Es la propiedad, estúpidos


La publicación del “libro” de Fernández -cuyo principal hallazgo es el título, porque luego, por el lado de las dotes literarias de la jefa de la banda, el material no hace otra cosa que confirmar su escaso vuelo intelectual- han desatado una reacción en cadena de las usinas “ideológicas” del totalitarismo comuno-peronista que encontró en el odio kirchnerista una llave ideal para transportar su plan de sojuzgamiento de la sociedad argentina.

Estas ideas siempre han sido minoritarias en el país y siempre se han encontrado con una firme resistencia de la sociedad a ser sodomizada por el castrocomunismo.

Por lo tanto, desde los tiempos del “entrismo” de los ’60, intentó distintas estrategias para montar su objetivo totalitario en un envase que pudiera transportarlo; que tuviera el caudal electoral del que ellos carecen.

La izquierda o “tendencia” peronista de los ’70 fue una de las versiones que estos grupos adoptaron para su plan de tomar el poder. Por los acontecimientos conocidos por todos, fracasaron en el intento, aun cuando estuvieron muy cerca.

Ahora vienen por lo mismo pero usando otros métodos. Si bien su vocabulario sigue siendo el de la lucha armada (Fernández dice en el libro que entregar la banda presidencial hubiera sido un acto de “rendición”) saben que esa metodología perdió su aura romántica y bohemia y todo el mundo la considera una pesadilla. Entonces han trasvestido los fusiles y los uniformes de fajina en movimientos políticos que participan de elecciones en las que piensan tomar el poder camuflándose en el ropaje de los partidos que pueden darle los votos.

Pero envalentonados por el odio kirchnerista no han podido evitar producir algunos actos de desenmascaramiento sincericida que los muestran tal como son y que ponen en blanco sobre negro lo que se proponen.

En ese sentido, en un reciente reportaje, el “intelectual” comunista disfrazado de “peronista de izquierda/kirchnerista”, Mempo Giardenelli, coincidió con lo que antes había dicho la propia Fernández en otro de sus borbotones de furia y rencor.

Giardinelli dijo que lo que se proponen una vez instalados en el gobierno es cambiar la Constitución. Y dijo: “quiero subrayar esto: no hablamos de una reforma de la Constitución actual, sino de una Constitución nueva de origen popular”.

En el mismo sentido se había expresado poco antes la jefa de la banda de delincuentes que gobernó el país entre 2003 y 2015, diciendo que el cambio de Constitución “no debía limitarse a la segunda parte del texto, a su parte operacional, sino a un conjunto de reglas de juego nuevas”.

Giardinelli adelantó que la nueva Constitución eliminaría el poder judicial para reemplazarlo por lo que él llamó “un servicio de justicia”. Resulta obvio que lo que pretenden es eliminar los controles que afectan el dominio absoluto sobre la sociedad.

La referencia de Fernández a que el cambio de Constitución no debía limitarse a la parte operacional del texto, tiene directa alusión a lo que se hizo en 1994, en donde se modificó, efectivamente, parte de la organización del gobierno (introduciendo la figura del Ministro Coordinador, del Consejo de la Magistratura y otras galladuras inoperantes que no hicieron otra cosa más que empiojar el funcionamiento de las instituciones) pero se dejó intacto el capítulo de las Declaraciones, Derechos y Garantías de la Constitución en donde ella define ontológicamente el país que quiere.

Es esa parte, precisamente, la que no toleran. Es esa parte la que tienen atravesada como una daga en la garganta. Es esa parte la que quieren demoler porque es allí donde se define que la Argentina es un país libre regido por derechos inalienables que las personas tienen por el solo hecho de nacer.

Entre esos derechos está el de propiedad privada. Ese es el corazón a por el cual van. Digamos esto con todas las letras: el comunokircherismo peronista va por la abolición de los derechos y garantías de la Constitución, por el desconocimiento de la propiedad privada y por la instalación de una dictadura estatal de castas privilegiadas que se apropie de la riqueza ajena en beneficio personal.

Van por un cambio de orden jurídico profundo (más incluso del que el peronismo introdujo en 1946 con las consecuencias que están a la vista de todos) que torne legal el robo de propiedad, con el nombre de expropiación.

No hay que perder de vista que todos estos personajes son delincuentes a los que no les gusta trabajar productivamente y que toda la vida han estado pensando un diseño legal que les permita robar sin que los llamen ladrones. El comunismo les ha entregado esa arquitectura. El comunismo es, en efecto, un sistema legal que tiñe de legítimo el robo y el arrebato de propiedad ajena bajo la figura revolucionaria de que esa propiedad se le quita a su dueño para ser “entregada” al “pueblo”, al que ellos consideran el dueño verdadero.

Marx en el manifiesto comunista lo decía claramente: se debía ir a “arrancarle” la propiedad a la burguesía. A por eso vienen.

Quieren instalar una dictadura del proletariado, sin recursos judiciales (porque según Giardinelli ya no habrá “poder judicial”) sin derechos, con una casta que encarne al “pueblo” (es decir, ellos) y con un conjunto de esclavos que supuestamente trabajarán forzadamente para cumplir las metas de la planificación económica centralizada.

Todo más viejo que la puerta y todo más fracasado que el propio experimento soviético de la URSS.

Es entendible que muchos digan “no, imposible… eso no puede ocurrir en la Argentina”. Muchos decían lo mismo de Venezuela. Es más muchos lo decían de la propia Cuba, cuando Fidel parecía un demócrata que venía a instalar la verdadera libertad. Así acabaron ellos.

Ahora el castrocmunismo necesita otro país al cual parasitar y el odio kirchnerista y particularmente el que regurgita personalmente Fernández, le vienen como anillo al dedo.

Los argentinos estamos ante una elección crucial. Ninguna medida de seguridad debe descartarse ante esta amenaza. Esto va en serio. No es broma. Vienen por un trabajo que no terminaron. Que intentaron por las armas y que fracasaron. Que intentaron con modales subidos de tono pero que les alcanzaron para sus propósitos y que ahora desembozadamente intentarán conseguir.

Las futuras elecciones serán cruciales para saber si los argentinos, además de constituir un fracaso mundial inexplicable, somos también un conjunto de idiotas útiles pocas veces visto en el horizonte mundial. Unos idiotas que, nublados por una furia, un rencor y un resentimiento que no se sabe muy bien de dónde nacen, se echan una cadena al cuello a sí mismos para caminar como esclavos el resto de sus días.