
Carlos Mira, The Post, Editorial
Hay una relación directa —incómoda, pero evidente— entre la calidad de la educación de un país y la calidad de su democracia. Cuando la primera se deteriora, la segunda se resiente. La política se vuelve más rudimentaria, el debate público se empobrece y el ejercicio del poder pierde sofisticación institucional. Lo mismo puede observarse, en escala más acotada pero no menos ilustrativa, en el fútbol argentino: la pauperización de su dirigencia y de sus estructuras competitivas ha derivado en un sistema cada vez más precario, desordenado y de menor calidad.
El fútbol argentino ofrece un caso casi pedagógico. Hoy conviven unos pocos clubes de jerarquía con una mayoría de instituciones que operan con lógicas de subsistencia. La decisión de 2014 de ampliar por decreto la Primera División con el ascenso masivo de diez equipos desde la B no fue un mero cambio reglamentario: alteró el equilibrio del sistema. No se trató solo de aumentar participantes, sino de modificar la relación de fuerzas dentro de la AFA, una institución gobernada por mayorías. Cuando la mayoría electoral se desplaza hacia sectores con menos recursos, menos profesionalización y menor tradición institucional, el resultado es previsible: el estándar general desciende.
Una organización democrática, en cualquier escala, tiende a reflejar la calidad de su base electoral. Si quienes votan tienen formación, experiencia y visión estratégica, elegirán dirigentes con características similares. Si, en cambio, predominan estructuras improvisadas, cortoplacistas o con escasa cultura institucional, el tipo de conducción que emergerá tenderá a reproducir esos rasgos. La AFA de los últimos años, con un peso creciente de los clubes del ascenso, terminó produciendo un fútbol que se parece cada vez más al “nivel ascenso”: fragmentado, con dificultades organizativas y con una dirigencia más enfocada en la supervivencia inmediata que en el desarrollo de largo plazo.
Y aquí hay una obviedad que muchas veces se elude por corrección política: si tenés un fútbol compuesto mayoritariamente por equipos de la B, tu fútbol será de la B. No puede haber fútbol de “Premier” con estructuras, presupuestos, dirigencias y estándares propios del ascenso. No es una afirmación antidemocrática; al contrario, es el salvoconducto que impide que la democracia se degrade. La democracia necesita calidad en sus bases para producir calidad en sus resultados. El “muchedumbrismo” —la mera acumulación numérica sin formación, sin reglas internalizadas y sin cultura institucional— no es democracia. Confundir una cosa con la otra suele ser, históricamente, un error fatal.
Este fenómeno no puede explicarse solo en términos morales —como si se tratara de “buenos” y “malos”—, sino estructurales. La falta de educación de calidad y de formación institucional tiende a reducir los frenos culturales frente al abuso de poder o la corrupción. No porque exista una inclinación natural hacia el delito, sino porque se debilitan los marcos normativos internos que ordenan la conducta: la noción de responsabilidad pública, el respeto por reglas impersonales, la idea de que las instituciones están por encima de las conveniencias personales.
Lo que sucede en el fútbol, con sus particularidades, encuentra un eco inquietante en la vida política argentina. La degradación deliberada o negligente de la educación durante décadas ha tenido consecuencias profundas: electorados más vulnerables a la demagogia, menos exigentes con la idoneidad de sus representantes y más permeables a discursos simples o emocionalmente eficaces. El resultado ha sido la selección recurrente de dirigencias con escasa formación, poco apego institucional y, en demasiados casos, una preocupante tolerancia hacia prácticas corruptas.
La democracia, por definición, es el gobierno que se parece a la sociedad que lo elige. Esa es su fortaleza y, a la vez, su riesgo. Sin ciertos contrapesos culturales —educación sólida, ciudadanía informada, valores republicanos internalizados—, puede deslizarse hacia formas de democracia de masas donde el número desplaza a la calidad y la voluntad mayoritaria se impone sin límites efectivos sobre los derechos individuales. No es una deriva inevitable, pero sí una posibilidad histórica comprobada.
Por eso, la idea de “aristocratizar” la democracia no debería interpretarse como un llamado elitista, sino como un proyecto educativo. No se trata de restringir el voto ni de jerarquizar socialmente a los ciudadanos, sino de elevar el piso cultural y formativo de la sociedad. La única aristocracia compatible con la democracia es la del mérito: ciudadanos educados, críticos, capaces de discernir entre liderazgo y oportunismo, entre gestión y propaganda.
Cuando un país produce ciudadanos ilustrados, tiende a elegir dirigentes que se les parecen. Cuando produce individuos empujados a la supervivencia permanente, a la informalidad o a la lógica del “rebusque”, esa misma cultura se traslada al poder. Y entonces el Estado se puebla de funcionarios que operan con las mismas reglas de corto plazo: resolver hoy, aprovechar hoy, sobrevivir hoy. El horizonte estratégico desaparece, y con él la posibilidad de desarrollo.
La educación de calidad no solo transmite conocimientos: modela el carácter cívico. Enseña a respetar reglas, a diferenciar lo público de lo privado, a entender que el poder es una responsabilidad y no un botín. En ese sentido, es el principal sostén de la democracia. No hay instituciones fuertes con ciudadanos débiles, ni república sólida con cultura cívica empobrecida.
El fútbol argentino, en su deterioro institucional, funciona como un espejo. Allí donde la formación escasea y la lógica de la supervivencia domina, el sistema se desordena, la calidad cae y la conducción se vuelve errática. La política, cuando recorre el mismo camino, termina produciendo el mismo resultado.
Recuperar la educación —no como consigna, sino como política de Estado sostenida durante décadas— es, en última instancia, la única forma de reconstruir una democracia de calidad. Porque las sociedades, igual que los equipos y las instituciones, terminan pareciéndose a aquello que forman. Y los gobiernos, inexorablemente, se parecen a quienes los eligen.

