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La Argentina y la muerte de la Reina Isabel II

La muerte de Isabel II, la hasta ayer Reina británica, nos ofrece un interesante marco de análisis para disparar una tesis que incluya la realidad argentina en particular y latinoamericana en general.

La Reina simbolizaba la unidad de una nación cuyas raíces se remontan a 600 años de historia que comenzaron, primero con la unificación de Inglaterra y Gales en 1536 y que siguieron con la incorporación de Escocia en 1603 y la de Irlanda del Norte en 1801.

Allí, en ese lugar, por las particularidades políticas, filosóficas y económicas que ocurrieron, sucedieron hechos que cambiaron para siempre el rumbo y la historia de la humanidad. Fue en el Reino Unido donde vieron la luz el Estado de Derecho y la Revolución Industrial, muy probablemente interconectados en un sinfín de causa-efecto en donde a veces resulta difícil establecer cuál fue la causa y cuál el efecto.

El concepto del Rule of Law, que supone la división del gobierno en tres poderes independientes que se controlan y equilibran entre sí, el free speech, la conformación de un cuerpo imparcial dedicado a resolver pacíficamente las diferencias y la noción de que el hombre es un ser investido por la Naturaleza con ciertos derechos inalienables que tiene por el solo hecho de nacer, es un concepto inglés (no francés como, haciendo gala de una pasmosa ignorancia histórica y filosófica suele repetir como loro la vicepresidente Kirchner. La Revolución francesa -que sucedió 100 años después de que en Gran Bretaña ya rigieran aquellos principios- fue un hecho bastante menor en términos de envergadura filosófica y terminó siendo, en realidad, la fuente lejana de muchos de los fascismos más horrendos que el mundo conocería un siglo y medio después).

Ese desarrollo filosófico terminó conformando una “cultura” que el Imperio Británico diseminó por los territorios que su invencible Armada Real conquistaba para la Corona, desde Australia y Canadá, hasta Jamaica y Fiji. La prueba es que, al día de hoy, la Comunidad Británica de Naciones (British Commonwealth) reúne a 56 países del mundo, de los cuales 16 siguen teniendo a la Reina o al Rey británico como Jefe de Estado, entre ellos potencias como Australia y Canadá y otros que no serán “potencia” por su volumen económico pero que sí se encaraman entre los países  de mejor nivel de vida de la Tierra como Nueva Zelanda.

Enfrente de esa “cultura” se desarrolló otra, básicamente representada por el “continentalismo” europeo que, por la rivalidad en el dominio de los mares, fue encarnada básicamente por la Hispanidad. En efecto, entre los siglos XVI y XIX el mundo asistió a una competencia de conquistas de ultramar protagonizadas por la Real Armada Española y por la Royal Navy.

Ambas prácticamente dividieron al Nuevo Mundo en dos: uno bajo el dominio inglés (básicamente el norte a de América e islas del Caribe, el Pacifico Sur y el Índico y territorios dispersos en África y Asia) y otro bajo dominio español (básicamente Centro y Sudamérica, islas del Caribe y otros territorios, también dispersos, que iban desde las Filipinas hasta el Sahara Español).

Ambas Armadas Reales exportaron a esos lugares la cultura de su Madre Patria: la Royal Navy, el Rule of Law y las concepciones de la Revolución Industrial y la Armada Española, el régimen de la Casa de Contratación de Sevilla y el fiscalismo estatal español.

Es cierto que fue tan poderoso el progreso de los países de “cultura inglesa” que notorias franjas de intelectuales de los países de “cultura hispana” no pudieron evitar notar el fenómeno e iniciar corrientes que proponían erradicar de cuajo las instituciones del centralismo fiscal (característico de la “cultura hispana”) para dar paso a instituciones más libres que les permitieran a sus naciones salir del atraso y de la miseria.

La mismísima España, otrora la otra gran potencia mundial, entró en una notoria decadencia comparativa y no fue sino hasta su incorporación a la Unión Europea que inició un proceso de modernización y “anglización” de sus instituciones que le permitieron recortar la enorme ventaja que en términos de nivel de vida le habían sacado los otros países.

En aquellos años de atraso y miseria muchos españoles decidieron emigrar (constituyendo uno de los éxodos más importantes de la historia humana) justamente al “Nuevo Mundo” para “hacerse la América” cuando algunos países latinoamericanos parecían dar muestras de haberse plegado a las nociones más progresistas de la Tierra, permitiéndoles a sus habitantes  -sin distingos entre criollos y extranjeros- escalar en el nivel social hasta donde su trabajo, su esfuerzo y su dedicación se lo permitieran, cuestiones que tenían vedadas en España.

Eran tiempos que parecían desmentir la visión de Bolívar que había advertido, con un notorio dejo de amargura, que lo único que podía hacerse en América Latica era emigrar.

Pero ese aire fresco que la implementación de instituciones inglesas en pleno corazón de la cultura hispana había permitido respirar acabó pronto.

De repente, los pioneros latinoamericanos de aquella avanzada “anglo”  (empezando, claro está, por el mejor alumno, la Argentina)  en abrazar los principios del Rule of Law, la división de poderes, la alternancia, el free speech, la Justicia independiente y la creencia en que un conjunto de derechos individuales acompañan al hombre desde el nacimiento y son inalienables, entraron en un proceso involutivo que los devolvió a las profundidades de la cultura hispana del estatismo, el centralismo, el fiscalismo, el dirigismo económico, la pretensión del pensamiento único y el dogmatismo del Estado, justo cuando la mismísima España empezaba a dejar, ella misma, todo eso (o gran parte de eso) atrás.

Ese choque cultural sigue estando presente en general en América latica y muy particularmente en la Argentina. Esa aprehensión por todo lo “anglo” es muy evidente en la sociedad, en las reacciones, en los dichos, en las costumbres y en la forma de convivir y de resolver problemas.

A veces la mismísima idea de “civilización” (eso que los ingleses se cansaron de llevar consigo en sus incursiones de ultramar) parecería estar en discusión. La idea básica de resolver los conflictos en paz, sin violencia y en un clima de armonía aparece seriamente cuestionada en nuestras culturas que prefieren la patota, el atropello, el grito y la cancelación

El contraste entre lo que es la vida en la mayoría de los países que alguna vez fueron colonias inglesas  -y que incluso hoy siguen formando parte de la Comunidad Británica de Naciones (por algo será)- y lo que es en los que fueron colonias españolas es francamente conmovedor. En los primeros se disfruta de los más altos estándares de vida (como en EEUU, Australia, Canadá o Nueva Zelanda) y en los segundos prevalece la pobreza, la corrupción, el autoritarismo y la desigualdad de oportunidades.

Hoy, encuestas entre los jóvenes latinoamericanos muestran que más de un 60% de ellos se quiere ir para siempre de sus países, recreando la premonición bolivariana.

No obstante una nouvelle noblesse constituida por políticos enriquecidos por el robo a las arcas públicas fruto de una corrupción rampante, sindicalistas vitalicios y millonarios que permanecen en sus cargos 30 o 40 años y empresarios entongados con el Estado cuyo principal preocupación no es la innovación competitiva sino las “conexiones” que les permitan ganar fortunas arriesgando lo mínimo, sigue defendiendo este sistema cultural que ha sumido -particularmente a la Argentina- en una pobreza y un atraso que deshonra las aspiraciones que tuvieron aquellos próceres que, viendo el indudable éxito de las instituciones inglesas, las importaron al país para generar lo que parecían estar destinados a ser “los Estados Unidos del Sur”.

Hoy frente a la muerte de Queen Elizabeth II, y viendo por un lado el fuerte impacto mundial y, por el otro la casi nula repercusión en la Argentina, reafirmamos esta tesis de una batalla cultural que dieron los Echeverría, los Alberdi, los Sarmiento, los Roca y que perdieron frente al populismo estatista de origen hispano siempre más cerca del fascismo que de la modernidad. 

Por Carlos Mira
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4 thoughts on “La Argentina y la muerte de la Reina Isabel II

  1. Heberto

    La Revolución Gloriosa fue una revolución ética y moral que definió dos mundos distintos entre la servidumbre y la libertad.
    Armando Ribas – Entre la Libertad y la Servidumbre – Editorial Sudamericana

  2. Javi Gales

    También algunos matices religiosos contribuyen a la coloración ( más bien, decoloración ) del cuadro.

  3. Emb.Nicolas Incolla Garay

    Es verdaderamente innegable, el contenido del
    Artículo, más allá de la visión patriótica que uno quiera aportar, ejemplo Malvinas, no dice más que la verdad y la verdad, como decía el Gral. Peron, es la única realidad.

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