Un discurso descolgado de lo que pasa

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La presidente habló el jueves como si no comprendiera lo que ocurre a su alrededor. Empezó diciendo que la que pasó había sido una semana importante. Cuando todo el mundo creyó que se refería a las elecciones, aclaró que se había cumplido otro aniversario de la muerte de Néstor Kirchner. O vive en babia o lo hace a propósito. Solo es importante lo que le atañe a ella o a su apellido, lo que pasa en el país queda en un segundo plano.

Habló del “proyecto” como candidato para no nombrar (y no lo nombró ni una sola vez) a Daniel Scioli, sin advertir que si el sello del “proyecto” es el FpV, el electorado le acababa de dar un furibundo cachetazo.

Reclamó coherencia y deseó que el debate presidencial se hiciera con videos del pasado. ¿Videos del pasado?, ¿pero la presidente es consciente de aquello a lo que se expone? Es más, muchos estarían dispuestos a aceptarle rápidamente el desafío. La presidente parece haber perdido la memoria de su propia historia.

Ratificó su postura de vetar el 82% para los jubilados, casi al mismo tiempo que su candidato –el que ella no nombra- lo prometía.

Aislada del peronismo -que estaba en Tucumán en la increíble asunción de Manzur- la presidente reivindicó una supuesta coherencia de su gestión y apareció preocupada por una comparación histórica con el porcentaje de votos que ella obtuvo en 2011 (dijo “55%” en lugar de 54 como si el agregar puntos mentirosos de a poco y “sin que nadie se dé cuenta” convirtiera en verdadero un dato que contradice los hechos). Chiquitajes de adolescentes.

A su lado el único que reía era Kicillof, de quien también se duda si entiende algo de los que pasa, después de haber protagonizado uno de los papelones electorales del peronismo más resonantes de la historia reciente en la ciudad de Buenos Aires. Los demás, entre los que se encontraban sin pudor Aníbal Fernández y Boudou, no podían disimular su cara de velorio.

En un momento la presidente parece tener un rapto de hidalguía y felicita a María Eugenia Vidal. Pero solo era una apariencia: la felicitación fue un prólogo a una típica chicana al recordar que su marido fie electo intendente de Morón: “lo digo porque si no parece que los únicos que tenemos parientes somos los peronistas”, dijo con el típico tono que adopta cuando recurre a esas bajezas.

Nadie sabe si esa alusión al “peronismo” fue una ironía o una verdad. El cristinismo hace rato que está en guerra con el peronismo. Los gobernadores intimaron a Scioli para que se separe de la presidente, para que adopte un discurso que coincida con la historia del movimiento y que se muestre fuera del círculo del gobierno.

Se trata de otra agachada. Mientras reconvenían a Scioli en aquel sentido y se mostraban con Manzur a más de mil kilómetros de la Casa de Gobierno, en el Senado ninguno de ellos instruyó a sus senadores para que no aprobaran el presupuesto de Cristina y Kicillof. En las formas se hacen los guapos, pero en los hechos siguen levantando la mano.

¿Qué quiere realmente la presidente en este contexto?, ¿busca realmente un triunfo de su espacio aunque no nombre a su candidato o prefiere que gane Macri para intentar una incesante tarea de boicot?

Anuncia a viva voz que un triunfo de Cambiemos será fatal para la Argentina, el regreso a un pasado del cual, supuestamente, ella y su esposo rescataron al país, pero en el fondo uno parece percibir que no se sentiría tan incómoda en ese escenario: ella, inocente de todo lo que ocurra en un futuro que ella misma se encargó de condicionar.

El escenario de este capítulo de la despedida estuvo poblado por el mismo cotillón: jóvenes usados y pagados para gritar como marranos, adorando a un Totem elevado y distante que, en estos años, vio cambiar su status como ninguno de esos chicos lo cambió.

En cierto sentido uno que mira por televisión ese panorama, siente una profunda pena por todos ellos: por una presidente de un país inexistente, irreal y por un conjunto de vivadores que repiten eslóganes vacíos que ni ellos creerían si no estuvieran cumpliendo un rol remunerado.

La presidente, que evidentemente no tomó nota de lo que ocurrió el domingo, que no sabemos si considera importante lo que la ciudadanía decidió, siguió apostando por un país dividido, animado por la furia y el rencor. Ningún vector de los muchos que surgieron la noche del 25 le fue suficiente señal para indicarle que esa Argentina terminó, que pudo haber durado hasta ahora, pero que irremediablemente terminó.

Si la Sra de Kirchner guarda aun algo del sentido de las proporciones de aquí a unos años se verá ridícula en esos videos. Como quien mira sin poder creer la ropa que nos animábamos a usar en años pasados, se observará a sí misma preguntándose ¿cómo pude…? O tal vez, no, tal vez se mire y no se pregunte nada. Después de todo, ella nunca se equivoca.