de todo el mundo. Pero el éxito trae desafíos. Ante la presión del turismo masivo, el Ayuntamiento decidió avanzar con nuevas medidas para ordenar el acceso a uno de los símbolos más fotografiados de la ciudad: la Fontana di Trevi.

Desde febrero de 2026, quienes quieran acercarse al perímetro inmediato de la fuente deberán pagar una entrada. La decisión forma parte de un plan más amplio para regular la circulación de visitantes y financiar tareas de mantenimiento, en medio de un debate creciente en Europa por el impacto del llamado “overtourism”.

La Fontana di Trevi no es solo una postal. Inaugurada en 1762 y concebida por el arquitecto Niccolò Salvi —con finalización a cargo de Giuseppe Pannini tras su muerte—, la obra barroca se eleva unos 26 metros y se extiende más de 49 de ancho. Construida con mármol de Carrara, tiene como figura central a Oceanus, montado en un carro tirado por caballos marinos y escoltado por tritones. Su singularidad no termina allí: el agua que la alimenta proviene todavía del acueducto Acqua Vergine, una infraestructura de más de 12 kilómetros levantada en tiempos del Imperio romano hace dos mil años.

La popularidad del monumento se disparó en el siglo XX, especialmente después del estreno de la película Three Coins in a Fountain en 1954. Desde entonces, arrojar monedas al agua se convirtió en un ritual turístico global. La tradición sostiene que quien lo hace regresará a Roma. Hoy, el gesto se asocia más a deseos personales, pero mantiene un impacto económico notable: autoridades locales estiman que cada año se recogen monedas por más de un millón de euros, dinero que luego se dona a una organización benéfica católica.

El monumento atravesó en 2024 una restauración profunda, la más importante en más de una década, en preparación para el Jubileo de 2025 del Vaticano. Durante tres meses se realizaron trabajos de limpieza y remoción de depósitos de calcio acumulados con el tiempo. La intervención costó alrededor de 340.000 dólares y obligó a cerrar temporalmente el acceso directo, aunque se instaló una pequeña pileta provisoria para que los visitantes pudieran seguir arrojando monedas sin interferir con las obras.

Con la reapertura, el municipio puso en marcha el nuevo sistema de acceso pago. La entrada cuesta 2 euros y permite acercarse a la fuente dentro del horario habilitado, con un cupo máximo de 400 personas en simultáneo. Se puede adquirir online o en puntos turísticos oficiales, museos cívicos y comercios autorizados; también es posible pagar en el lugar con tarjeta. Están exentos los residentes de Roma, los menores de seis años y las personas con discapacidad junto a un acompañante. El acceso visual desde el exterior del perímetro seguirá siendo gratuito, al igual que las visitas fuera del horario oficial.

El Ayuntamiento calcula que la medida generará unos 6,5 millones de euros anuales, fondos que se destinarán a conservación y logística. La iniciativa se inscribe en una tendencia europea más amplia: Venecia ya implementó una tasa diaria para visitantes y Ámsterdam anunció restricciones para la construcción de nuevos hoteles. Roma, por su parte, comenzó a aplicar tarifas de ingreso en otros sitios emblemáticos, como el Panteón, donde la entrada general ronda los 5 euros.

La discusión de fondo es cómo sostener el atractivo turístico sin poner en riesgo el patrimonio ni la vida cotidiana de los residentes. La Fontana di Trevi, ícono global y escenario de rituales que cruzan generaciones, se convirtió así en el nuevo laboratorio de una ciudad que intenta equilibrar historia, economía y masividad.

En paralelo, el turismo internacional sigue diversificando sus destinos y experiencias. Entre las tendencias que ganan terreno aparecen los viajes ligados al bienestar y la naturaleza, donde las aguas termales ocupan un lugar central. Más que paisajes llamativos, estos espacios combinan tradición cultural, historia y propiedades minerales asociadas al descanso y la recuperación física.

Desde Asia Menor hasta Sudamérica, las fuentes termales se consolidan como escenarios de pausa en medio del ritmo acelerado del turismo global. La experiencia suele ser similar: entornos naturales imponentes, aguas ricas en minerales y relatos locales que conectan el presente con siglos de uso ancestral.

Uno de los casos más emblemáticos es el de Pamukkale, en el oeste de Turquía. El nombre significa “castillo de algodón” y remite al aspecto de sus terrazas blancas de travertino que descienden por una ladera de más de 200 metros. La formación se originó por el desborde de manantiales cargados de minerales que, al enfriarse, se solidificaron con el paso del tiempo hasta crear las piletas naturales que hoy atraen a visitantes de todo el mundo.

El sitio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, permite caminar, sumergirse y nadar en aguas de tonalidad celeste que rondan los 35 a 38 grados. Desde allí se observan vistas abiertas hacia la ciudad de Denizli y, a pocos metros, las ruinas de Hierápolis, antigua ciudad romana que utilizaba estas fuentes como complejo termal. La tradición sostiene que incluso Cleopatra habría pasado por estos baños naturales, reforzando el carácter histórico del lugar.

English version

Fontana di Trevi now charges a fee to visitation

Trevi Fountain in Rome, Italy. Ancient fountain. Roman statues at piazza in old medieval city among traditional italian houses and street lamps. Famous landmark. Touristic destination for vacation.

Rome closed out 2025 with record-breaking tourism numbers: more than 50 million visitors traveled through the Italian capital, cementing a flow that shows no signs of slowing down. The appeal is obvious — its historic heritage, millennia-old monuments, and postcard icons such as the Colosseum, the Pantheon, and the Roman Forum continue to top travelers’ must-see lists. But success brings challenges. Facing mounting pressure from mass tourism, city officials have moved to regulate access to one of Rome’s most photographed landmarks: the Trevi Fountain.

As of February 2026, visitors who want to approach the fountain’s inner perimeter must pay an entrance fee. The measure is part of a broader plan to manage visitor flow and finance maintenance, amid a growing European debate over the impact of so-called overtourism.

The Trevi Fountain is more than a postcard image. Inaugurated in 1762 and designed by architect Niccolò Salvi — with Giuseppe Pannini completing the project after Salvi’s death — the Baroque masterpiece rises about 85 feet high and stretches more than 160 feet wide. Built from Carrara marble, it features Oceanus at its center, riding a chariot pulled by seahorses and flanked by tritons. Its uniqueness goes even further: the water that feeds it still flows from the Acqua Vergine aqueduct, a structure more than 12 miles long built during the Roman Empire over two thousand years ago.

The fountain’s popularity surged in the 20th century, particularly after the release of the 1954 film Three Coins in a Fountain. Since then, tossing coins into its waters has become a global ritual. Tradition says that anyone who throws a coin will one day return to Rome. Today, the gesture is often tied to personal wishes, but it retains significant economic impact: local authorities estimate that more than one million euros in coins are collected each year, with the proceeds donated to a Catholic charity.

In 2024, the monument underwent its most significant restoration in over a decade, in preparation for the Vatican’s 2025 Jubilee Year. Over the course of three months, workers carried out cleaning operations and removed calcium buildup accumulated over time. The project cost roughly $340,000 and required temporarily restricting direct access, though a small provisional pool was installed so visitors could continue the coin-tossing tradition without interfering with the work.

Following the reopening, the city implemented the new paid-access system. Tickets cost 2 euros and allow entry within designated visiting hours, with a maximum capacity of 400 people at a time. They can be purchased online, at official tourist offices, civic museums, and authorized retailers, or directly at the site by card. Rome residents, children under six, and people with disabilities (along with one companion) are exempt. Viewing the fountain from outside the inner perimeter remains free, as do visits outside official hours.

City officials estimate the measure will generate around 6.5 million euros annually, funds earmarked for conservation and logistics. The initiative reflects a broader European trend: Venice has introduced a daily visitor tax, while Amsterdam has announced restrictions on new hotel construction. Rome itself has already implemented entrance fees at other major landmarks, including the Pantheon, where general admission costs around 5 euros.

The underlying question is how to preserve tourism appeal without jeopardizing heritage sites or residents’ daily life. The Trevi Fountain — a global icon and stage for rituals spanning generations — has thus become a testing ground for a city trying to balance history, economics, and mass tourism.

At the same time, international tourism continues to diversify destinations and experiences. Among the growing trends are wellness and nature-driven travel, where hot springs occupy a prominent place. Beyond striking landscapes, these sites combine cultural traditions, historical depth, and mineral-rich waters associated with relaxation and physical renewal.

From Asia Minor to South America, thermal springs are emerging as sanctuaries of pause amid the fast pace of global travel. The experience is often similar: dramatic natural settings, mineral-rich waters, and local narratives that connect the present to centuries of ancestral use.

One of the most emblematic examples is Pamukkale, in western Turkey. Its name means “cotton castle,” a reference to the white travertine terraces that cascade down a cliff more than 650 feet high. The formation originated from mineral-laden springs that overflowed and, as they cooled, solidified over time into the natural pools that now draw visitors from around the world.

Declared a UNESCO World Heritage Site, the area allows visitors to walk, soak, and swim in turquoise waters averaging between 95 and 100 degrees Fahrenheit. From the terraces, there are sweeping views toward the city of Denizli, and just steps away lie the ruins of Hierapolis, the ancient Roman city that once used these springs as its thermal complex. Tradition holds that even Cleopatra bathed here, reinforcing the site’s deep historical aura.

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Por Carlos Mira
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