Y finalmente habló

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Ayer nomás nos preguntábamos por qué el presidente no hablaba; por qué no aparecía. Hoy lo hizo. En un mensaje grabado informó que inició conversaciones preventivas con el FMI para gestionar un préstamo excepcional (que algunos aseguran puede llegar a 30 mil millones de dólares) y que dichos acuerdos comenzarían a gestionarse hoy mismo después de que él hablara personalmente con la Directora General del Fondo, Christine Lagarde.

A mi modo de ver su aparición fue excesivamente corta, escueta. Quizás, de nuevo, el fantasma de la insoportable retahíla de Fernández lo haya inhibido de hablar más.

Pero la situación lo ameritaba, lo pedía, lo exigía.  Prueba de ello fueron los comentarios de muchos analistas y de periodistas aficionados (por aficionados quiero decir periodistas que no tienen especialización ni en economía ni en política; periodistas que se dedican a cubrir espectáculos o deportes, pero cuyos programas fueron “invadidos” parcialmente por la intervención del presidente y la posterior de Dujovne) que criticaron fuertemente las palabras del ministro cuando éste dijo que el país estaba creciendo, generando trabajo y bajando el desempleo.

Muchos de esos “analistas” dijeron que el ministro veía un país que ellos no veían. La cuestión es que, lo verán o no lo verán, pero Argentina está creciendo (ya lo hizo el año pasado y de hecho la tasa de crecimiento del primer trimestre de 2018 era del 4% antes de la situación producida en el mercado internacional por el robustecimiento del dólar) y generando empleo nuevo. A una tasa muy moderada es cierto, pero eso está ocurriendo.

Y esto se conecta claramente con la opacidad del presidente que perdió la oportunidad de “vestir” su discurso con estos datos objetivos y no limitarse simplemente al anuncio sobre el acuerdo con el Fondo.

Ya sabemos la “imagen” que tiene el FMI en nuestro país: parece mentira que un pueblo sea tan burro de no entender que es la fuente de financiación más barata del mundo y en cambio se siga dejando llevar por slogans estúpidos. Pero, bueno, no es casual cómo le va a la Argentina si su sociedad es tan obcecada a punto tal de no entender semejante simpleza.

Repetimos lo de ayer: el país gasta más de lo que gana. Hace mucho tiempo. El mercado de capitales se ha puesto caro para ir a pedir plata y no la podemos imprimirla internamente más de lo que lo ya lo hacemos porque espiralizaríamos la inflación. ¿Los genios de las “sensibilidades sociales” (muchos de los cuales son esos mismos “analistas”) me pueden explicar cómo harían para pagar las prestaciones si no se encuentra un prestamista barato?

Pero no hay caso: el presidente sigue pegado a su “escuetez”; no sé, francamente, cuál es el problema que encuentra para hablar, para explicar. Necesitamos explicaciones si no queremos que se multipliquen los “analistas” que propagan una imagen que la gente tiende a creer porque siempre es mejor ponerse en la posición de víctima que en la de ganador; y siempre –desde los medios- es mejor un poco de demagogia que un análisis franco y sincero.

Muchos de esos “analistas” aman las chicanas. Algunos, después del anuncio, comentaron “no sé por qué me parece que el futuro se va a parecer al pasado”, seguramente asociando la nueva instancia con el FMI a los ’90, o cosas parecidas.

Cuando Néstor Kirchner cometió la aberración económica de pagar con reservas la deuda con el Fondo, éste –como también lo es ahora- era una fuente de financiación casi regalada. Su tasa era del 4%, cuando la Argentina en ese momento ya pagaba más del doble. Y eso sin hablar del festival de deuda interna que se generó a partir de allí, fundamentalmente fondeada con dinero del BCRA, del Nación y de la ANSES, tres entidades que quedaron técnicamente fundidas hacia el final del kirchnerismo.

Entonces, más allá de esta fugaz aparición, nos seguimos preguntando cuál es el miedo a hablar, a explicar, a enfrentar las chicanas y las mentiras con verdades objetivas, con números, con estadísticas.

Ayer, José María Rodríguez Sarachaga, a quien entrevisté en la radio respecto de este misterio de silencio, me daba un dato revelador. El kirchnerismo ha armado un revuelo nacional con las tarifas y el gobierno se ve de repente arrinconado cuando tenía a mano un argumento demoledor para explicarle a la gente lo que el kirchnerismo en el gobierno había significado para la Argentina. Sarachaga me decía que la respuesta adecuada hubiera sido; “Miren muchachos, tarifas equivalentes a estas a las que nosotros queremos llevar ahora los servicios públicos en la Argentina (que están en línea con los precios internacionales) la gente las podía pagar sin problemas antes de que ustedes llegaran al gobierno. Son ustedes los que deben explicar que le hicieron a la gente en sus doce años de gobierno para que, a la vuelta de ese tiempo, ya no puedan pagar aquellos precios que antes sí pagaban.”

Y en efecto, es así. Luego del proceso de privatizaciones, las tarifas de servicios públicos en la Argentina se alinearon con las internacionales. Por eso el país atrajo tantas inversiones al área y se transformó en un exportador neto de energía. De no haber sido por la adecuación de las tarifas eso no hubiera ocurrido. Y, de nuevo, la gente las pagaba. ¿Qué fue lo que hizo que ahora no las puedan pagar? Muy sencillo: las políticas del kirchnerismo.

De acuerdo a una encuesta de Eduardo D’Alessio el 50% de la gente cree que los problemas que tiene el país son culpa de este gobierno; no del anterior: de éste. Casi un 20% de los propios votantes de Cambiemos cree eso.

No sé qué más hace falta para demostrar que la política del mutismo, de la “escuetez” y de dar por sentado que “la gente se va a dar cuenta sola” no va. No va más. Ese duranbarbismo se terminó; ya no existe. Podrá haber sido efectivo en un momento. Ya no lo es. Es un veneno. Una ponzoña que se esparcirá exponencialmente por las mentes argentinas si el proceso no es detenido a tiempo. Y es el presidente el que debe detenerlo. Urgentemente. Ahora.