Zannini ¿escrachado?

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El ex secretario legal y técnico del gobierno de Fernández y ex candidato a vicepresidente de la nación de Daniel Scioli, Carlos Zannini, sufrió dos episodios desagradables de gente enojada con él, primero en la cancha de Boca y luego a bordo de un avión de American Airlines con destino a Miami.

Muchos refirieron los hechos como “escraches”. Habría que hacer aquí una primera disquisición, quizás poco importante, pero que vale la pena tener en cuenta.

El “escrache” es una práctica nazi, organizada y acordada para hacer visible al enemigo, por la vía -obviamente- violenta, de señalarlo, atacarlo en público, escupirlo, tirarle objetos y exponerlo ante todos.

Los SS lo hacían con las puertas de las casas o de los comercios de judíos en Alemania a las que le pintaban una cruz con una brocha bañada en alquitrán para señalarle a todo el mundo que allí vivía o trabajaba un judío, apostando a que la furia social haría el resto.

Aquí la practicaron durante la década ganada, varios grupos paragubernamentales, desde La Cámpora hasta Quebracho y desde Las Madres de Plaza de mayo hasta las patotas de Guillermo Moreno. En todos había hasta una simbología macabra: las pecheras, las capuchas, los “juicios populares” de Hebe de Bonafini, el cotillón del ex secretario de Comercio. En el caso de Quebracho había, incluso, una ceremonia cuasi religiosa frente a lo escrachado: se formaba frente a él, en silencio se esperaba la orden y, al recibirla, la horda se abalanzaba contra el objeto que representaba al escrachado hasta destruirlo.

Lo que sufrió Zannini no fue, en esos términos, un “escrache”: fue la reacción espontánea y no organizada de un conjunto de ciudadanos que, al reconocerlo, le expresaron su disgusto de la peor manera.

Aclarado ese punto si se quiere semántico de la cuestión, digamos con todas las letras que lo que ocurrió no estuvo bien. Que es lo que esta gente cosechó al cabo de doce años de robo, prepotencia, enriquecimiento ilícito, soberbia y populismo autoritario, no autoriza a ponerse a su altura y responder al fascismo con fascismo.

Entiendo que es difícil estar frente a uno de los monjes negros del saqueo y no reaccionar, luego de que tanto esfuerzo social lo hayan embolsado en sus cuentas personales, mientras la gente tiene que hacer mil cuentas para sobrevivir.

Pero esas prácticas deben desaparecer de la mano de instituciones que funcionen y que le den respuestas a la sociedad que las reclama. Si la gente viera que todos estos personajes tienen su merecido porque contra ellos se aplica la ley, el nivel de furia descendería y la necesidad de manifestarse del modo que vimos por televisión también.

Cambiemos tiene allí un amplio margen para operar un cambio. Tanto esfuerzo que ponen en hacer todo lo contrario en materia de “comunicación” a lo que hacían los Kirchner (no entendiendo que allí sí había una explotación inteligente de la idiosincrasia nacional) y no han emitido una sola palabra de condena a lo que ocurrió con Zannini.

Hoy hay una larga lista de presos domiciliarios -entre ellos Boudou, Aníbal Fernández, Kunkel, De Vido y la propia Fernández- que no pueden salir a la calle, a un cine o a comer a un restaurant porque la condena social los expondría a momentos parecidos a los que vivió Zannini.

Se trata de una versión menor de la Justicia, de una partitura devaluada de lo que es poner las cosas y las personas en su lugar.

Quienes robaron y ensayaron la implementación de un plan sistemático de saqueo y opresión deberían dar cuenta ante los jueces y éstos no deberían tardar una eternidad para reclamar esas respuestas y repartir las condenas que equiparen los tantos de la justicia.

¿Podría asegurarse, en ese caso hipotéticamente ideal, que Zannini podría haber abordado el avión y nadie le hubiera dicho nada? No, no lo podemos asegurar. Es más, es muy posible que algo hubiera ocurrido de todos modos. Richard Nixon, después de haber renunciado y de haber sido condenado inapelablemente por la fuerza de los hechos, también estuvo mucho tiempo antes de poder asomar la cara a la calle. Pero al menos tendríamos la seguridad de que las instituciones actuaron y que no todo es igual.

La vida civilizada consiste en gran medida en construir canales por donde circule la furia social y el descontento. Esos sentimientos no pueden desterrarse porque son reacciones humanas frente a determinadas injusticias. Pero lo que nos saca de la prehistoria fascista es mostrarnos diferentes a ellos. La Justicia nos debe ayudar. Pero nosotros podemos hacer nuestra parte.