El derecho laboral como tutela

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Obviamente el día de ayer estuvo signado e influido por la firma del pacto fiscal entre la nación y las provincias, el que ahora tomará forma de un proyecto de ley que llegará al Congreso ingresando por el Senado.

Pero a mí me gustaría detenerme en otro acuerdo logrado por el gobierno, que no tuvo como protagonistas a las provincias sino a los sindicatos.

En efecto, el día anterior y en un clima mucho menos pomposo,  se anunció un acuerdo alcanzado entre el gobierno y la CGT por el cual se enviaría al Congreso un proyecto conocido con el nombre de reforma laboral.

Naturalmente son muchos los que saben que por este punto nodal pasa,  justamente, gran parte del problema argentino. Es el tipo de legislación laboral que se aplica en el país la responsable de que luego la Argentina tenga determinadas performances económicas, de productividad, de inflación y hasta de concepciones de vida. Porque, efectivamente, los problemas que acucian a las sociedades y a los países son más o menos parecidos en todo el mundo, lo que difieren son las filosofías y las posturas actitudinales que se tienen frente a ellos.

Y en efecto, quizás sea en el tipo de legislación laboral que un país adopta en donde mejor se vea cuál es esa filosofía, esa actitud, esa manera de entender la vida.

Muchos dicen que el acuerdo de la CGT con el gobierno, de repente se aceleró y se pudo alcanzar rápidamente porque el gobierno renunció a su postura original de modificar la ley de contrato de trabajo en el sentido de quitarle algo del contenido “tutelar” que tiene. Se entiende por “derecho tutelar” aquel tipo de legislación que, como su nombre lo indica, mantiene bajo “tutela” a cierta franja de la población por la vía de rodearla de una serie de protecciones que el resto del Derecho no le reconoce a otras.

La palabra “tutela” aquí es muy reveladora porque, naturalmente, deriva de la palabra “tutor”.

¿Y quiénes tienen un “tutor”? Tutores tienen los niños, los discapacitados, las personas que no pueden valerse por sus propios medios, los desvalidos.

Al emplear ese término para calificar el tipo de sesgo que debe tener toda una rama de la legislación (en este caso la laboral) estamos dando a entender que los sujetos amparados por ella son para nosotros niños, discapacitados, personas que no pueden valerse por sí mismas o desvalidos. Y eso hace a una filosofía de vida, a una concepción minusválida que embarca al país todo en una manera pusilánime de entender la existencia y enfrentar los obstáculos de la vida.

La frase final del himno norteamericano dice “la tierra de los libres y el hogar de los valientes” enviando un mensaje al mundo en el sentido de que allí habita un pueblo bravo que no se amilana ante las adversidades y que le presenta batalla a la dificultad, sin ampararse en privilegios de la legislación.

El sindicalismo argentino había hecho del mantenimiento del carácter “tutelar” del derecho laboral una especie de “pasa/no pasa” respecto de la reforma: si el gobierno decidía avanzar en cambiar ese sentido, no solo no iba a haber acuerdo, sino que iba a arder Troya.

Se trata de una postura que pone a los trabajadores no en el lugar de los “libres y valientes” sino en el lugar de los niños y de los desvalidos. Por supuesto que detrás de la postura de las organizaciones sindicales no hay filosofía sino negocios: en la medida en que los trabajadores sean seres humanos más independientes de ellos, ellos serán más innecesarios y muchos de sus curros acabarían.

Por supuesto que esto no significa que los trabajadores no puedan negociar desde una posición fuerte: en la “tierra de los libres y en el hogar de los valientes” también hay negociaciones colectivas de trabajo (collective bargaining ) en donde se ponen sobre la mesa los derechos de todas las partes. Pero una cosa es eso y otra es someter a todo un país a una postura de “relajación” que adormece los músculos y borra la fibra y el temperamento que se necesitan para avanzar y enfrentar los problemas.

Y es esta la concepción de vida que el derecho laboral le ha trasmitido a toda la Argentina: que la sociedad es como un niño minusválido a la que hay que rodear de algodones porque de lo contrario sucumbirá.

Los países que tienen estas concepciones son países débiles, miedosos, que siempre esperan que alguien venga a solucionarle los problemas y que carecen del temperamento necesario para saltar las dificultades y vencerlas.

En la tierra de los libres y en el hogar de los valientes no hay tutelas. Pero ese “desamparo” termina siendo tremendamente motivante para los individuos que parecen convertirse en un poderoso motor con la capacidad de alejarlos de las privaciones y de la pobreza. La multiplicación de esos motores por millones produce ese tipo de países en donde no hay tutelas porque, finalmente, no son necesarias.

La mejor manera de prevenirse contra los males que la tutela pretende proteger es desembarazarse de la tutela. La ausencia de tutela genera un estado de alerta y creatividad que dirige a las sociedades hacia el desarrollo y el bienestar. La tutela, por el contrario, pretende entregar un bienestar envasado que, al relajar los músculos sociales y hacer perder el sentido de la innovación y de la supervivencia, termina generando, paradójicamente, pobreza, dependencia y miseria.

Es una verdadera pena que el gobierno no haya aprovechado la oportunidad de liderar un proceso de docencia en donde estas diferencias fueran explicadas a todos para que todos tengamos en claro los diferentes perfiles de país que vamos a conseguir según sea que vayamos por un camino o por otro.

Lamentablemente para mostrar un acuerdo rápido el gobierno no se manifestó lo suficientemente firme para producir un cambio revolucionario en la filosofía argentina; en la actitud nacional frente a la vida.

Los “derechos tutelares” producen “tutelados” y los tutelados nunca están llamados a ser libres y valientes sino más bien seres humanos opacos a quienes se lleva de las narices adonde los tutores quieran.

En este momento que quizás sea el de mayor potencia política del gobierno en general y del presidente en particular hubiera esperado algo más de firmeza en un punto crucial que hace a saber a qué tipo de futuro nos dirigimos.


  • Pocho

    Abiertamente te manifestás en contra del principio rector del derecho laboral, que es el protectorio. Vos hubieses esperado más firmeza. Y bueno, no siempre se tiene lo que se quiere. Yo espero hace muchos años que no haya hijos de puta como vos en los medios, y, por ahora, y más todavía en los últimos dos años, tengo que seguir esperando.