La restauración de Gelbard



Todo el mundo puede equivocarse. Y los países también. Pero el hombre en teoría es el único animal dotado de la característica que paradójicamente podría evitarle caer en las dificultades en las que justamente no caen el resto de los animales que no tienen esa característica.

En efecto: ningún animal tropieza con la misma piedra dos veces. Sin embargo, el hombre, dotado de raciocinio, que, en principio, debería jugar aún más a su favor, lo hace permanentemente.

Por obvias razones a este flagelo también están expuestos los países. Es más podría decirse que una medida para diferenciarlos en su éxito o en su fracaso consiste, justamente, en ver cuántas veces un país se ha tropezado con la misma piedra y a pesar de eso sigue insistiendo.

Sería una variante de lo que Einstein definió como locura, es decir, seguir haciendo mlo mismo pero esperar resultados diferentes.

Algo de eso puede preverse en el caso que Cristina Fernández ganara las elecciones. El solo hecho de elegir semejante flagelo, una vez que se comprobó el sospechado e inconmensurable robo que ella y su marido perpetraron contra la Argentina y su pueblo, sería de por sí un acto de locura, una especie de sacrificio en el altar del resentimiento.

Pero ahora que la “señora” abrió algo la boca (porque es cuando la mantiene cerrada cuando asciende en las encuestas) para presentar su libro, aquella locura se multiplica por varios miles.

En la Feria del Libro anticipó que su modelo económico de referencia es el que José Ber Gelbard impuso al país cuando era ministro de economía de Héctor Cámpora, en 1973.

El “genio” de Gelbard planteó un acuerdo del tipo fascista-corporativo entre las centrales obreras y las cámaras empresarias con Perón como árbitro, firmando el «Acta de Compromiso Nacional para la Reconstrucción, Liberación Nacional y Justicia Social», un pomposo plan trienal que suponía un control de precios y salarios. Los precios quedarían congelados y solo se permitiría su aumento mediante un complicado sistema de autorizaciones cuando se comprobaran aumento de los costos. En ese caso se aumentarían los salarios.

La concepción reglamentarista según la cual se cree que un macho alfa puede poner en un decreto los precios y los salarios de toda la economía y luego controlarlos con mano de hierro desde un escritorio a fuerza de amenazadas, multas y clausuras, es una idea tan absurda que ni siquiera merecería perder el tiempo en explicarla pero como la “doctora” -que todo lo sabe- ha dicho que esa es su Meca económica para la Argentina, merecería perder unos segundo en ver cómo terminó todo aquello.

Poco menos que inmediatamente los productos comenzaron a desaparecer del abastecimiento. Los pedidos de aumentos se generalizaron, las amenazas aumentaron, la CGT exigía por aumentos en los salarios. Como el plan no había contemplado –como si no existieran- los costados fiscal y monetario el déficit y la expansión de la base monetaria tuvieron un impacto desmesurado en los precios que el pomposo “acuerdo” ya no era capaz de mantener.

El gobierno seguía ampliando la base de empleados de la Administración Pública financiando los desequilibrios con una emisión galopante lo cual golpeaba fuertemente los precios hacia arriba dado que la productividad estaba estancada y la producción de bienes y servicios no crecía.

Luego de la muerte de Perón y en medio de un feroz desabastecimiento Gelbard tuvo que dejar el gobierno y darle paso a Alfredo Gómez Morales que no tuvo más remedio que flexibilizar el llamado “acuerdo”.

En febrero de 1975 el peso se devaluó un 50% pasando el financiero de 10 a 15 pesos por dólar y el comercial de 5 a 10. Era el preámbulo a la llegada al ministerio de economía de Celestino Rodrigo, apadrinado por José López Rega.

Rodrigo implementó un severísimo programa de ajuste devaluando nuevamente la moneda de $ 15 a $ 30 en el merca do financiero y de $ 10 a $ 26 en el comercial. Para reducir el déficit se elevaron las tarifas de los servicios públicos y de los combustibles en casi 190%.

En materia laboral, los sindicatos presionaron por ajustes que terminaron rondando un 170% de aumentos. Los precios subieron en julio un 35% y la Argentina entró en una nueva y más difícil etapa con una experiencia de hiperinflación. A partir de entonces arrancó una espiral que continuó hasta 1989 en los tres dígitos. Había comenzado una década y media de caída del producto, lo que sería la larga declinación de los años 1974 a 1989.

Parece mentira que la Argentina pueda caer de nuevo en ese infantilismo y que alguien que parece hablar desde las alturas de un púlpito proponga volver a estos delirios. Es claro, todo se entendería mejor si termináramos por entender quiénes son los delirantes.

Pero, una vez más, si luego de más de 40 años de fracasos y de experimentos -que terminaron en verdaderos desastres- parte de la sociedad mira obnubilada a una candidata (que debería estar presa si las cosas fueran normales en el país) proponer semejantes desatinos, quizás lo correcto debería ser preguntarnos dónde ha quedado nuestro raciocinio y si no sería mejor perderlo por completo y guiarnos por el bendito instinto de los animales