Las rigideces Argentinas

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Muchos dicen que ni el Fondo se va animar a pedirle a Macri que haga una reforma laboral a la “brasileña”.
Dicen que entienden que la sociedad argentina tiene unas rigideces que no son fáciles de eludir.
Es verdad. La descripción no podría ser más exacta. Es estrictamente cierto que la sociedad no tolera semejantes cambios: ni siquiera quiere oír hablar de ellos. No está dispuesta a hacerlo y punto.
La cuestión es que alguien debería avisarnos que, por supuesto, nadie puede obligarnos a hacer lo que no queremos, pero que tenemos que hacernos cargo de las consecuencias que no ello acarrea.
Esa desvinculación mental entre lo que decidimos hacer (o lo que nos negamos a hacer) y los efectos que esas decisiones colectivas acarrean ha sido una especie de karma para la Argentina.
En efecto, desde hace mucho tiempo ya, la sociedad experimentó una metamorfosis extraña por la cual empezó a desconocer las consecuencias de sus actos o de sus omisiones.
Muchos gobiernos contribuyeron a la consolidación de ese fenómeno y muchos de ellos no solo no hicieron nada por evitarlo sino que, viendo esa anomalía social, la profundizaron para explotarla en su propio beneficio.
La sociedad argentina pasó a ser una especie de inocente absoluto y perpetuo que jamás tenía nada que ver con lo que pasaba; siempre los culpables eran los demás.
A tal punto se enquistó en el ánimo colectivo esta convicción que aún en cuestiones propias los argentinos aplicaron la misma fórmula.
Así, por ejemplo, todo el mundo se queja de la educación, pero la mayoría de los padres se muestra satisfecho con la performance de los colegios de sus hijos y desde ya con el desempeño de éstos: el problema son los demás, no ellos.
Lo cierto es que las consecuencias de los actos u omisiones propias no son eludibles. Pueden disimularse por un tiempo, pero inexorablemente la realidad se impone y los precios se pagan.
En los últimos setenta años los gobiernos acostumbraron a los argentinos a vivir más allá de sus posibilidades, incluyendo en ello la noción de que lo se se hace en la vida tiene poco que ver con el confort y con el nivel de vida que se alcance en ella.
Más bien se trasmitió la idea subliminal de que el secreto consistía en encontrar una forma hábil para obtener de los intercambios más de lo que se entregaba.
Una vez más -como la realidad es inexorable y se niega a entregar escenarios que ella no convalida- ese resultado esperado por muchos argentinos no se verificó.
En ese momento crucial, en lugar de tomar conciencia de que, en efecto esos retorcimientos de la realidad no funcionan, los argentinos se las ingeniaron para armar organizaciones de fuerza que comenzaron a reclamarle la diferencia entre lo que creían merecer y lo que efectivamente tenían, al Estado.
Fueron los gobiernos peronistas los que le dieron sin asco a ese inflador maligno. Hoy son millones los argentinos que creen que es efectivamente posible vivir por encima de las posibilidades siempre que el Estado ponga la diferencia.
Para asegurarse de que lo haga se han asegurado, con el correr de los años, un determinado tipo de orden jurídico que pretende lograr por la ley lo que les es negado por la naturaleza.
Es obvio, a esta altura, que han olvidado por completo el simple hecho de que la naturaleza es invencible. La ley podrá contrariarla un tiempo (no gratis, desde ya) pero finalmente toda esa arquitectura se viene abajo como un castillo de naipes.
Ayer Fernando Laborda hacía notar con razón cómo las ingentes cantidades de inmigrantes venezolanos (a razón de 363 por día) que huyen del hambre, de la enfermedad y de la dictadura de Maduro, consiguen trabajo prácticamente de modo inmediato mientras que los piqueteros argentinos hace 15 años que- teóricamente- lo reclaman.
¿Será que lo reclaman o lo que en realidad exigen es un “ingreso” y no un “trabajo “? Porque si así fuera muchos de ellos efectivamente ya lo consiguieron a través de la chorrera de planes que el Estado paga.
Sin embargo, no conformes con eso, siguen quejándose, volviendo en gran medida loca a la gente con sus cortes de calles, sus bloqueos y sus ollas populares.
Quizás seria interesante que esa gente les pregunte a los inmigrantes venezolanos cómo hicieron para conseguir trabajo tan rápido. Es posible que, cuando escuchen la respuesta, también entiendan por qué no lo consiguen ellos, si es que fuera verdad que lo buscan.
La Argentina está en todo su derecho soberano de darse sus propias leyes y a negarse a adoptar las sugerencias, los ejemplos o los modelos de otros. Lo que no podrá hacer es exigir tener los mismos resultados que los que hacen las cosas de otro modo.
Los modos van de la mano con los efectos. No es posible que “A” tenga los modos “Z” y consiga con ellos los resultados “Y” y que “B” tenga los modos “W” (contrarios totalmente a los modos “Z”) y consiga con ellos los mismos resultados “Y”. Eso simplemente no es posible. No va a suceder.
El empecinamiento argentino en demostrar lo contrario explica en gran medida la decadencia nacional.
Por supuesto, nadie sabe cuáles serán las condiciones finales del FMI, pero en el terreno laboral no es esa institución la que debería marcar la cancha.
Es el propio gobierno el que debiera tomar la bandera del cambio y la transformación y sin abandonar una explicación constante y contundente proponer las modificaciones que el orden jurídico laboral requiere para que los argentinos consigan trabajo a la misma velocidad que los inmigrantes venezolanos.
Se me dirá entonces: ¿los venezolanos están todos en la informalidad? ¿Aceptan condiciones de esclavitud con tal de trabajar? Respuesta negativa a ambas preguntas.
Lo que ocurre es que están mejor educados, SON más educados y -dentro de la escasísima flexibilidad que tiene la legislación argentina- están dispuestos a aceptar condiciones más elásticas de empleo.
Es decir, sin buscar ejemplos foráneos, la propia realidad argentina estaría demostrando cuál es el camino de la solución.
El ejercicio de la fuerza bruta podrá satisfacer las inclinaciones bravuconas de algunos dirigentes. Pero eso no mejorará las condiciones de vida de la gente. Y la entupida convicción de ésta de que machacando con la fuerza podrá conseguir lo que otros obtienen por no pelearse con la naturaleza, tampoco ayudará a que el trabajo y la abundancia afloren.