Vergüenzas

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El diputado Felipe Sola ha dicho que hay una especie de cacería sobre Cristina Kirchner y que sería una vergüenza para el país que la ex presidente vaya presa.

Pregunta directa y sin anestesia: ¿qué le ocurre a Felipe Sola?, ¿en qué está pensando?, ¿qué cree?

La vergüenza es que este país haya tenido una presidente como Cristina Fernández; esa es la única vergüenza en todo este asunto.

Ahora, que una señora que usó el poder para enriquecerse personalmente, que engañó al pueblo vilmente -al mismo pueblo que no dudó en robar sin importarle que le sacaba el dinero del bolsillo a gente pobre que apenas podía mantenerse-, que utilizó las estructuras del Estado para autoelevarse a una situación de privilegio por encima de la ley y en total situación de desigualdad respecto de aquellos a los que gobernaba, que esa señora vaya presa, no es una vergüenza; una vergüenza sería que siguiera suelta.

Otra vergüenza es que el país no pueda hacer funcionar sus mecanismos de control constitucional del poder mientras los presidentes están en el ejercicio de su función y que los órganos de control –empezando por la Justicia- no estén a la altura de la circunstancias para usar el sistema de frenos y contrapesos que prevé la Constitución para que no se abuse del poder como se abusaron Fernández y su marido.

La Justicia y los jueces deberían sentirse avergonzados por ser tan cobardes y por actuar siempre al calor del poder de turno y de esperar los tiempos políticamente correctos para ejercer su poder jurisdiccional.

Durante años parte de la prensa puso en evidencia los delitos de los Kirchner. Había elementos de sobra para actuar y avanzar. Sin embargo los jueces entorpecieron los procedimientos, lentificaron las causas, cajonearon los expedientes, archivaron denuncias sin abrirlas a prueba (como el escandaloso caso del juez Rafecas en la denuncia del fiscal Alberto Nisman que apareció muerto con un tiro en la cabeza el día anterior a tener que declarar ante el Congreso por su investigación contra la presidente por haber encubierto a los culpables de la voladura de la AMIA), en fin, un abanico de vericuetos legales con los que lograron proteger a la ex presidente y su entorno.

Por supuesto que el espectáculo de un país que ha visto desfilar por tribunales a tres de los cinco presidentes electos de la democracia moderna (de los otros dos el único que ha quedado intocado en Alfonsín porque Néstor Kirchner murió y muy otro sería el cantar si estuviera vivo) no es edificante. Pero en todo caso los que damos vergüenza somos nosotros eligiendo gente de esa calaña para que nos gobierne. Pero no debería darla el hecho de que, del funcionamiento normal de la ley, esa gente termine presa. Sería mucho más vergonzoso, mi querido diputado Solá, que el país no solo elija en su momento a gente de esta clase para que lo gobierne sino que luego, corroborados sus delitos, elija no castigarlos bajo el argumento de que “eso sería una vergüenza para la Argentina”.

Si tanto nos preocupa dar vergüenza, deberíamos pensar mejor a quién elegimos para ejercer la más alta función de la República. Pero nunca deberíamos sentir vergüenza por hacer caer todo el peso de la ley sobre quien utilizó ese lugar de privilegio para robar y para engañar vilmente a quienes confiaron en ella.

Un país tiene que tener los valores muy dados vuelta como para excusar al vergonzante y avergonzarse de las consecuencias que trae violar la ley y, más que la ley, la fe pública, la confianza de millones que fueron engañados como chorlitos, millones por los que no se tuvo el menor miramiento mientras se sabía que se los estaba robando al mismo tiempo que se les endulzaba los oídos con el populismo demagógico.

El diputado Sola, que aparece como muy razonable en algunas ocasiones, parece habérsele salido la cadena en este caso. Suponer que puede ser una vergüenza ver a Fernández presa es ver el problema con un antifaz: quien roba debe responder por su robo; el presidente que, sin escrúpulos, engaña a su pueblo con el único objetivo de montar una maquinaria de disimulo que oculte la estafa que, por atrás, lo está volviendo millonario, debe ser condenado al destierro político, dirigido a un lugar de repudio y ostracismo para que nunca más pueda usar su egoísmo y su odio para causar el mal de tantos.