Trump presidente

1478647677_279555_1478692897_noticia_fotograma

Mucha gente lloraba. Y lo hacía con tristeza. Mucha gente lloraba de emoción. Y lo hacia con la voz entrecortada por la emoción. La comunidad cubana en Miami estaba exultante por el triunfo de Donald Trump. Doscientos setenta y seis votos electorales contra doscientos dieciocho. Casi empatados en votos populares.

Hasta el cansancio dijimos en estas columnas que quien ganara Florida iba a ganar las elecciones. Y el voto latino eligió al nuevo ocupante de la Casa Blanca. En una paradoja sin precedentes, luego de que un candidato dijera cosas horribles de algunos latinos, fue esa comunidad la que lo hizo presidente.

Trump se refirió con dureza a los mexicanos. Luego la dinámica política extendió esas palabras a todos los latinos. Pero mucha gente sabía que en el fondo no era así. Mucha gente sabía que la comunidad cubana nunca se sintió aludida por esos dichos y al contrario, nunca había podido tragar lo el presidente Obama había hecho con los Castro. El 34% de los latinos de la Florida votaron por Trump. La coalición demográfica de Hillary, de votantes no-blancos más graduados universitarios no funcionó en la medida de los esperado, mientras que la de Trump (gente sin graduación universitaria más inmigrantes legales cansados de los ilegales) si funcionó a pleno. Lo que aquí llaman el “vote turnout” es decir la cantidad de gente que fue a votar superó todos los récords, y antes que nadie entre los latinos. No ocurrió con el bastión afroamericano demócrata que no fue a votar en la medida de lo esperado. Claramente Hillary no es Obama para ellos.

También hablamos de un “voto oculto”. Tanto había dicho el “personaje Donald” que mucha gente que se sentía identificada con él, no lo decía en las encuestas. Es como que tenía vergüenza de ser sincera. Y efectivamente ese voto oculto salió a la superficie.

Hubo mucho de referéndum sobre las políticas del presidente en esta elección. Ya antes de que se cerraran los comicios estaba dando vueltas un número raro: si bien el 54% de los americanos reconocía el legado del presidente, 48% de ellos quería un cambio hacia políticas más conservadoras en Washington; “conservadoras” en el sentido que aquí en los EEUU se le da a esas palabras, es decir, menos burocracia, más simpleza para los negocios, mas severidad contra el delito.

El presidente sabía que parte de sus reformas estaban en juego en esta elección y salió a jugarse la vida por Hillary. Y perdió. Un hecho de política exterior que extrañamente se parece a la Argentina –la relación con Irán- tampoco pasó desapercibida y Trump no perdió oportunidad para adelantar que tumbará los acuerdos que firmó el presidente que alivianan –a juicio de muchos, peligrosamente, los resguardos y verificaciones sobre la capacidad nuclear de ese país.

Los republicanos mantendrán el control del Senado y la Cámara de Representantes lo que les dará un poder enorme para desmantelar parte de la estructura jurídica y social que Obama montó en estos últimos ocho años. Empezando por el Obamacare. El sistema de salud que ideó el presidente, favorece a quienes no tienen absolutamente ningún resguardo, pero le encareció los presupuestos a quienes tienen trabajo, a la clase media y a los trabajadores formales que ven que parte de sus ingresos va para mantener a gente que podría trabajar y no lo hace.

Los EEUU en ese sentido no son un país sensiblero. Es, en muchos aspectos, descarnadamente cruel y sincero: “si podés trabajar, no lo haces y pretendes vivir de mí, eso no va a andar…”

Y aquí en la Florida eso es particularmente cierto. La comunidad inmigrante legal que ha llegado aquí hace muchos años y se ha roto el alma trabajando, tratando de asimilarse a la cultura ética del trabajo norteamericano no ve con buenos ojos a quien pretende importar las tradiciones poco inclinadas a la seriedad y al trabajo duro de muchos latinoamericanos.

Esa porción del electorado le dio el triunfo a un empresario, no político, que de alguna manera pintó una película en “rewind”, es decir, en volver a los patrones que hicieron grande este país: el trabajo duro, la severidad de la ley y la preeminencia de la meritocracia.

Tengo la impresión de que la figura institucional del “presidente” va a comerse al “personaje de campaña” y no al revés. Ahora que las cartas están descubiertas Trump, que no es tonto, ajustará su personalidad a la estatura de su función. No veremos a un payaso en Washington. Hay que olvidarse de eso. Veremos a alguien que no es de las entrañas de la burocracia y que seguramente tendrá maneras desacostumbradas de encarar muchos temas. Pero los extremos de la campaña me da la sensación de que terminaron ayer.

En su discurso, luego de que se conformó que era el presidente electo, llamó a la unidad. Puede ser un cliché. Pero también puede ser la anticipación de algo distinto. Mucha gente que apoyó la tendencia a la “socialización” que Obama encabezó desde hace ocho años, no ha salido de la pobreza, en una variante “latinoamericana” de que el gasto del Estado “hace como que” ayuda a los pobres pero en realidad no los saca nunca de su condición. Y eso quizás hayas sido advertido por una mayoría silenciosa.

Quizás Trump pueda demostrar que es de verdad un hombre exitoso y que ese éxito sirve para empujar hacia arriba a todos, quizás de manera desigual, pero sin demaggias y sin populismos.

Es la cuenta pendiente de un candidato que basó su campaña justamente en eso: en explotar al máximo algunas de las palabras que la gente quería escuchar. Ojalá su populismo haya sido una herramienta solo usada para ganar y no un programa de gobierno para ofrecerle a un país que confió en él para corregir lo que considera equivocado.