
Carlos Mira, The Post, Editorial
La historia suele avanzar en espirales. A veces repite patrones, otras los invierte. Algo de eso parece estar ocurriendo hoy en América del Sur si se observa con atención el contraste entre la Argentina y Brasil frente al nuevo escenario global. Durante gran parte del siglo XX, ambos países tomaron decisiones opuestas ante los grandes reordenamientos internacionales. Argentina leyó mal el final de la Segunda Guerra Mundial y pagó caro ese error; Brasil, en cambio, supo alinearse con el poder emergente y capitalizó esa decisión durante décadas. Hoy, de manera casi paradójica, los roles parecen invertirse.
En 1945 el mundo quedó estructurado en torno a un nuevo eje de poder liderado por Estados Unidos. El orden liberal occidental se consolidó a través de instituciones económicas, acuerdos multilaterales y alianzas políticas que marcaron el rumbo de la posguerra. En ese contexto, Argentina eligió una posición ambigua. Su prolongada neutralidad durante el conflicto, sumada luego a la doctrina de la “tercera posición” impulsada por el peronismo, la colocó en un lugar incómodo frente a Washington y Europa.
Esa lectura resultó costosa. El país quedó relativamente marginado de los grandes flujos de inversión, del Plan Marshall y de los mecanismos que impulsaron la reconstrucción y el crecimiento del mundo occidental. Aunque conservó recursos, capital humano y potencial productivo, se fue aislando progresivamente del sistema que comenzaba a dominar la economía global.
Brasil tomó el camino inverso. Participó activamente en la guerra del lado aliado, fortaleció su vínculo con Estados Unidos y se integró tempranamente al nuevo orden internacional. Esa decisión le permitió acceder a financiamiento, transferencia tecnológica y respaldo político. Con el tiempo, esa inserción se tradujo en industrialización, infraestructura, expansión del mercado interno y mayor peso geopolítico. El resultado fue evidente: Brasil creció, se diversificó y terminó superando a la Argentina en casi todos los indicadores estructurales.
Durante décadas, esa diferencia de enfoques explicó buena parte de la brecha entre ambos países. Sin embargo, el presente muestra una curiosa inversión de papeles.
En la actualidad, Brasil —bajo el liderazgo de Luiz Inácio Lula da Silva— ha optado por una política exterior crecientemente autónoma y, en varios aspectos, confrontativa con Occidente. Su acercamiento a China, su participación activa en los BRICS, su discurso crítico hacia Estados Unidos y Europa, y su ambigüedad frente a conflictos internacionales marcan una distancia clara del eje occidental tradicional. Lula reivindica un mundo multipolar y busca posicionar a Brasil como líder del Sur Global, aun a costa de tensiones con las potencias centrales.
Argentina, en cambio, atraviesa un giro de signo opuesto. Con la llegada de Javier Milei, el país ha manifestado una voluntad explícita de alineamiento con Estados Unidos, Israel y el bloque occidental. El discurso oficial reivindica el capitalismo liberal, el libre mercado y la inserción plena en el mundo desarrollado. Por primera vez en décadas, la Argentina parece buscar deliberadamente el lugar que había rechazado tras la Segunda Guerra Mundial.
El contraste es llamativo. Mientras Brasil —que supo crecer gracias a su alineamiento con Occidente— hoy toma distancia de ese esquema, Argentina intenta volver a él luego de años de aislamiento, desconfianza y vaivenes ideológicos. Es, en cierto modo, una inversión histórica de papeles.
La gran incógnita es si esta vez el resultado será distinto. A diferencia de 1945, el mundo actual es más fragmentado, menos previsible y sin una hegemonía tan clara como la que ejercía Estados Unidos en la posguerra. Aun así, los flujos de inversión, la innovación tecnológica y el poder financiero siguen concentrados en el bloque occidental. Quedar fuera de ese sistema continúa teniendo costos elevados.
La experiencia histórica sugiere una lección clara: los países que logran desarrollarse no son necesariamente los que desafían el orden global, sino los que entienden a tiempo cómo integrarse a él sin perder autonomía. Argentina no lo hizo en el siglo XX. Brasil sí. Hoy, curiosamente, ambos parecen haber intercambiado estrategias.
Si este nuevo giro argentino será suficiente para revertir décadas de estancamiento, o si Brasil pagará el precio de su distanciamiento del eje occidental, es algo que solo el tiempo dirá. Pero lo que resulta evidente es que, una vez más, la clave no está en los discursos, sino en la lectura que cada país hace del mundo que le toca habitar.

