La hora de la otra mitad

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La reunión del presidente electo Mauricio Macri con Cristina Kirchner resultó un fiasco. El líder de Cambiemos dijo: “no valió la pena”. No hubo avance en cómo será la transición y no se delineó ningún programa para que los equipos entrantes se pongan en contacto con los salientes. Es, sin lugar a dudas, la última contribución del kirchnerismo a la democracia argentina: Cristina Kirchner deja la presidencia siendo lo que siempre fue, alguien a quien la República nunca le interesó. Siempre fueron, ella, su ego y los “suyos” el patrimonio de sus preocupaciones. Las instituciones de la Argentina nunca le importaron, en tanto no pudieran ser utilizadas en su propio beneficio.

El acto de la fluidez nacional que se materializa, naturalmente cuando un gobierno termina y otro empieza, integra ese arco de cuestiones que para ella tienen poco peso, que suponen más un estorbo que un acto de unción institucional.

La suerte futura de los argentinos, que en mucha medida depende de que esta transición sea lo más ordenada posible, tampoco le interesa. Los argentinos son –y siempre lo han sido- solo un término de su ecuación personal, un factor utilizable como carne de cañón, una pieza más en su rompecabezas de poder absoluto. Pero el destino del país, como valor trascendente, no está dentro de las prioridades personales de la Sra. de Kirchner.

En las presentes circunsatancias uno no puede evitar sentir cierta lástima por la Argentina y también por la propia presidente, que termina su mandato sola, con una imagen de un poder muy pobre que ni siquiera le permite mostarse en público como en los grandes países civilizados, junto al presidente electo. 

Ha decidio hacer de este momento de la Argentina, un momento difícil. Da cierta vergüenza verla tan pequeña, tan indigna, tal mal educada. Pero a lo mejor era ilusorio imaginarla de otra manera. La emoción y el optimismo muchas veces tienen el costado, digamos, negativo, de hacernos ilusionar con que veremos cosas que, sin embargo, nunca sucederan

Lo de la Sra de Kirchner de ayer da una muestra del poco poder que tiene: solo alguien con un complejo muy profundo de baja estima produce el espectáculo que produjo ella en la residencia presidencial. Aun en la agonía ha decidido apostar a la división y al odio. Todos deberíamos sentir pena por un ser que abriga esos sentimientos. Pero la pena se acerca mucho al oprobio cuando esa persona es la presidente que decía serlo, en cada una de sus interminables cadenas nacionales, “de los 40 millones de argentinos”. Su acto postrero confirma lo que fue siempre: una facciosa presidente de una secta.

El lunes, el día inmediato posterior a la elección perdida sí había mantenido una larga reunión con la fórmula derrotada en donde se diseñó un programa de “resistencia”, un programa que incluye la eventual radicalización callejera. Será otro de los mensajes que la sociedad deberá computar para tomar real conciencia del amperímetro democrático del kirchnerismo. Porque de eso se tratará parte del tiempo que viene.

Durante doce años la mitad del país –para utilizar el mismo vocabulario que desde la elección busca imponer el actual gobierno- viene dando muestras de su inquebrantable fe en la democracia. Esa mitad del país ha aguantado todo: el atropello, el ninguneo, el insulto, la bajeza, el rótulo, la calumnia, la mentira, la injuria, el copamiento de la Justicia, el ataque a la palabra independiente, la violación de la Constitución, la confiscación de bienes, la puesta en peligro de los ahorros, la inflación, la inseguridad, la verborragia vacía, la división, el resentimiento, la acidez, las indirectas, el uso de los recursos del Estado como si fueran propios, la confusión entre el Estado y la persona de los dos presidentes Kirchner, el miedo a la represalia, la represalia, el poder del Estado volcado al ataque personal, las cadenas nacionales, la restricción de derechos, el desbalance del poder, la muerte inexplicable de los que investigaban al poder, el grito, la prepotencia, las “gastadas”, la belicosidad artificial, el despilfarro inmenso de recursos millonarios, la burla de las instituciones, las etiquetas, los carpetazos, el espionaje, las groserías, la soberbia, la egolatría, la autoreferencia permanente, en fin, un abanico de barbaridades que en cualquier otra circunstancia hubieran llenado la paciencia de cualquiera.

Esa “mitad del país” aguantó estoicamente todo ese tsunami. Lo hizo en el altar de la democracia, incluso un una democracia menoscabada solo limitada a reconocer el acto electoral. Respetó escrupulosamente la voluntad de la mayoría, aun cuando la mayoría basureó a la minoría y la acusó de ser la enemiga de la Patria.

La fe democrática de esa gente, entre las que me incluyo, está fuera de toda discusión. No se sabe cuántos pueblos hubieran aguantado pacíficamente lo que esa “mitad del país” soportó.

Ahora llegó la hora de que la otra mitad del país de muestras de la fe democrática con la que se llenó la boca todos estos años. Ahora esa mitad del país está a prueba. La voluntad popular ha hablado. No hay diferencias que valgan. Kirchner, quien asumió la presidencia con el 22% de los votos, fue el autor de frases célebres que ahora hacen llamar a silencio a quienes fueron sus seguidores: “las elecciones se ganan por un voto” y “si esto no les gusta, hagan un partido político, ganen las elecciones y después hagan lo que quieran”.

Está claro que el nuevo gobierno no va a “hacer lo que quiere” en los términos en que los Kirchner entendieron ese concepto, porque esa época de malas formaciones institucionales acabó el domingo.

Pero eso no exime a quienes ahora pasen a la oposición de tener el mismo estoicismo democrático que tuvieron aquellos a quienes ellos bastardearon durante todos estos años. La Argentina será un verdadero teatro de observación viendo qué hacen, cómo se comportan, qué grandeza tienen, qué valor le dan a la voluntad popular cuando la voluntad popular no coincide con la de ellos.

La porción de la sociedad que no comulgó nunca con el kirchnerismo ha dado, repetimos, una muestra de ciega fe democrática y de un respeto sacrosanto a lo que una mayoría electoral circunstancial decidió en su momento.

Ahora habrá que ver si la otra parte de la sociedad y de la dirigencia que la representa hacen gala del mismo respeto. Ahora es su turno. La Historia será un testigo de su conducta y también el juez de sus acciones.