Un cierre a toda orquesta

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Cuando Daniel Scioli se vea a sí mismo de aquí a unos años en su acto de cierre de campaña de ayer en La Matanza, seguramente experimentará esa sensación que todos alguna vez tuvimos cuando vemos una foto vieja con ropas pasadas de moda y, agarrándonos la cabeza, decíamos “’¿cómo pude yo ponerme esto?”

Lo de Scioli fue directamente lamentable. Ha caído tan bajo en su rodada que lanzó mentiras tales como que él es un “trabajador del pueblo” y que esta elección lo enfrenta a él –en esa condición- con un “creído de barrio Parque”. La verdad es que recién me entero de que los trabajadores del pueblo veranean en Cerdeña y tienen hobbies como correr en lancha. Debe tratarse de uno de los logros épicos de la década kirchnerista.

El gobernador saliente de Buenos Aires habló también de “los diablos”, en un divague místico antiguo, como si todas las señales que la sociedad envió en estos días no le hubieran servido para entender que la época del miedo, del misticismo y de las brujerías terminaron.

Resulta francamente llamativo ver como Scioli ha entrado en esa variante. No se sabe de dónde vienen esas estrategias, pero es muy probable que su origen se encuentre en la imposibilidad de explicar proyectos propios. Es lo que ocurre con quien no los tiene: esa orfandad los hace caer imperceptiblemente en la demonización de los demás.

Al no tener nada interesante de que hablar hacia el futuro, la etiqueta y el rótulo hacia el otro se convierten en un sustituto de discurso. Una vez en esa lógica es difícil detener los disparates.

Sin embargo, hasta ahora no había aparecido la referencia clasista. Probablemente porque ni Scioli se la cree. Decir sin pudor, adelante de todos, que él es “un trabajador del pueblo” resulta poco menos que un insulto y, a la vez, una pieza de retórica exótica para la Argentina.

¿Qué quiere insinuar Scioli? ¿Qué hay que ir contra los que son de Barrio Parque? ¿Acaso lo que propone es un perfil de país de medio pelo? Porque dejando las envidias de lado (y si es que quiso apelar a eso habría que tenerle lástima) todos quisiéramos un país “Barrio Parque”, en donde nadie sufriera privaciones, en donde el nivel de vida fuera superlativo, en donde todo el mundo viviera confortablemente y pudiendo acceder a los gustos de la buena vida. ¿O acaso él propone otra cosa?

La verdad es que uno nunca terminará de tener una idea de lo que la política es capaz de hacer con las personas. Nunca había imaginado ver a Scioli desaforado. Y, entre la noche del 25 de octubre y la de ayer, vivió desaforado. Tolstoi decía que “vivir en contradicción con la razón propia es el estado más intolerable”. Ver al gobernador saliente ayer, contrastado contra uno de sus propios spots publicitarios en donde se define como “moderado y pacífico”, daba cierta gracia.

Lo repito porque aun ahora, varias horas después, no lo puedo creer: su párrafo de “los diablos” fue desopilante. ¿Qué tiene eso de pacífico y moderado?

Además, si es que se refiere, como dijo, a las intenciones de Macri de volver a los organismos internacionales de crédito, él, ¿qué propone?, ¿seguir pidiéndole yuanes a China o reales a los brasileños?

Un mar de dólares baratos está a disposición en el mundo. Cancelar la deuda con el FMI, en aquella jugada efectista de Néstor Kirchner, nos costó carísimo. El Fondo cobraba 5% de interés por los 10 mil millones que le debíamos y el cambio de acreedor (a la Venezuela de Chávez) nos costó casi 9 puntos más de tasa con el agregado de las múltiples sospechas que se abrieron sobre dónde fueron a parar parte de esos rendimientos.

Scioli dice que la baratura del FMI luego se compensa por  los puestos de trabajo que hacen perder las políticas que el propio Fondo obliga a aplicar. La Argentina nunca cumplió un acuerdo con el Fondo y menos aún desde que Kirchner fue presidente. Jamás se siguieron las recomendaciones del FMI porque las aconsejara el FMI, sino, en todo caso, porque el partido de Scioli las llevaba como estandarte.

Negarse hoy en día a la formidable financiación que ofrece por ejemplo el Banco Mundial para obras de infraestructura (necesarias como el pan para la Argentina) no es ni de “creído de Barrio Parque” ni de “trabajador del pueblo”, es de estúpido.

Pretender engañar a la gente con el peor de los mecanismos –el azuzar la división y el odio de clases- es la mejor señal de que Scioli no ha entendido el cambio de los tiempos. Evidentemente sigue creyendo (o si no lo cree él personalmente estuvo dispuesto a hacerle caso a los asesores que le dijeron que el camino para ganar era ese) que la furia, la envidia, el rencor, la bronca y el resentimiento siguen dando dividendos políticos en la Argentina.

Ojalá que por él mismo y por el país todo, las urnas del domingo le den al gobernador una lección inolvidable: aquella que dice que un político primero debe saber discernir lo que está pasando a su alrededor; luego debe preguntarse si eso que ocurre coincide con sus convicciones y finalmente ser el protagonista de la hora si hay coincidencia o irse a su casa si hay contradicción.