Novedades viejas

Resulta francamente increíble que recién hoy, a más de dos años y medio de la asunción de Mauricio Macri, alguno de los más sesudos comentaristas de la realidad argentina descubran -como si fuera una novedad- que lo que es imprescindible en materia económica es inviable desde el punto de vista político.

Nos hemos cansado de repetir aquí esa consigna dramática del país desde el primer minuto en que Macri asumió y también hemos insistido en la idea de que, para que lo que se necesita hacer en materia económica -esto es, bajar el costo laboral y bajar los impuestos- sea posible, el gobierno debió haber empezado por explicar los serios condicionamientos que recibió del saqueo (palabra que reemplaza aquí el término “administración”) de los Kirchner.

Todos los que siguen estas columnas saben de nuestro asombro cuando vimos empezar a pasar los días de aquel fin de año de 2015 sin recibir un inventario completo de lo que se había recibido. Sin dudas, si el gobierno pretendía llevar adelante una reforma profunda de las estructuras argentinas era obvio que iba a necesitar de un apoyo mucho más amplio que su propia base de sustentación electoral. Y para eso era necesario demostrar de dónde veníamos y los cambios que se precisaban para dar vuelta el sentido de nuestro rumbo.

Ese apoyo de la gente común contra los intereses enquistados tanto en los feudos provinciales (contrarios a las reformas impositivas) como en los sindicatos (contrarios a las reformas laborales) solo era posible de ser conseguido de dos únicas maneras: con un acuerdo amplio con la dirigencia política razonable (que el gobierno rechazó) o con la convocatoria a una amplia franja transversal de la sociedad (mucho más amplia que los votos que obtuvo Macri) que finalmente entendiera la matriz de nuestro atraso y las razones de nuestro estancamiento.

Para llevar adelante esa convocatoria se precisaba una explicación a fondo de los problemas que el país enfrentaba y la explicitación clara de un programa económico de transformaciones que tuviera metas finales y metas intermedias.

Por el camino de negarse a informar el estado de cosas en que recibió el país en diciembre de 2015, el gobierno fulminó el primer elemento indispensable de esta segunda manera de conseguir los objetivos.

Al desaprovechar el momento más poderoso de su mandato (su inauguración) el presidente Macri tiró por la borda lo que hubiera sido el inicio de la compatibilización entre lo económicamente imprescindible y lo políticamente tolerable, porque la explicación sustentada en datos duros de la realidad económica del país iba a tornar políticamente posible la toma de algunas decisiones que, sin esa explicación, fueron, luego, cada vez más difíciles, hasta ser hoy poco menos que imposibles.

La convocatoria de la ciudadanía sana a una explicación clara de cómo el orden jurídico laboral vigente en el país estaba atentando contra la propia clase trabajadora le hubiera permitido al gobierno enfrentar a los sindicatos en el momento de mayor poder político del presidente.

A su vez otra explicación concluyente sobre el desvarío impositivo argentino (producto de la necesidad de financiar un gasto inviable) le hubiera demostrado a la gente que con este nivel de erogaciones era imposible no caer en impuestos abusivos, emisión descontrolada (ambas inductoras de una inflación galopante) o en la acumulación de deuda con mercados voluntarios o institucionales  externos.

Este otro ejercicio de la docencia le habría permitido al presidente enfrentar la voracidad provincial con otro respaldo de la ciudadanía que habría entendido que con los impuestos asfixiantes que establece el sistema tributario nacional para poder pagar los gastos que por otro lado el propio país exige, la Argentina no tenía destino productivo y por ende sería incapaz de mejorar el standard de vida medio de la sociedad.

Los dos consejos fueron rechazados desde una incomprensible soberbia. Como si se creyeran dueños de la verdad y de una sabiduría impar sobre las nuevas maneras de comunicar, el núcleo íntimo del presidente creyó que podría manejar las mismas antiguas estructuras pero haciéndoles producir resultados opuestos a los que hasta ese momento había cosechado.

Particular punto de vista éste, que fuera calificado por el mismísimo Einstein hace ya muchísimas décadas como lisa y literal locura: “loco es el que pretende obtener resultados diferentes de seguir haciendo siempre lo mismo”.

Habiendo despilfarrado el enorme tesoro del tiempo -durante el que podría haber convocado la voluntad de los individuos sanos para enfrentar a la corporación de gobernadores y a la corporación sindical- el gobierno se dirigió solito a esta disyuntiva en la que lo que necesita hacer imperiosamente desde el punto de vista económico no lo puede hacer porque es políticamente inviable frente a las corporaciones que amenazan con romper todo e incendiar todo (como más de una vez lo intentaron ya).

Fue un crimen no haberse valido de ese instante mágico de diciembre de 2015. Fue un crimen no ir a la gente con la verdad y con la propuesta de un cambio copernicano en nuestro orden jurídico laboral y tributario. Fue un crimen no explicar que el financiamiento del Estado no es mágico sino que solo puede provenir genuinamente de impuestos razonables, y que para tener impuestos razonables (que son los únicos que la gente quiere pagar) es preciso tener un gasto también razonable porque una cara de la medalla es la contracara de la otra.

Ese es el cambio cultural del cual hoy todo el mundo habla. Lo venimos proponiendo en los medios en los que nos desempeñamos desde hace por lo menos 30 años. Ahora, hasta el lema del Coloquio de IDEA en Mar del Plata es “Cambio Cultural: soy yo y es ahora”. Tarde, muchachos. Cuando lo proponíamos, muchos se nos reían en la cara. Ahora resulta que es la panacea. ¡Y también descubren que el cambio cultural es un cambio que debe completar cada individuo por sí mismo! ¡Ay, muchachos supuestamente formados y que saben más que nosotros: qué ignorantes que son!

Alguien alguna vez dijo que tener razón a destiempo es más o menos lo mismo que estar equivocado. Nunca escuché una frase más cínica que esa, pero tampoco nunca otra que explique tan bien algunos de los sentimientos que tengo hoy.