
Nacho Urkia, The Post Deportes
La noche en la Bombonera dejó una postal particular: Boca Juniors y Millonarios FC empataron en un amistoso internacional que terminó sin ganador deportivo, pero con dos copas entregadas de manera simbólica en homenaje a Miguel Ángel Russo. Un cierre atípico para un partido que, aunque fuera de competencia oficial, se jugó con la intensidad, el clima y la exigencia que solo puede ofrecer el estadio de Boca.
Desde el inicio, el encuentro tuvo más tensión que vuelo futbolístico. Boca Juniors asumió el protagonismo territorial empujado por su gente, intentando imponer ritmo y verticalidad. El equipo mostró decisión para ir hacia adelante, aunque le costó transformar dominio en situaciones claras. Millonarios, ordenado y paciente, eligió un planteo más cauteloso, apostando a la circulación y a aprovechar los espacios que pudiera dejar el local.
El empate, que se mantuvo durante todo el desarrollo -en parte también porque el Chango Zeballos no pudo convertir un penal a favor que detuvo el arquero visitante- terminó siendo fiel reflejo de un partido parejo, disputado y por momentos friccionado. Boca tuvo pasajes de presión alta y empuje emocional, mientras que Millonarios FC respondió con disciplina táctica y serenidad, sin resignar su idea de juego aun en un contexto hostil.
El foco, sin embargo, se desvió rápidamente del resultado hacia las tribunas cada vez que Radamel Falcao entraba en escena. El delantero colombiano fue silbado de manera persistente cada vez que tocó la pelota. No hubo insultos, pero sí una reprobación clara y sostenida, una reacción que tuvo más que ver con su identificación histórica con River Plate que con lo sucedido dentro del campo. La Bombonera volvió a demostrar que no olvida y que su memoria futbolera es selectiva y visceral.
En el segundo tiempo el partido se volvió más trabado. Boca empujó con más ganas que claridad y Millonarios administró los tiempos con inteligencia. Hubo intentos aislados de ambos lados, algún remate desde media distancia y varias interrupciones que cortaron cualquier intento de fluidez. El empate se fue consolidando como un desenlace inevitable.
El cierre fue tan singular como el contexto: lejos de una definición tradicional, la Copa Miguel Russo se entregó de manera simbólica a ambos equipos, en un gesto de homenaje y reconocimiento compartido. Dos capitanes, dos trofeos y una escena poco habitual para un estadio acostumbrado a festejos más tajantes.
Para Boca, el partido dejó señales mixtas: intensidad, compromiso y empuje, pero también la confirmación de que todavía cuesta traducir dominio en goles. Para Millonarios, la visita a la Bombonera fue una prueba de carácter y temple, superada sin desorden ni complejos.
No hubo campeón ni derrota. Hubo empate, copas compartidas y un clima que recordó que, incluso en amistosos, el fútbol en la Bombonera nunca es neutral. Y que ciertos nombres, como el de Falcao, siguen despertando reacciones que van mucho más allá del juego.
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