El lógico final del resentimiento

La Argentina es un país muy curioso. Una de las curiosidades más repetidas de su historia es el asombro que le causa la obviedad, o, lo que es lo mismo, cómo se sorprende al verificar que efectivamente ocurre lo que no podía dejar de ocurrir. El escandaloso episodio de las vacunas VIP es uno de esos casos. Es más, se torna escandaloso porque, justamente, los argentinos se asombran.

Pero, pensemos un poco, muchachos: ¿de qué se asombran? ¿De que un conjunto de delincuentes aproveche los resortes del Estado que previamente se ocupó de tomar para beneficiar a los propios? ¿Ese es el asombro? ¿Eso es lo que causa tanta indignación? Déjenme decirles que no deberían asombrarse. Es lo que ustedes votaron muchachos: encaramar en el poder a una banda de impresentables para que usufructúe los privilegios del poder en su beneficio.

No es la primera ve que lo hacen los argentinos. De allí que su asombro es incomprensible.

Ya permitieron que esta misma banda accediera al poder para enriquecerse patrimonialmente . Lo hicieron en pleno uso de sus facultades, libremente, sin que nadie los encañonara para eso.


Lo hicieron porque creyeron que con eso jodían a gente a la que odian más que a este grupo de delincuentes. Permitieron que gente de esta calaña accediera al gobierno del país porque prefirieron eso antes de consolidar un sistema en donde los más capaces progresaran más y, sobre todo, antes que otros.

No se bancan el mérito, no se bancan el triunfo ajeno en una competencia, envidian a quien triunfa, están resentidos contra los que tienen éxito. Creyeron que la banda los pondría en su lugar, que les sacaría lo que esa gente tiene para dárselo a ustedes, creyeron que nunca le sacarían nada a ustedes porque ustedes “son del pueblo” y el pero kirchnerismo es el pueblo.

Nunca imaginaron que algún día ustedes estarían en el lugar de los que “tienen” y que el perokirchnerismo les viniera a sacar los que tenían.

Eso de ir a sacar cosas era del perokirchnerismo hacia los “ricos”, por eso los votaron, para que hicieran eso, para que le fueran a sacar a los demás lo que ustedes creían que les correspondía a ustedes.

Pero un día un maldito virus se metió con la salud. Y eso si, mal o bien, lo tenían; eso sí lo daban por descontado. Nunca imaginaron que una banda de delincuentes viniera a robarles la salud.

Ignoraron los cientos de miles de advertencias que les hicieron gente de buena fe, que solo quería prevenirlos. Esa gente les explicó cómo estos delincuentes robaban, cómo se enriquecían personalmente, cómo el pueblo no les importaba nada.

Pero, claro, “aparentemente” no les sacaba nada a ustedes. Les sacaba a los ricos, a esos seres indeseables por los que sentían un profundo desprecio. Si el precio de esas confiscaciones era el enriquecimiento de esa casta gobernante innoble, no importaba. Esa riqueza era tolerable. Pero la de “Juan”, mi vecino, no. A “Juan” había que cortarle la cabeza para que no la asomara más allá de lo que yo podía asomarla.

Después de todo, ¿cuál era el riesgo? Si a mi no podrían sacarme nada porque no tenía nada…

No importaba que la ley me hubiera dado a mi las mismas posibilidades que a “Juan” para tener tanto o más que él. Lo único que valía era que “Juan” tenía y yo no. Lo que “Juan” había hecho para tener no importaba. Lo que importaba era que él tenía lo que a mi me faltaba. Y eso era un gran injusticia.

Si para terminar con la injusticia debía posibilitar que, con mi voto, un conjunto de delincuentes (que me había hecho creer que le iba a sacar a “Juan” lo que tenía para dármelo a mi) se encarame en el poder lo iba a hacer. Y lo hice.

No escuché ninguna advertencia. No quise ver todas las pruebas que me presentaron. Solo me movía el odio y el resentimiento hacía esa clase de gente contra la cual el perokirchnerismo me había prometido desplegar su venganza, que era la mía; mi venganza.

Los llevé al poder. No me importó su obscenidad, su inescrupulosidad, su delincuencia innata, las miles de evidencias que me demostraban que no solo le robaban a los ricos sino que me robaban a mi también. Nada; no me importó nada: voté y los devolví al gobierno.

¿Quién iba a decir que un virus microscópico me iba a dar una prueba irrefutable de que yo no les importo nada y que, en realidad, lo único que persiguen es adueñarse del país por la vía de instaurar una dictadura férrea, de elite única y someter a todo el mundo al peso de su bota militar para usufructuar ellos -y no yo- todos los beneficios?

Pero el virus llegó. Llegó y amenazó lo que sí tenía: mi salud y la de mis seres queridos. En eso era igual que “Juan” y, cómo “Juan” no quería que le sacaran lo suyo, yo tampoco quería que me sacaran lo mío. Por primera vez me sentí en sus zapatos.

Antes creía que lo que tenía “Juan” lo tenía porque lo había ganado con malas artes, en mucha medida sacándomelo a mi.

Pero mi salud yo sabía que me la había ganado en buena ley, quería conservarla, no quería que nadie la pusiera en riesgo por la vía de sacarme lo que me la podía asegurar.

Nunca creí que los justicieros que venían a sacarle a “Juan” lo que siempre le envidié, fueran a sacarme algo a mi.

Si había oído explicaciones sobre cómo el perokirchnerismo me sacaba a mi también lo poco que tenía por la vía indirecta de la inflación, de condenarme a la pobreza, haciéndome imposible el progreso y mi ascenso social.

Lo había oído pero no lo había escuchado. No lo quise escuchar. Mi única obsesión era “Juan”. Quería verlo morder el polvo, como lo mordía yo. Quería que lo arruinaran.

Si para eso tenía que empoderar a unos delincuentes, no importaba. Yo estaba a salvo. Nunca podrían sacarme lo que no tenía.


Pero el capitalismo salvaje inventó el remedio contra lo que acechaba mi salud. Salud sí tenía. Y no quería perderla.

Entonces se produce la obviedad que me asombra: el ladrón que encumbré para que lo fuera a robar a “Juan” vino y me robó a mí.

No lo puedo creer. Caigo en estupefacción. “¡Me dijiste que le ibas a sacar lo que ‘Juan’ tenía, no lo que tenía yo!”

¡Yo tenía el derecho igualitario de ser vacunado, y estos delincuentes me lo robaron para vacunarse ellos!

¿Y quién te dijo, argentino ciego de resentimiento, que vos ibas a estar al margen de la estafa?

¿Ahora te asombras y pones el grito en el cielo porque te estafaron a vos también? ¿De verdad creías que votabas a estafadores justicieros que robarían a “Juan” pero no a vos?

Siempre llega un momento en que todos tenemos algo que podemos perder a manos de un delincuente. Aunque más no sea, nuestra propia salud. Pactar con el diablo porque nuestro odio es más fuerte no podía tener otro final que no fuera este. ¡Feliz fin de la inocencia, argentinos resentidos! Esta también es la obra de ustedes. Celebren ahora.

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3 thoughts on “El lógico final del resentimiento

  1. Lisha Duarte

    Excelente exposicion! Desde lo lejos que estoy, me desconcierta como estan asombrados con lo que paso con las vacunas. Pero que esperaban?

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