
Gabriela Cerruti siempre fue, en el ejercicio de la profesión, una persona particular. Utilizó su trabajo para destilar el odio acumulado quién sabe en qué lecturas, quién sabe en qué ideas trasnochadas, quién sabe con qué padrinos profesionales (aunque algunos conocen muy bien al principal de ellos, algo así como el Capitán del odio nacional, Horacio Verbitzky).
Perteneció a aquel grupo de periodistas de Página 12 que, de la mano de Jorge Lanata, comenzó a contar lo que era la corrupción del gobierno de Menem -una especie de jardín de infantes comparado con el obsceno delirio del robo kirchnerista- y a sentar las bases de un periódico que luego se convertiría, con sus nuevos dueños sindicalistas, en un ariete ideológico del autoritarismo y de la penetración izquierdista, liderada naturalmente por Verbitzky.
Cerruti siempre tuvo un trato personal horrible, incluso entre colegas. Engreída, creyendo que estaba por encima de la media de otros periodistas -cuando en realidad su formación hacía agua por todos lados- pretendía mantener un trato distante, como dando a entender que ella estaba a otra altura.
Verbitsky la cobijó y la protegió. Ambos tuvieron en claro que su trabajo estaba al servicio de una finalidad que los excede a ellos: prestarse a ser un engranaje en la consolidación de un modelo de sociedad regimentada por una nomenklatura dominante a la que, naturalmente, aspiraban pertenecer.
Hoy en día debe creer que parte de su objetivo se cumplió: la libertad perdió la batalla cultural contra la dominación de un régimen que se impone de arriba hacia abajo, y ella, más allá de la importancia de su cargo, llegó a encaramarse en un lugar de ese poder.
Hasta el lugar que ocupa en las “conferencias de prensa” de los jueves le cuadra a lo que siempre imaginó: estar en un púlpito elevado respecto de sus colegas.
Desde ese sitial, como le gustaba hacer cuando ejercía la profesión, intentó dar una clase de periodismo público a una colega del diario La Nación sobre cómo publicar los datos revelados por una fuente. Pese a que Cecilia Devanna le confirmó que la información obtenida de una alta fuente del Departamento de Estado de los EEUU en el sentido de que la administración del Presidente Biden estaba muy molesta por los dichos del presidente Fernández en su gira por Rusia y China (en donde negó la ayuda norteamericana y en donde abjuró de lo que él llamó “dependencia” de los EEUU, promoviendo la entrega del país a los brazos rusos y chinos) estaba confirmada por dos fuentes independientes, motivo por el cual, justamente, había sido publicada, ella insistió –como si no hubiera escuchado lo que acababan de explicarle- en dar una clase magistral sobre el camino de confirmación de una noticia.
Vale aclarar también que esos tecnicismos (los de la ruta de confirmación de una noticia) con los que muchos periodistas pretenden hacer pasar su trabajo como si fuera el de un genial científico, son también relativos: si el periodista habló con la mismísima fuente protagonista de la noticia (en este caso por ejemplo con el Secretario de Estado o con el Subsecretario para Asuntos Hemisféricos) la necesidad del double check se minimiza ostensiblemente toda vez que el colega habló de modo directo (aunque fuera en off) con quien hace que un hecho sea noticia… En otros términos habló con la “noticia”. ¿Con quién se supone que se debe confirmar si una noticia es cierta, cuando la fuente es la “noticia” en sí misma?
Por lo demás, desde su alta torre, Cerruti debería saber que la protección de las fuentes periodísticas tiene estatura constitucional en el país y el mero hecho de haber insinuado poner a Cecilia en el brete de decir quién era la persona del Departamento de Estado que había hablado con La Nación, supone una ignorancia de los palotes de la profesión del tamaño de un continente. También, ignorar que la Ley Fundamental protege las fuentes periodísticas siendo, como es ahora, funcionaria de un gobierno, supone una gaffe que no está a la altura de la lumbrera que ella misma cree que es.
Jorge Liotti, el periodista que consiguió la información que se transformó en primera plana del diario La Nación, es un periodista serio, un caballero, un hombre formado en las mejores tradiciones del periodismo. Dista mucho, en ese sentido, del aldeanismo de Cerruti. Tiene acceso a fuentes de alto nivel en la administración de los EEUU porque, desde su trabajo, cultivó siempre la relación política de ese país con la Argentina. Suponer que alguien de la trayectoria de Liotti tenga que escuchar las gansadas de una imberbe desubicada como Cerruti sería como admitir que los disvalores se han impuesto definitivamente en la Argentina.
Aquí hay una sola realidad: los Estados Unidos han tenido la deferencia de sentirse ofendidos. Quizás otros ni siquiera nos hubieran prestado atención, frente a tanta pequeñez e insignificancia.
Es más, dados los enormes complejos de inferioridad que la Argentina tiene respecto de ese país (que por supuesto, de última, seguirá haciendo la suya y nos dejará a nosotros colgados de una palmera, como por otra parte nos merecemos) no sería extraño que el impresentable presidente que el país se dio el lujo de elegir, hubiera hecho lo que hizo a propósito para provocar la molestia: bueno, muy bien, la provocaron ¿Están contentos con eso? ¿Están satisfechos con que EEUU se haya sentido molesto por las declaraciones del presidente? ¿Creen ahora que el mismísimo Biden vendrá de rodillas a pedirnos qué necesitamos pero que por favor no nos vayamos con los rusos y los chinos? Olvídense.
Lo que hay en EEUU es pena, decepción. Pena porque un país que recibió vacunas donadas cuando su jueguito geopolítico con la Sputnik estaba poniendo en peligro la salud de su población no lo reconozca; pena porque un presidente que mendigó un apoyo decisivo para un entendimiento con el FMI los insulte y los desconozca.
Pero la pena es un sentimiento que define al que la provocó, no a quien la padece. Es la misma pena que la sociedad sensata de la Argentina debería sentir por un país que decidió darse a sí mismo el gobierno que hoy tiene la Argentina: un gobierno cuya cara visible de los jueves no podía ser otra que la de un personaje menor como Gabriela Cerruti. Todo muy coherente.


Gracias por ser directo y didáctico. Una lástima que no tengas difusión en medios más masivos.
Aunque duelen, me encanta leer tus columnas. Un abrazo!
Lo curioso es que nadie le pregunte a Cerrutti si las barrabasadas que dice las está diciendo ella o Fernández. No olvidemos que se trata de un vocero presidencial. Si no fuera así, sólo sería la opinión de una ciudadana. En tal caso, no habría que dedicarle tanta atención.
Muestra en todo su «esplendor» la ignorancia que posee, la arrogancia y el resentimiento que expone y por sobre todas las cosas, la falta de seriedad y respeto por las instituciones republicanas, la libertad y la democracia.
Mas allá de que se nota que es una berreta, yo creo que Cerruti habla «para la gilada». Como el colectivo que los apoya repite, como loro, todas las máximas y respuestas que les bajan desde el partido, este no es sinó otro mas de esos adoctrinamientos K que, siempre de brazos abiertos y buena gana, gusta recibir ese grupejo de descerebrados. Los K siempre (siempre) tienen respuesta para cualquier planteo, ataque y hasta insulto que se les haga, aunque mas no sea «ah pero Macri». Y la manera eficaz que encontraron para adoctrinar a sus masas, es justamente a través de esbirros como Cerruti, que desde el púlpito adoptan una pose de pseudo-seguridad que al incauto votante K le dá lo que necesita: Argumentos para seguir creyendo en la sanata Kirchnerista. Pero a mi, como a muchos otros, no me engaña.
El último párrafo de la nota lo dice todo y define mis sentimientos, el profundo dolor de ver a nuestro país caer y caer sin límite y la profunda decepción de pertenecer a una sociedad mayoritaria que no me contiene. Es inconcebible lo que nuestra sociedad votó, chorros manifiestos, inescrupulosos, corruptos, sicopatas dañinos que tienen de rehenes a los ciudadanos ya sea acostumbrandolos a las dádivas y a la pobreza eterna, a las prebendas, a los negocios espurios y esgrimiendo falsas banderas que se les caen de un plumazo!!! Es realmente una profundisima pena!!!!
Cerruti vendría a ser la payasa Filomena en versión vocera guionada. Como bien describís en la nota, muy coherente con todo el elenco imbécil e impresentable. Aunque leo tus editoriales, lamento no tengas un espacio de difusión masivo. Saludos cordiales.