A 46 años de Rucci

En estos días, la ciudad apareció empapelada con carteles que recordaban el 46 aniversario del asesinato José Ignacio Rucci, el que era el Secretario General de la CGT al momento de su muerte.

Un grupo comando de Montoneros lo mató en la puerta de su casa, cuando estaba por subir a su auto con una ráfaga de ametralladoras que le dejaron 23 impactos de bala en el cuerpo.

Fue una operación como las que uno ve en las películas de la mafia de Chicago en los años ’20. También era un mensaje a Perón: le acaban de matar al más peronista de los peronistas de la época.

La lucha entre la “patria peronista” y la “patria socialista” (que había comenzado hacia bastante tiempo atrás y que venía de producir, el mismo día en que Perón regresaba a la Argentina –el 20 de junio de 1973-, una masacre intestina de la cual ni hoy se sabe bien la cifra de muertos) continuaba sin dar tregua, esta vez, matando a la vista de todo el mundo a quien había pasado a la historia por ir a buscar a Perón a Madrid en 1972 y cubrirlo con su paraguas en la pista de Ezeiza.

Ezeiza era el mismo lugar al que Perón debía llegar aquel 20 de junio, pero cuando se les avisó a las autoridades de la nave los gravísimos hechos que estaban ocurriendo en plena autopista Ricchieri, a escasos, kilómetros del aeropuerto, el General fue desviado a Morón.

Tres meses después ocurría lo de Rucci. Perón, que los había incubado para su propia conveniencia durante su exilio, endosando todos sus procederes, incluyendo el asesinato del General Aramburu, jamás los perdonó. Su reacción fue inmediata: le dio orden a López Rega de organizar grupos comandos paraestatales para enfrentar y aniquilar a los asesinos. Nacía la triple A.

Horacio González propuso hace unos días -lo comentábamos aquí el lunes- reescribir la historia para valorizar positivamente todo aquello. Y su pensamiento representa el ala kirchnerista del Frente de Todos, que reúne en su seno a los fanáticos de la patria socialista y a los peronistas.

El kirchnerismo se convirtió en la sucesión natural de los que mataron a Rucci. La propia Cristina Fernández, cuando la consultaron, siendo presidente, para que disponga de fondos para la construcción de un monumento a Perón “dijo que no iba a poner un mango para homenajear a ese viejo de mierda”. Fernández confesó haber votado a Jorge Abelardo Ramos en 1973, que era el jefe comunista de la época y, en lo que podría describirse como una anticipación de las boletas “colectoras”, había arreglado que sus votos se redirigieran a la fórmula de Perón-Perón.

Todo este caldo se está recreando. Vencidos en el terreno de las armas, los terroristas de los ’70 se reconvirtieron de trotskistas (partidarios de la violencia armada para tomar el poder) a gramscianos (partidarios de copar las usinas de generación cultural de la sociedad para desde allí acceder a las poltronas del Estado). El kirchnerismo fue el cauce “peronista” que encontraron para una nueva forma de “entrismo” (la táctica comunista de infiltración al peronismo de los ’60 en la que cayó inocentemente el mismísimo Perón)

El peronismo venía de perder, con la excepción de 2011, venía de perder 4 elecciones (2009, 2013,2015 y 2017) al presentarse dividido. Para sacar a Macri del gobierno se unieron. Fernández se bajó de la candidatura presidencial y produjo el gambito con el otro Fernández avalado por los gobernadores.

Pero la lucha intestina continúa. ¿O acaso Schiaretti se va a bancar al Instituto Patria? ¡Claro que no!

¿Cómo van a ajustarse esas cuentas, entonces? El peronismo tiene una larga tradición de resolver sus disputas internas a los tiros. Desde cuestiones chicas, como cuando trasladaron los restos de Perón a San Vicente y trasmitieron sus balaceras en vivo por televisión, hasta las entrañas del poder como fue en los ’70.

La sociedad debería tener en cuenta estos “detalles” también. El precio de la “unidad” peronista lo va a pagar ella. Puede ser, incluso, con muertos. Ellos están dispuestos a recrear esa realidad. Por eso asoman personajes como González. ¿Está dispuesto el resto?

Tomar de rehén al país es algo que el peronismo lleva en su ADN. Es parte de su prepotencia, de creer que ser argentino es ser peronista, de no poder concebir la idea de un argentino no-peronista. El argentino, para ellos debe ser peronista.

La morfología de la sociedad los ha ayudado a que siguieran creyendo eso, pero que no se engañen: por más peronistas que parezcan los no-peronistas, hay muchos que no están dispuestos a sufrir un nivel de violencia como el que González quiere reivindicar.

Es un ingrediente más que se juega el 27 de octubre. Como si faltaran condimentos, la sombra de los ’70, está de nuevo entre nosotros.