Macri está solo en esto

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El presidente Macri enfrenta un primer conflicto en su administración que debe resolverse cuanto antes. El nombramiento de los jueces Rosatti y Reosenkrantz para llenar las vacantes que en la Corte dejaron Fayt y Zaffaroni ha suscitado toda suerte de críticas, incluso entre gente cercana a su coalición de gobierno.

Ese conflicto debe ser suturado ya. El presidente que convocó al “arte del acuerdo” no puede poner en riesgo un momento crucial de su administración cual es el de comenzar a transitar el camino de desarmar lo que probablemente haya sido el proyecto de atraso, pobreza, sumisión y miseria más pernicioso que la Argentina haya conocido desde su constitución como nación.

El presidente cuenta a su favor con un elemento no menor: los candidatos elegidos han merecido la aprobación, el respeto y la consideración de todos los sectores: el foro, la academia, los políticos, la prensa y las fuerzas vivas de la sociedad.

Semejante acierto no puede quedar ni preso ni empañado por un error en las formas, que se magnifique con un error en la táctica de corrección.

El país viene de doce años de una costumbre maligna como es la de doblar la apuesta ante las críticas. Ese ha sido el método autoritario, mandón y prepotente de los Kirchner.

El presidente Macri no puede rifar en tan pocas horas las muestras de respeto, afecto y apertura que él mismo les brindó a los opositores, a los gobernadores, a los sindicatos, a los empresarios, por lo que es un error remediable.

La sociedad, por su lado, ni siquiera debería tener que bancarse a los señores de La Cámpora proponiendo una marcha por la “defensa de las instituciones y la independencia de los poderes” en lo que debe ser tomado como lo que es: una especie de paroxismo del chiste. Y mucho menos, por supuesto, a la Sra Gils Carbo diciendo que, frente a cosas como ésta, su permanencia en el cargo está más justificada que nunca, cuando fue ella la capitana de un proyecto de compamiento de la Justicia inédito e inescrupuloso.

Macri no ha elegido, como era la característica de su antecesora, a dos amigos, a dos amanuenses, a dos cómplices de entuertos para ocupar los cargos del más alto tribunal. Ha elegido a dos personas excelentes en sus materias, que son por otro lado lo que la Corte necesita: constitucionalistas y filósofos del Derecho. A dos personas que ni siquiera conoce. Uno de los cuales, Rosatti, ha sido ministro de justicia de Nestor Kirchner cargo al que renunció para no quedar pegado a hechos a los hechos de corrupción que oportunamente denunció.

Empañar estos nombramientos por una “patinada” en el método de elección es una picardía imperdonable. Poner en riesgo el clima de diálogo con sus colegas políticos, con opositores, con gobernadores a los que va a necesitar como el pan para atravesar el campo minado que ladinamente le dejó su antecesora, es otro crimen que no puede darse el lujo de cometer.

Desgraciadamente en la dinámica de la política argentina no hay grandeza, de modo que el presidente no puede esperar una mano tendida que lo ayude a salir del error. Él debe salir por sí mismo. Nadie se pondrá a su lado aquí. Al contrario, debería actuar rápidamente para que ninguno de sus amigos cercanos comience a alejársele.

Por lo tanto, hay un solo camino que tomar y es el que él mismo anunció en muchos de los mensajes que dio desde que asumió y aun antes, en plena campaña: admitir el error y reiniciar.

El presidente debería citar a una conferencia de prensa en Casa de Gobierno, invitar a todo el mundo, incluidos sus opositores políticos, explicar cuáles fueron sus intenciones al firmar el decreto, cuál es la necesidad de que la Corte esté integrada y no siga operando con tres miembros y confesar que, en la seguridad de que estaba avalado por las disposiciones constitucionales que conocemos, hizo los nombramientos pensando en lo mejor para el país.

Pero que ha tomado nota de la reacción de gran parte de la sociedad y que eso lo llevó a reflexionar por lo cual ha decidido transformar los nombramientos en “nominaciones” y que desde ahora convocará a un dialogo personal con todos los sectores en el marco del decreto 222 firmado por Kirchner para que la sociedad analice los antecedentes de Rosatti y Rosenkrentz. Que no va a llamar a sesiones extraordinarias porque eso debe hacerse para el Congreso completo y no tiene sentido tener a los Diputados convocados cuando el gobierno no tiene planes de enviar allí por ahora proyectos de leyes y que por lo tanto se tomarán estos dos meses hasta el comienzo de las sesiones ordinarias para que todo el mundo pueda opinar sobre los jueces elegidos.

Y que una vez que todo ese preámbulo culmine confía en que los senadores darán su apoyo a estas dos figuras prominentes del Derecho.

Seguramente podrá utilizar la reunión para remarcar que Rosatti ha sido conjuez de la Corte, aprobado por unanimidad por el Senado de 2002 y que Rosenkrantz es un académico como los que hay pocos en el país y que tomará parte de su tiempo personal para conversar con cada senador para convencerlos sobre lo bueno que sería para la Corte contar con sus servicios.

En total, el acto, incluidas las preguntas subsiguientes de los periodistas, no debería durar más de una hora.

Sería un acto de grandeza verdadero. Lo que siempre se creyó en la Argentina como una manifestación de debilidad sería, en cambio un envión enorme de fortaleza: “estoy tan seguro de que me anima la buena fe que no tengo problemas en reconocer mis errores delante de todos y tratar de enmendarlos convocándolos a todos”. Muchos de los que hablaron deberían reconocer el gesto y allanarse a reconocer los méritos de quienes fueron elegidos para hacer justicia en el más alto escalón de la pirámide judicial.

Los que dieron el espectáculo que dieron durante doce años quedarían como lo que son y lo que fueron siempre: una manga de desaforados solo movidos por el interés de su poder. Y un trazo de enorme diferencia quedaría marcado para siempre en la política argentina entre el “arte del acuerdo” y el “arte del atropello”.