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Madame Cleopatra

Cada vez que habla, desbordan las groserías. Cada vez que abre la boca, las ignorancias se reproducen a la velocidad de la luz. 

Cada vez que aparece en público la imagen de la decencia y del prestigio se nublan. 

Cada vez que su figura sale del silencio, el ruido de la grasada truena como millones de estampidos sonoros que nos rompen los oídos a fuerza de insensateces, de mentiras y de expresiones de baja estofa. Un carrero tendría mejores modales que ella.

Cristina Fernández habló en esa sectaria reunión callejera que, con la excusa de la celebración de otro aniversario de la recuperación democrática, el peronismo le facturó -a los ya menguados bolsillos argentinos- con la forma de casi 200 millones de pesos en concepto de logística partidaria (que pagamos todos), de arreglos de los destrozos y de limpieza de la mugre que dejaron un conjunto incivilizado de parásitos que solo escucha un sonsonete que no hace otra cosa más que seguir horadándoles el poco cerebro que les queda.

Entre la burradas que dijo la vicepresidente anotamos la que tiene que ver con lo que no es otra cosa más que una fijación personal en su vida: los dólares.

Fernández dijo que “no es que a la Argentina le falten dólares: los dólares están fugados”.

La vicepresidente cree que los dólares que producen los argentinos con su trabajo lícito no son de los argentinos, sino que son “de la Argentina”, o, de lo que para ella es lo mismo, del Estado, o sea de ella.

Por lo tanto como los dólares no son de los argentinos individuales sino de la “Argentina colectiva”, el argentino individual que posiciona sus activos en dólares no es que está tomando una decisión que responde a lo que a ese argentino se le canta, sino que está “fugando” dólares que en realidad no son de él sino de la Argentina. 

Ese argentino debería pedirle permiso a Madame Cleopatra para dolatizar sus activos, cosa que, por otro lado, ningún argentino haría si el país no estuviera en manos de Madame Cleopatra y si la Argentina fuera un país ordenado, con una moneda sana con la que se pudiera ahorrar y en la que se pudiera confiar.

El solo hecho de poner en blanco sobre negro el razonamiento que subyace en el cerebro de esta demente sirve para dimensionar el nivel de divague que la invade.

Más aún viniendo estos pensamientos de alguien que sí “fugó” riqueza que le pertenecía a todos los argentinos, porque semejante fortuna fue el fruto de un verdadero latrocinio público consistente en una de las más asombrosas (y a la vez más burdas) maniobras de corrupción estatal que registre el mundo.

Piénsese que solo por las obras derivadas a Lázaro Báez (que luego transfería esos dineros a cuentas de los Kirchner) el matrimonio ex presidencial robó unos 46 mil millones de pesos que, a la cotización promedio del dólar de aquella época, es algo así como 9 mil doscientos millones de dólares. Solo por la obra pública concedida a Báez.

Esta es la “señora” que dice que el FMI debe ayudar a ubicar a los argentinos que “fugaron” dólares”.

El diputado López Murphy, en la comisión de presupuesto y hacienda, le sugirió al impresentable ministro Guzmán algún camino posible para comenzar esa tarea para cuya realización la vicepresidente requería los servicios gentiles del Fondo: preguntarle al testaferro mexicano del entonces secretario presidencial Daniel Muñoz (cuya extradición ha pedido recientemente el juez Ercolini) qué vericuetos off shore usó para llevarse del país los millones de dólares que terminaron en inmuebles en los EEUU, porque para eso sí que el “Imperio” sirve.

Las ignorancias cristinistas van dirigidas a una población de ignorantes más ignorantes que ella. 

La vicepresidente sabe que allí puede mentir y hacer de la demagogia un caldo denso y extendido porque quienes la escuchan fueron su mercado de zombies, fabricados en serie desde 2003. 

Esos termocéfalos no tienen nada que perder porque ya perdieron todo, empezando por su dignidad. 

Solo así se entiende que Fernández parta del supuesto de que la propiedad privada ganada con el sudor de la frente de los argentinos individuales, no sea en realidad de ellos sino del Estado, del cual ella se siente su encarnación.

A ver si lo entiende señora: primero, que si usted no hubiera transformado al país en una republiqueta bananera, nadie “pensaría en dólares” sino que todo el mundo se manejaría con la prestigiada moneda nacional; y, segundo, que aún en ese caso ideal, lo que se le canta el culo de hacer a cada argentino con el dinero que ganó honestamente, es una cuestión que no le incumbe a usted, ni al Estado, ni al Banco Central ni al país. ¿O usted cree que los argentinos trabajamos para usted, para el Estado, para el Banco Central o, incluso, para el país?

La respuesta a estos interrogantes debería ser -en un país libre y normal- un atronador “NOOOOO…”

Pero en el país que usted, su marido y el peronismo construyeron, es verdad que los argentinos son un conjunto de esclavos que deben solicitar permiso hasta para comer. 

En ese marco insano es posible que usted tenga las veleidades de creer que los dólares que producen esos argentinos le pertenecen a usted (al Estado, al Banco Central, al país) y que si esos argentinos tienen la peregrina idea de atesorarlos en realidad los están fugando de las manos de su verdadera propietaria, usted, Madame Cleopatra.

Hay un núcleo duro de argentinos zombies que efectivamente creen ese relato. Pero no es más que un cuarto del país, señora. Un disparate para los patrones de un país normal. Pero bastante poco para el nivel de destrucción que su familia llevó adelante.

De modo que no se envalentone, Madame, quizás la verdad la someta a un estado de sitio tal que su mejor salida sea la picadura de un áspid, para que la historia se repita, ya no como tragedia, sino como una más de sus farsas.

Por Carlos Mira
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3 thoughts on “Madame Cleopatra

  1. Anónimo

    Exelente texto, una tristísima realidad gestada de la cabeza de una mente enferma y con los comprados seguidores, todos tras el mismo vil fin, destruir un buen país, en el que ya nadie siente ganas de apostar inversión alguna en mérito de generar y o mantener el ingreso de mínima dignidad del trabajador con bandera celeste y blanca en su pecho.

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