
Carlos Mira, The Post, Editorial (*)
El narcotirano venezolano Nicolas Maduro ha caído, finalmente. Lo primero que siento ganas de decir es “gracias porque este mal nacido haya sido capturado y porque un país sumido en la miseria por un régimen fracasado tenga, a partir de ahora, una posibilidad de reconstruir su futuro”.
A propósito de esto quiero recordar lo que ocurrió con Panamá, con EEUU y con Noriega luego de que George Bush Sr ejecutara una acción militar que capturó al narco y lo llevo a juicio: Panamá se convirtió en uno de los países más florecientes de América Latina; EEUU se fue a su casa y no robó ni el país, ni el Canal, ni nada; Noriega fue juzgado con las garantías de defensa en juicio y fue condenado a cadena perpetua por los crímenes que había cometido.
Me gustaría no escuchar a ningún cabeza de termo hablar del “imperialismo”, del “intervencionismo” o de la “ilegitimidad”. Ilegitimidad es la del narco que gobernaba Venezuela hasta hoy. Ladrón de elecciones que esos mismos cabezas de termo silenciaron en su momento. “Imperialismo” es abrir las puertas de la región a potencias extra hemisféricas como Irán, Rusia y China para que desarrollen una cabecera de playa que propenda a las revueltas violentas para tomar el poder y someter a los pueblos latinoamericanos al mismo tipo de miseria que aun hoy debe soportar Cuba.
Nueve millones de ciudadanos venezolanos abandonaron Venezuela. Muchos de ellos a pie y con lo puesto. Se trata de la diáspora más grande de la historia humana. En el mismo tiempo no se conoció la noticia de que muchedumbres desesperadas por querer disfrutar del paraíso marxista de Caracas hayan “invadido” Venezuela ávidos de vivir la utopía comunista.
La Argentina ha sido una víctima directa del regimen creado por el tirano Hugo Chavez. Millones de dólares de los bolsillos de los más pobres de la Argentina fueron repartidos entre los Kirchner y Chavez, fruto de sus negocios sucios. Espero que todo eso pueda salir a la luz también.
El regimen encarceló y torturó, en instalaciones parecidas a la ESMA -pero más diabólicas que ella-, a miles de venezolanos y no-venezolanos. Prepoteó, llevó por delante y violó los derechos de cientos de periodistas que querían mostrar la realidad de miseria, de elecciones robadas, de indigencia, de desabastecimiento y de escasez de ese país que supo estar entre los de mejores indices de nivel de vida de América Latina y que sucumbió ante el resentimiento y la envidia del comunismo.
Chavez, Cabello, Maduro y la sarta de hijos de puta que gobernaron Venezuela todos estos años son los responsables de haber convertido ese país en una gigantesca villa miseria. Chavez solía confesarle a sus íntimos que había que mantener a los pobres en esa situación: el peor negocio para ellos era sacarlos de la pobreza. Pobreza y resentimiento odioso son las herramientas preferidas del comunismo.
Es difícil encontrar en la historia mundial una “idea” (si es que se la puede llamar así) más malévola que el marxismo. Basada en la lucha violenta, en el azuzar la calma y en la inflamación de los espíritus en la primera etapa de su evolución, pasó luego a una etapa mucho más peligrosa, maléfica y subterránea que consiste en demoler la sociedad occidental libre y democrática desde adentro, pudriendo sus bases y utilizando las mismas liberalidades que ella perite para destruirla.
Solo mentes dominadas por la maldad más asquerosa puede dedicar tiempo de su vida al desarrollo de estas tácticas. No han escatimado, en ese sentido, ninguna detalle, por más aborrecible que ellos sean.
Han producido literatura que, en terminos simples, no son otra cosa que obras que hacen apologia del delito, de la maldad y del mal como realidad ontólogica. Leer esos pasquines que promueven desacaradamente la pudrición de lo bueno, haciendo gala de la enseñanza de las tácticas que hay que emplear para lograr el objetivo final no puede causar menos que asco y repugnancia.
El 3 de enero de 2026 será una fecha recordada en los anales de la libertad tal como lo fueron los días de enero de 1990 cuando Panamá fue libre. Ojalá la Providencia disponga más pronto que tarde que estaba misma liberación le sea regalada al pueblo cubano. Sometido a una miseria inenarrable por una casta corrupta, ladrona, violenta y asesina, ese pueblo merece volver a tener una oportunidad en la vida. Sesenta años de opresión son muchos. Sesenta años de comer de la basura, de vivir entre los escombros de los edificios que se caen a pedazos y de soportar carencias de toda especie son ya suficientes como para defender lo indefendible. Solo un odio muy profundo, una envidia irresistible y un resentimiento inacabable pueden explicar la supervivencia de ese estiércol.
Los EEUU seguramente tienen muchos defectos. Pero nunca vi a ningún latinoamericano que haya emigrado allí cambiar sus planes para, nadando entre tiburones, llegar a las playas de La Habana. Tampoco vi a ninguno de ellos abandonar la tierra norteamericana para ir a vivir la experiencia chavista. Entonces dejémosnos de joder, por favor.
Dejemos de opinar utilizando los gadgets que inventa incesantemente el capitalismo y que, de estar gobernado el mundo por el comunismo, no tendríamos ni en sueños: seguiríamos poco menos que colgados de los árboles, algo que poco faltaba para que sucediera en Venezuela.
Lo que comenzó hoy debe profundizarse. Venezuela debe ser limpiada de toda la mierda con la fue sembrada durante un cuarto de siglo. América Latina debe dejar de lado definitivamente el veneno de la envidia y abrazar el perfume de la libertad, del mérito, de la inventiva, del esfuerzo y de los derechos individuales.
La Argentina, un faro de todos esos ideales desde que el mundo la vio nacer hasta que desgraciadamente cayó en manos del populismo socialista a mediados del siglo XX, debe ser firme en respaldar la libertad, el honor y los derechos civiles. Dios quiera que la luz del Universo ilumine a los que piensan bien, a los que persiguen la igualdad ante la ley y no el igualitarismo envidioso y a los que creen, como Mandela, que los hombres son los amos de su destino y los capitanes de sus almas.
(*) Interrumpimos las vacaciones de los editoriales a propósito de la fuerza de los hechos ocurridos hoy. Nos reencontramos el 16 de enero.

