Un problema cultural

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Casi 100 millones de pesos tirados a la basura. Es el costo que tendrá reconstruir la Plaza de los Dos Congresos y parte de las avenidas de Mayo y 9 de Julio, luego de que la violencia organizada de ayer y del jueves pasado las dejaran reducidas a escombros.

Glorietas históricas de más de 100 años de antigüedad, monumentos con referencias simbólicas a las provincias que formaron la Unión, bancos, veredas, esculturas de artistas como Auguste Rodin, en fin, todo un patrimonio público que, justamente había terminado de ponerse en valor hace menos de dos meses, quedó destruido por forajidos, por delincuentes, que buscaban recrear artificialmente las condiciones de un golpe de Estado al estilo de diciembre de 2001.

Las instituciones de la República, empezando por la Justicia, no deberían dejar esto así. Varias decenas de estos energúmenos están completamente identificados por las imágenes fotográficas y fílmicas de los medios que los han publicado poco menos que en primer plano. Todos ellos deben pagar de sus bolsillos el costo que tendrá para los ciudadanos de Buenos Aires recomponer lo que han roto con el único objetivo de conseguir un muerto, tal como lo reclamaba Lenin hace más de 100 años en su famoso decálogo revolucionario. Esas mismas personas deberían también pagar con su libertad los crímenes que cometieron.

Muchas agrupaciones políticas (que de agrupaciones políticas solo tienen la apariencia que les permite robar fondos del Estado bajo la forma de subsidios supuestamente destinados a financiar  actividades democráticas) deberían ser señaladas como lo que son: parapetos de activistas que no dudan en salir a la calle a romper todo porque es lo único que saben hacer, ni siquiera se les cruza por la cabeza la idea del trabajo y de la construcción de un futuro mejor.

Todas esas agrupaciones deberían recibir un débito en sus próximos subsidios políticos, un débito que prorratee entre todas ellas los inconmensurables destrozos que provocaron.

Ninguna discrepancia política con una determinada legislación puede justificar tanta barbarie. Y en ese sentido, muchos diputados deberían ser echados de sus bancas, cuando menos, por burros.

En efecto, más de uno de ellos, todos del FPV y de agrupaciones de izquierda, han sugerido repetidamente que la sesión del Congreso debía ser levantada por lo que estaba sucediendo “en la calle”. Se trataba, claramente, de un intento de reemplazar la forma representativa de gobierno, establecida en el artículo 1 de la Constitución, por la acción directa de la violencia. Sra Donda: esta ley se iba a ganar o perder en las bancas, no en la calle, como dijo usted; la calle es la representación misma de la contrainstitucionalidad. La Nación Argentina se gobierna por instituciones y por leyes que, diputados como usted, deben votar; no se gobierna por bombas molotov, por gomerazos con piedras obtenidas a fuerza de romper el patrimonio de todos y con morteros caseros. Usted, Donda, y otros, como los diputados Kirchner, Rossi, Larroque, De Pedro y otros tantos de la misma calaña, ofenden a las instituciones de la república y deberían dejar sus escaños porque desconocen el funcionamiento de la Constitución que juraron. Todos ustedes juraron en falso; no creen en este sistema, creen en la violencia y en la acción directa. Pues si no creen, no levanten la mano para decir que van a defender un sistema que denuestan.

Ustedes, todos ustedes, son una vergüenza para la sociedad. Ustedes actuaron coordinadamente con los delincuentes de la calle para evitar el funcionamiento de las instituciones. De otro modo no se explican los pedidos de levantamiento de sesión y las más de 50 mociones de privilegio que presentaron basándose en los mismos disturbios que ustedes mandaron organizar. No trepidan en valerse de la demagogia diciendo que defienden a los jubilados para intentar lograr lo único que les importa: la impunidad de los suyos.

La presunta continuidad del mismo sistema que el kirchnerismo comenzó a amasar en 2008 cuando estatizó el sistema de AFJP conducía a una estafa inapelable e ingambeteable a los jubilados. Una estafa como las otras muchas que el Estado protagonizó sistemáticamente contra la población más débil del país. Bajo el formato de la mentira y de la demagogia el populismo disfrazó de “defensa” lo que en realidad era el peor de los ataques. Y más grave aún fue que gran parte de la sociedad se lo creyó. Demostrando una ignorancia profunda, una falta de cultura económica y hasta de sentido común, se comió el verso del maná perpetuo sin siquiera preguntarse cómo iba a ser posible sostenerlo en el tiempo.

La sociedad creyó que se podían jubilar millones de personas, que las edades para dejar de trabajar podían bajarse, que se podían aumentar las jubilaciones por invalidez y otras fiestas semejantes y que todo eso, por arte de magia, se iba a poder sostener porque “alguien” iba a pagarlo.

Se trató de una demostración de incultura, de despreocupación y hasta de desaprensión realmente llamativa: estamos, efectivamente, frente a una sociedad improvisada, adolescente, no preparada para una vida adulta y responsable.

Muchos argentinos creen que es efectivamente posible vivir sin trabajar o trabajando poco. Y la historia contemporánea del país les dio la razón. A lo mejor con aspiraciones modestas, pero eso sí, trabajando muy poco, se conformó un diseño social, una cultura, que, al mismo tiempo, combinaba la conformidad del pobrismo con la exigencia de “mínimos indispensables” que, de algún lado, supuestamente, debían salir porque así se lo habían prometido la decena de  demagogos que gobernaron este país en los últimos 80 años.

Resulta francamente lamentable caer en la conclusión de que tenemos, en promedio, esta sociedad inmadura y muy afecta a creer en la existencia de un maná que finalmente salvará a todos. Eso no existe. El país debe comenzar a entender que hay una conexión inesquivable entre lo que se hace y los resultados que se obtienen. Puede haber desviaciones mínimas derivadas de la suerte y de otros imponderables. Pero la regla general es que el resultado es la consecuencia de una causa. Y en este terreno, la abundancia es la consecuencia del trabajo. Todo aquel que se suba a una tribuna para convencer a la gente de lo contrario es un mentiroso.

Le va a costar mucho a la Argentina salir de esta cultura. Un picasesos imaginario ha estado en acción convenciendo a la gente de lo contrario durante las últimas 8 décadas. Ese deterioro moral no se termina en un día y es mucho más profundo que el estrago económico que de por sí ha provocado. Si las grandes mentes de la nación -entre las que incluyo a la Justicia, a la prensa, a la Academia y a los intelectuales- no rompen el paradigma de la demagogia y de lo políticamente correcto, el país no logrará conocer las bondades de la modernidad y seguirá debatiéndose en el parque jurásico en el que vive desde que el espíritu de la Constitución se reemplazó por el del atropello.