El discurso ausente

El discurso del presidente para inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso dejó mucho que desear. A los efectos de resolver los urgentes problemas que tiene la Argentina fue directamente una pieza nula, sin ningún peso.

No hubo una sola referencia a los inconvenientes por los que atravesamos y, en consecuencia, tampoco hubo referencia alguna a su solución.

El presidente desde que fue electo ha trasmitido la indubitable seguridad de que su única obsesión es la deuda. Y el problema de la Argentina no es la deuda, lo hemos repetido ya hasta el cansancio.

La Argentina tiene un problema global de concepción de la vida del cual se derivan todos los demás sufrimientos. En efecto, el país entiende que es efectivamente posible crear una superestructura estatal al frente de la cual se ubiquen supuestos superdotados (casi semidioses) que nos vengan a resolver todos y cada uno de los problemas de la vida cotidiana, desde la heladera llena hasta el asado del domingo.

Como consecuencia de esa convicción ha habido una generación de vivos que, interpretando esa tendencia al facilismo de la sociedad, se ha hecho cargo, ha tomado el guante y le ha dicho a la gente que, efectivamente, son ellos los que se van a encargar de la tarea.

Eso hizo posible que se encaramara en el Estado una casta de burócratas -todos los cuales se han convertido en millonarios, en una suerte de nouvelle noblesse- que, aprovechando los privilegios y las desigualdades del sector público han corrompido todas las bases productivas del país y lo han sumido en una catarata de gastos que arruinaron sus finanzas y dinamitaron sus energías creativas.

Hoy el país tiene tres problemas centrales: 1.- la asfixia legal que impide el despliegue de la innovación y la creatividad del sector privado; 2.- la depreciación educativa que ha soliviantado las bases morales de la sociedad y 3.- la degeneración legal y judicial que ha sumido al país en una crisis de seguridad y de fomento al narcotráfico de la que no se tiene memoria.

El discurso del presidente no dijo una sola palabra respecto de ninguno de estos tres temas. El primero, sin embargo, es el que termina desembocando en lo que es la obsesión del fanatismo presidencial: la deuda.


Porque, en efecto, la construcción (con el paso de las décadas) de un orden jurídico completamente inconstitucional que ha maniatado, detrás de una maraña de reglamentaciones y regulaciones delirantes, las principales energías productivas de la sociedad ha hecho que el nivel de actividad se hundiera. La caída del nivel de actividad (que incluye por supuesto la caída del empleo, la economía informal, la falta de oportunidades y la imposibilidad práctica de emprender) derrumbó los ingresos públicos. Esa consecuencia de las cadenas legales que ahogan la producción, se combinó con un fenomenal aumento del gasto porque es el aumento del gasto lo que permite alimentar la ilusión demagógica de que el Estado salvará las papas de todos y en especial de los que menos tienen.

La combinación fatal de la caída de los recursos (fruto del corset legal) y del aumento del gasto (fruto de mantener vivo el verso demagógico de solucionar la vida de todos) ha generado un déficit crónico que nos llevó directamente a pedir plata prestada.

Como no resolvimos ninguno de los problemas estructurales que nos llevaron a pedir plata prestada, hemos incumplido sistemáticamente con el repago de las deudas y eso nos llevó a renegociaciones que fueron, algunas pacíficas, y algunas en medio de quiebras (defaults) atronadoras.


El presidente no gastó una sola palabra para explicarnos cómo piensa desenmarañar el orden legal argentino, cómo piensa cortar las cadenas que nos tienen maniatados y no nos dejan producir y cómo piensa cambiar la concepción social que impera en la sociedad según la cual el Estado nos debe entregar un triunfo terminado, envasado al vacío y entregado a domicilio, antes que generar las condiciones para que nosotros nos demos ese triunfo solos y que, además, ese triunfo tenga el color, el formato y las dimensiones que nosotros y no el Estado le quiera dar.

Sin este cambio en la concepción de la vida y del mundo el “crecimiento” al que el presidente aspira (para con eso pagar la deuda) no se dará nunca.

No hay crecimiento sin inversión (otra palabra completamente ausente del discurso); y no hay inversión sin un orden jurídico que la aliente… Y el único orden jurídico que alienta la inversión es un orden jurídico que garantice la libertad, la propiedad, la seguridad jurídica y la no confiscatoriedad.

Al contrario de todo esto, el presidente aseguró que transitará un camino por el que les seguirá quitando a unos para darles a otros. Eso desalentará completamente a quienes tienen posibilidades de invertir que generalmente coinciden con los que son confiscados en su propiedad para que esos frutos vayan a las manos de los que no los han producido, completando así una de las mayores y más cínicas injusticias de la que es capaz la mente humana.

Obviamente el presidente tampoco mencionó ni de cerca las otras dos plagas nacionales: la degradación de los valores educativos y la degeneración legal y judicial que ha convertido al país en un refugio de criminales y narcotraficantes. Al contrario todas las alusiones tácitas respecto de esos temas han ido, más bien, en el sentido opuesto al necesario.

Mientras, en la orilla opuesta del Río de la Plata, el presidente Lacalle Pou daba un discurso de inauguración pleno de señales positivas para el Uruguay, tanto en el sentido de liberación de la ataduras productivas, como en el aliento al comercio libre, a la severidad educativa, a la adecuación del empleo a los tiempos que corren, a la reforma estructural del sistema previsional y a la atención puesta en que los uruguayos caminen seguros y libres por la calle.

Tener un mal diagnóstico (el problema del país es la deuda) es lo mismo que no tratar la enfermedad. O peor aún: aplicar remedios equivocados para algo que no existe, mientras el mal de fondo sigue expandiéndose.

Lamentablemente, después de la oportunidad perdida con el presidente Macri, Fernández encabeza un gobierno solo preocupado en mantener en estado zombie a la sociedad para que siga creyendo que el Estado resolverá los problemas, mientras su política extractiva termina por matar las pocas fuentes productivas que aún quedan. Y todo eso sin decir que quizás su única finalidad real sea presidir un gobierno que limpie de culpas a los que se robaron el esfuerzo de una década en la que los recursos -por las condiciones internacionales- sobraron y desaparecieron en los bolsillos de unos pocos que lucraron a costa de la miseria de los más pobres.


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