El presidente que vive rectificándose

Si bien ahora se desdijo, Nora Cortiñas, la integrante de Madres de Plaza de Mayo, atacó fuertemente al presidente porque éste había sugerido “dar vuelta la página” en materia del relacionamiento de la sociedad con las fuerzas armadas en un acto en donde Fernández despedía a un contingente de militares que se integraban a las fuerzas de paz en Chipre. Cortiñas dijo que Fernández era un “negacionista”.

El presidente dijo allí que todos los integrantes de las FFAA de hoy habían sido formados en la democracia y que ya no quedaba vestigio alguno de los militares que participaron en la dictadura.

Sin embrago ese hecho incontrastable fue desdeñado por Cortiñas que pretende seguir avivando el fuego del rencor, del resentimiento y del odio hacia las instituciones que detentan la defensa nacional.

Con ser grave ese comportamiento antisocial de un ser del que no podría esperarse otra cosa, más grave aún resultó la reacción del presidente.

Como un pollo mojado salió, por cuanto medio pudo, a pedir disculpas y a explicar lo que había querido decir. Eso -lo que había querido decir- estuvo muy claro desde el comienzo y no necesitaba ninguna profundización como para que cualquier persona de buen criterio, de buen corazón y de buena leche, pudiera entenderlo.

Solo un alma llena de odio y de furia luego de más de cuarenta años de los hechos trágicos que vivió la Argentina, puede seguir revolviendo esa basura contra personas nuevas que llevan el uniforme de la Nación al mundo como una prenda de paz y unión.

La retractación de Fernández demuestra -por si fuera necesario- los condicionamientos que toda acción de moderación que pretenda encabezar el presidente tiene. Este no es el único ejemplo.

Ya ocurrió cuando el presidente dio señales de querer entablar una negociación amigable con los acreedores y Cristina Fernández, desde Cuba, salió a cruzarlo reclamando una quita sustancial y utilizando una terminología belicosa contra el FMI.

Ocurrió también cuando el presidente fue arrinconado por el tema de los “presos políticos” y participó de un video infame de la secretaría de derechos humanos que encabeza el camporista Horacio Pietragalla Corti, asimilando desde la terminología y desde lo subliminal de las imágenes al gobierno de Cambiemos con la dictadura (las apariciones del presidente Macri y de sus ministros eran en blanco y negro, con tomas de edificios asimilables a la ESMA también en blanco y negro).

Se trata de una verdadera vergüenza. De un condicionamiento al presidente y de un constante marcado de la cancha para que Fernández se adecue a las consignas del kirchnerismo.

En ese sentido hizo muy mal el jefe del poder ejecutivo en no pararse de manos frente al odio y a la división. Es obvio que su espontaneidad lo llevó a decir lo que dijo en el acto de despedida del contingente hacia Chipre. Seguramente pensaba en el futuro y en el innegable hecho de que ninguno de los hombre uniformados de hoy tiene nada que ver con los que encarnaron la dictadura.

Pero reculo. Lo hicieron recular. Lo pusieron en su lugar. Y el aceptó. Con ese criterio el presidente debería aceptar que el odio argentino no tiene remedio, que el país (o las fuerzas políticas que lo pusieron en el lugar que ocupa) nunca permitirán que en la Argentina reine la paz y la concordia.

Países que han pasado por atrocidades muchísimo más graves que las nuestras como Alemania con el nazismo y España con el franquismo han decidido “dar vuelta la página”.

Países enteros divididos por el odio como Alemania y Francia son hoy los principales motores de la Unión comercial más grande del mundo.

Aún recuerdo aquel final fantástico de “Solos en la Madrugada” en donde el periodista que encarnaba José Sacristán pedía “no vivir presos los próximos 40 años de lo que había ocurrido en los últimos 40 años”.

Pero aquí Cortiñas es la fiel representante de una recalcitrante franja de rencor inacabable que torna imposible la vida en sociedad. Porque, en efecto, mientras esos sentimientos de furia ancestral sigan subiendo y bajando por la tráquea argentina con su forma de verde liquido bilioso, el país no tendrá paz y por lo tanto será pobre; porque no hay riqueza sin paz.

Quizás sea eso lo que verdaderamente se proponen: el odio y la pobreza. Han tergiversado los hechos, falseado la realidad, moldeado la educación; han distorsionado los números, han copado las mentes de inocentes con mentiras y, fundamentalmente, con odio y rencor. Todo eso tuvo la contrapartida espuria del dinero. Algunos han salvado para siempre su futuro económico con “indemnizaciones” millonarias que la sociedad ha pagado de sus bolsillos. Otros se han ido del país para continuar su prédica odiosa desde paraísos capitalistas en una repugnante muestra de incoherencia e injusticia.

Pero de todo esto queda como nota seria y grave la reacción del presidente que, lejos, de mantener la moderación de sus palabras y la buena fe de su intención, salió a pedir disculpas como si los inocentes fueran los culpables. La Argentina es un país sin destino y Fernández antes que hacer algo por torcer ese rumbo lo confirma con su temor y su pusilanimidad.


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