Aruba: una joya con forma de isla

Crédito: Shutterstock
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Aruba es una pequeña isla del Caribe sur a tan solo 30 km de las costas venezolanas y absolutamente bendecida por la naturaleza. Su clima la mantiene en una especie de verano permanente, pero aliviado por los vientos alisios que constantemente la proveen de una brisa fresca que no solo le entrega un clima agradable, sino que la protege de los huracanes: Aruba jamás sufrió uno desde que se llevan registros.

Con mil peculiaridades, desde su idioma –el papiamento, mezcla de español, inglés, holandés y portugués- hasta su status político –era, hasta no hace muchos años, una colonia directa de Holanda, siendo hoy un país independiente pero dentro del Commonwealth de los Países Bajos- Aruba lleva orgullosa su propio slogan “una isla feliz”. “Bombini” es la palabra que todo arubano tiene a flor de labios; quiere decir “bienvenidos”.

La isla es un enclave europeo en medio de la frondosa naturaleza caribeña. Los precios de los artículos en los comercios están en florines arubanos y en dólares norteamericanos. La moneda estadounidense circula sin restricciones como si fuera local. En los supermercados uno se siente un poco en Europa por el origen de los productos y por la idea no tan mecanizada del orden norteamericano.

Dice la historia que la palabra “Aruba” deriva de “hubo oro”, cuando los navegantes de estas aguas turquesas, sedientos de riquezas, llegaron hasta allí con la idea de hacerse millonarios con el metal precioso. De alguna manera entre aquellos piratas buscadores de fortuna, había corrido el rumor de que en esa isla pequeña y remota, había oro. Pero, o todo fue un cuento de principio a fin, o los que llegaron lo hicieron tarde: no encontraron nada. Los españoles la declararon una tierra inútil y la abandonaron, hasta que la corona holandesa la reclamó para sus dominios junto a Bonaire y Curacao.

Toda aquella riqueza material inexistente fue reemplazada con creces por la belleza de la naturaleza. Quiero que me acompañen a un recorrido por lo mejor de Aruba. Son muchos los que han transformado a esta isla en su lugar repetido de vacaciones anuales. Y lo hacen con razón porque pese a la pequeña superficie siempre hay algo excitante para hacer.

Estoy en el complejo Divi Village Beach Resort que incluye una cancha de golf propia y un frente a la espectacular playa Divi Beach. Muchas cosas aquí llevan el nombre “Divi”. Se trata del árbol nacional y el que, estoy seguro, muchos reconocen como familiar por su silueta completamente torcida respecto del eje de su tronco. Es el resultado del trabajo incesante de años y años de alisios, soplando en la misma dirección: los “divis” se han resignado y se han acomodado a la voluntad del viento.

En Aruba es muy conveniente tener un vehículo y si es 4 x 4 mejor. Así que el primer día alquilé un Jeep muy económico en Amigo Rent a Car. Hoy quiero explorar un poco la costa oeste de la isla hasta el faro California, una especie de hito del lugar.

Todo el frente costero, saliendo del Divi Beach hacia la derecha, es una seguidilla de resorts que dan frente al mar. Paso por Manchebo Beach en mi camino hacia la que será la primera parada del día: Eagle Beach.

El color del agua es absolutamente indescriptible y el cielo claro parece confirmar lo ya me habían dicho antes de llegar: en Aruba nunca llueve.

Eagle es una playa amplia de arenas entre doradas y blancas, precedidas por un bosque de manglares. Dejo el Jeep a la sombra de los árboles y en un minuto ya estoy en plena playa. Las sombrillas de paja se cuentan por docenas, miles de adoradores del sol leen, juegan al vóley, escuchan música o disfrutan en el agua. El mar es tranquilo y calmo; no hay grandes olas. Camino un poco hacia el norte y la playa asciende un poco. Sobre el mar se levantan formaciones rocosas contra las que la fuerza del agua es un poco más notoria.

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Aruba es una mezcla muy extraña, de contrastes naturales muy extremos que combinan el vergel del oeste y el norte con la roca de aspecto casi lunar en el este.

La gente es amable y enseguida entra en conversación. Hay norteamericanos, holandeses, alemanes, canadienses, venezolanos, colombianos, argentinos, españoles. Los empleados de los hoteles y en general de la industria de los servicios y la hospitalidad son muy dispuestos y están siempre de buen humor.

Almuerzo en el bar del resort La Cabana. Bullicio, música, gente que juega frente a la enorme piscina.

 

Un lugar espectacular siguiendo hacia el norte, en pleno Palm Beach, en la zona de los grandes hoteles de cadena, es el Aruba Watersports Center. Se trata de un negocio atendido por sus propios dueños en donde se pueden alquilar jet skis, jet levs, elementos para hacer buceo, snorkel o tomar un tour de navegación de más o menos dos horas para ver lo mejor de la isla.

Después de andar una media hora en una moto de agua poderosa, quiero experimentar esto del “jet lev”. Esta nueva diversión acuática consiste en elevarse de las aguas enfundado en una especie de chaleco de cuyos costados salen dos impresionantes chorros de agua. El equipo está unido a una lancha por un tubo que suministra el agua al jet lev para que este la comprima y la convierta en una fuerza que te expulsa del agua. ¡La cuestión es mantenerse arriba! Me caigo un par de veces hasta que le tomo la mano. Es absolutamente genial y muy divertido.

Terminados estos deportes extremos me subo a un catamarán bastante grande, con una atención extraordinaria de su capitán Héctor y tripulante Andrew  que se esmeran en dar la mejor atención y hacer agradable el viaje. Buceamos  sobre un barco hundido de la II Guerra Mundial y luego en un arrecife en Boca Catalina. Hay vistas maravillosas de la isla y sus playas.

Me despido de Héctor y Andrew y camino un poco por este pequeño pueblito de Palm Beach. Hay de todo para el turista, desde chucherías y recuerdos hasta grandes marcas. Se nota que es la playa de los grandes hoteles. La gastronomía está a la orden del día, hay gustos para todos, de cualquier lugar del mundo. Sobre el final hay un shopping enorme, el Paseo Herencia Mall.

Mi próxima parada es el Faro California. Blanco, de piedra, plantado sobre un promontorio y libre hacia el océano, el faro es un “must” de la isla. Está muy cerca de Arashi Beach en el extremo noroeste de Aruba. Su nombre se debe al que llevaba la embarcación a vapor que se hundió frente a estas costas el 23 de septiembre de 1891. Tiene 30 metros de alto y se abrió en 1916.

El atardecer aquí es indescriptible, los colores celeste y turquesa que dominaban el día dan paso a los ocres y habanos. El horizonte es casi naranja y el faro cobra más imponencia en ese contexto.

Me esperan para cenar en la Trattotia El Faro Blanco, un lugar fantástico con unas vistas que compiten palmo a palmo con la exquisita comida.

Al día siguiente parto hacia Baby Beach, saliendo del Divi a la izquierda, rumbo a San Nicolás.  La playa está en Seroe Colorado, en el extremo sureste de la isla. Esta área fue una vez conocida como “La Colonia”, porque los ejecutivos de la refinería Lago (ubicada en la isla) y sus familias vivían en una comunidad cerrada durante la segunda mitad del siglo.

Baby Beach es una media luna de arena en una laguna que cuenta con un puesto para tomar algo y cabañas. Sus aguas son poco profundas y uno  puede adentrarse en una distancia larga y todavía tocar el fondo del mar. Aquí se puede practicar snorkel para contemplar un colorido caleidoscopio formado por corales y peces tropicales, pero hay que tener cuidado con las corrientes porque son fuertes en esa zona. Bordeando la playa hacia el norte esta Rodgers Beach, una estrecha franja de polvo blanco donde los pescadores anclan sus barcos para quedar protegidos por las tranquilas aguas de la bahía.

Mi siguiente destino es el Arikok National Park, ubicado sobra la costa este de la isla. El parque es un reservorio de naturaleza salvaje. Hay guías que hacen un recorrido explicativo sobre algunas zonas específicas de la reserva porque, en sí, el área es enorme. Hay especies protegidas de pájaros y de flora típica de la isla y es exuberante por donde se lo mire.

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Uno de sus límites es el océano Atlántico: aquí sí que no hay dulzura en las aguas. El mar es bravo y con fuertes corrientes, pero su aspecto azul lleno de espuma blanca, es espectacular.

Boca Prins es una playa escondida que representa el ejemplo perfecto del paisaje del extremo norte de la isla. Las dunas blancas contrastan con las orillas rocosas haciendo de este lugar un punto muy atrayente para conocer. Aunque los carteles advierten a los visitantes a esta zona el peligro de entrar al agua debido a las fuertes corrientes, uno puede refrescarse en el Restaurante Boca Prins mientras disfruta de la hermosa vista y la deliciosa brisa que entra por todas partes.

De vuelta en el centro de Oranjestad, la capital, estoy en “The West Deck” en la Bahía del Gobernador en la playa de Oranjestad. El restaurante funciona sobre una plataforma de madera sobre la playa, justo al lado del agua. Todas las mesas tienen una espectacular vista al mar, y de  los aviones que aterrizan en el aeropuerto. Me cuentan que durante la temporada de cruceros, la gente toma las sillas en primera fila para observar a los barcos zarpar. The West Deck tiene una amplia plataforma sobre unas aguas tranquilas, serenas y llena de los sabores y sonidos del Caribe. El ambiente es casual y divertido, perfecto para tomarse un trago o disfrutar de una relajada comida a la hora del almuerzo o de la cena.

Mi último día en Aruba lo dedico al Puente Natural ubicado en la costa este de la isla. Llegar es toda una cuestión. El algunos lugares el Jeep facilita mucho las cosas porque hay que trepar empinados y agrestes caminos.

¿Cómo puede un territorio tan pequeño encerrar dos paisajes tan disímiles? Es que donde estoy ahora es  una zona rústica, tan escarpada que en algunos lugares no se divisa más que pura piedra. El agua del mar golpea con dureza esa roca imperturbable y el sonido del agua me acompaña todo el tiempo. En algunos lugares se van formando bahías que parecen calmar tanta violencia. La arena es blanca como la cal. Hay cuevas en donde las temperaturas bajan veinte grados y vados que el Jeep pasa sin problemas.

Finalmente, después de mucho andar y de ver paisajes extraordinarios, voy llegando. Hay una amplia playa para dejar los autos y una estación de refrescos, la Thirst Aid Station. El resto parece Escocia: roca, mar bravo y una estepa de verdes ralos.

El sendero de escalones conduce a la maravilla que la naturaleza aun respeta: el Puente Natural y la Piscina Natural. El primero es pequeño comparado con el que hace años el mar terminó de horadar hasta que se rompió en mil pedazos. Pero aun así es magnífico. El agua entra por debajo de la roca que une dos promontorios y golpea fuerte contra la pared de piedra que la espera por detrás. La gente camina por el puente y dispara cientos de fotos, con cámaras y teléfonos.

Miles de turistas hacen torrecitas con las piedras, pidiendo deseos de felicidad: todo el lugar es una colección de esas pequeñas plegarias calcáreas.

Solo gracias al Jeep puedo atravesar la isla de Este a Oeste por un camino que apenas es un sendero de piedras y que sale hacia el Oriente a la altura de Andiduri Beach, algo al sur del Natural Bridge y casi en la entrada norte del Arikok National Park.

El camino me deposita en el Mar Caribe, en Renaissance Beach, casi al lado del Divi. ¡Qué gran invento el GPS!

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Me esperan a cenar en Simply  Fish Seafood, uno de los restaurantes del Marriott, considerado uno de los lugares de comida que no pueden dejar de visitarse en Aruba. Las mesas están sobre la misma arena. La noche es serena y el mero al vapor está espectacular. Una buena sobremesa para la despedida de esta isla mágica que me recibió cuatro días y me invitó para siempre.