Y dale que va…

Con los pasajeros tomados como rehenes adentro de un avión, los lacayos del señor Pablo Miró, el capitoste camporista de APLA (la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas), están leyendo proclamas de amedrentamiento y expansión del terror diciéndoles a los pasajeros, a través de la lectura de un panfleto antes de decolar, que el gobierno nacional está poniendo en peligro la seguridad de la aeronavegación incitando a la merma en el entrenamiento y capacitación de los pilotos y en mantenimiento de las aeronaves, al flexibilizar los sistemas de controles para facilitar la llegada de compañías low cost que, de paso, vienen a extranjerizar el mercado de aeronavegación nacional.

Se trata, sin más, de una actividad delictiva que debería terminar con todos los autores materiales e intelectuales del delito en la cárcel.

En un vuelo de Buenos Aires a Ushuaia uno de estos personeros amenazó al piloto, que se negó leer esa proclama, con la consecuencia de que el capitán de aeronave se descompensó y debió derivar el control del avión a su copiloto, llegando a la capital del sur con una marca de presión arterial de 13/17, debiendo ser atendido en una dependencia hospitalaria. En otro vuelo a Córdoba sucedió algo similar.

El ejercicio mafioso de la actividad sindical -que es una práctica habitual en la Argentina- debe terminar. No puede seguir ocurriendo que un conjunto de forzudos por el hecho de ejercer, justamente, la violencia física, se salga con la suya, cuando, además, se dedican a esparcir mentiras que no tienen ningún contacto con la realidad.

Ningún control de mantenimiento ni de entrenamiento de pilotos ha sido soliviantado en la Argentina. Es más, esos controles están hoy estandarizados en el mundo y ningún país puede hacer lo que se le ocurre en esas materias porque sus aeronaves no serían admitidas en otros países.

Tampoco es cierto que la llegada de las low cost impliquen una “extranjerización del mercado aerocomercial argentino” (aun cuando me pregunto cuál sería el pecado de que ello sucediera si por ese proceso se le entregaran al consumidor más y mejores opciones para viajar) porque las condiciones que ha puesto el gobierno para que esas compañías operen es que se transformen en empresas argentinas, con directorios residentes en el país y con aviones de matrícula nacional.

La política de cielos abiertos implicaría que aerolíneas no radicadas en el país pudieran ofrecer vuelos de cabotaje entre ciudades argentinas sin estar registradas como compañías nacionales. Pero como vemos ese no es el caso. Se trata de otra mentira del Sr Biró y sus secuaces.

La política de expansión aerocomercial que se está proponiendo y llevando adelante con la oposición de este conjunto de mafiosos, tiende a brindarle al consumidor, al cliente, al pasajero, más opciones para elegir y más comodidades para viajar de un lugar a otro, teniendo la opción de pagar menos por su boleto.

Parece mentira, pero en un primer momento, para apaciguar a estos señores, el gobierno tuvo que dar el brazo a torcer e imponer a las nuevas empresas que llegaban, un precio mínimo que sí o sí debían cobrarle al pasajero. En otras palabras, estos señores, que dicen desvivirse por “el pueblo”, presionaron para que las empresas no pudieran beneficiar a sus clientes con un precio menor porque eso  ponía en peligro las “quintitas” que ellos defienden y con las cuales viven como reyes a expensas del bolsillo argentino.

Por suerte ese requisito fue recientemente removido y hoy las low cost podrían cobrar U$S 1 un ticket aéreo si es que así lo decidieran. Problema de ellos. Seguramente ese ha sido uno de los motivos del recrudecimiento de la actividad mafiosa de Biró y sus muchachos.

Hace ya varias columnas que venimos sosteniendo que el principal problema de la Argentina, el profundo motivo que se halla en la raíz de su decadencia es que en el país no rige el sentido común, “el orden corriente y ordinario de las cosas”, según la clásica expresión del derogado Código Civil de Vélez Sarsfield (suprimida en la espantosa reforma sancionada por el gobierno de Fernández y moldeada según los estrambóticos principios del actual presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti).

En efecto, si cayera aquí un señor de Marte, que no tiene la menor idea del orden jurídico argentino y se le plateara el interrogante acerca de cuál debería ser el precio que una compañía aérea debiera cobrar por un boleto, es muy probable que la primera respuesta del señor marciano -apoyado, claro, en la vigencia del más elemental sentido común universal- fuera “el que se le dé la gana”; o bien, “aquel que cubra su costo más una razonable utilidad”. Pues no. En la Argentina, el precio de un ticket aéreo debe ser aquel que se le ocurra al Sr Biró; el precio con el cual el Sr Biró mantenga la tranquilidad de que su quintita competitiva no se verá afectada.

Y no creamos que este esquema del ejercicio de la fuerza bruta es exclusivo de la actividad aerocomercial. No. Esa es la regla con que el país se maneja en la mayoría de sus mercados desde hace 70 años de modo progresivo, cada vez con mayor sofisticación en las maneras del apriete y del sojuzgamiento.

Repetimos: mientras la Argentina desafíe la vigencia de un sentido común universal, mientras siga creyendo que una suerte de excepcionalidad nacional le permite hacer las cosas de un modo “originalmente argentino” y que con esos modos alcanzará igual éxito que el resto del mundo, pues seguirá debatiéndose en la miseria. No hay, efectivamente, magia (como diría la procesada jefa de la banda Fernández y la tatuada Juliana Di Tulio): las cosas, en todo el mundo, son la consecuencia de manejarse de un determinado modo; si se hacen como las hace el mundo civilizado se alcanzan los estándares de vida del mundo civilizado; si se hacen como las hacemos nosotros se alcanzan los estándares de vida de los argentinos. Obtenemos lo que generamos. Si generamos “Birós” viviremos como las maneras de los “Birós” producen. No hay secretos ni nada nuevo bajo el sol.