El verdadero ganador de ayer

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Las elecciones que tuvieron lugar ayer serán recordadas por muchas razones. Son las primeras elecciones de medio término en 32 años en donde el partido del gobierno gana en las cinco jurisdicciones más grandes del país, a las que se podría agregar una sexta como la provincia de Entre Ríos.

Pero a eso hay que agregarle que es el primer triunfo de un partido no-populista que alcanza estas dimensiones. Cuando Alfonsín ganó en una elección comparable en 1985, no había dudas que el presidente tenía galladuras populistas cuyas únicos anticuerpos eran las tradiciones liberales (en lo político) de la UCR.

Pero fuera de eso, estaba claro que el presidente tenía inclinaciones a la demagogia y a la concepción estado-céntrica que habían sido la característica común y extendida que había tenido la Argentina en los 50 años anteriores.

Este ha sido, en ese sentido, un triunfo disruptivo en tanto desafía la tradición política  de la sociedad y las costumbres cotidianas de los argentinos que históricamente, hasta ahora, se habían manifestado  electoralmente en un sentido determinado, más allá de que pusiera en la Casa Rosada a un peronista o a un radical.

El resultado de ayer parece indicar que se está produciendo una lenta pero profunda metamorfosis en los pliegues más profundos de la sociedad que está comenzando a comprender el sencillo mensaje de que la vida, en lo esencial que ella tiene, depende primordialmente de lo que uno (individualmente) haga con ella y que, por el contrario, no es el resultado de decisiones que se tomen en el Estado. Que nuestro rol como ciudadanos consiste más bien en indicarle al Estado qué medidas debe tomar para que nosotros seamos cada vez más libres y no cada vez más dependientes de él, perdiendo, de ese modo, nuestra condición de ciudadanos para cambiarla por la de “clientes”.

En ese sentido, si esta interpretación es correcta, hasta pondría en duda quién ha sido el gran ganador de ayer que, como es obvio, en un primer análisis todo el mundo señaló al presidente.

Si realmente los resultados de ayer son la manifestación exterior de lo que está pasando en las profundidades psicológicas de muchos argentinos, no hay dudas que el gran ganador de ayer fue el país. El presidente y su partido llevarán el mérito de haber presentado las cosas de tal manera como para que por primera vez en 80 años un partido no-populista gane las elecciones en los términos en que Cambiemos las ganó ayer. Pero será la sociedad la verdadera ganadora, la que recogerá los frutos de haber comenzado esa dificilísima transformación.

La Sra. Fernández volvió a perder la oportunidad de demostrar que tiene algo de honorabilidad al no reconocer expresamente el triunfo de sus adversarios (dijo elípticamente que los números que manejaba “su” propio escrutinio no les alcanzaban) y sin felicitarlos.

Luego, en un retorcimiento notable de la interpretación del resultado, se manifestó en el sentido de creer que lo que se elegía ayer era cuál oposición ganaba, como si el comicio obedeciera a desentrañar el misterio de quien será el único moralmente autorizado para oponerse al gobierno y no cómo se conformará el Congreso por los próximos dos años.

Su aparición, casi a la media noche del domingo, dio bastante pena y tenía mucho de representación gráfica de los que muchos creen estaba produciéndose en ese mismo instante: el comienzo de su fin.

Por sus propios intereses personales -que incluyen el valerse de cualquier medio para no ir presa- no puede descartarse que siga intentando dar brazadas de ahogado para que algo del oxígeno remanente entre a sus pulmones. Muchos creen -entre los que me incluyo- que esas brazadas, como las de todo aquel que sabe que se está ahogando, serán muy parecidas a la desesperación, a la imperfección y a la falta de estilo: en otras palabras intentar cualquier barrabasada con tal de salvarse.

Muchos piensan, paradójicamente, que, desde el punto de vista estratégico, ese es el escenario que más le conviene al gobierno que dispondrá de la posibilidad de mostrar un contraste evidente entre un modelo y el otro.

Pero si la primera parte de este comentario es cierta y lo que vimos ayer es la manifestación de algo más profundo que está ocurriendo en las entrañas de la sociedad, la Sra. Fernández no tiene lugar en ese escenario. Como parte de su combo incluye la violencia  verbal (que no tarda mucho en conectarse con la violencia de hecho) esa estrategia la hundirá más a ella y a sus eventuales aliados convenientes de la izquierda que no se han caracterizado nunca por otra cosa que no sea encapucharse y romper todo. Parte del mensaje de ayer fue la clara señal de hartazgo contra la violencia.

No hay dudas que el gobierno recibe un mandato de muchísima responsabilidad. La sociedad le dijo “queremos que nos ayudes a salir de la dependencia estatal; queremos que, estando sentado en los sillones del Estado, seas el que aliviane esos sillones y nos refuerces a nosotros, muchas veces, en contra de ‘tus’ propios intereses…”

¿Podrá hacerlo Macri?, ¿podrá sustraerse de la tentación de estatizar el poder y, al contrario, transferírselo a los ciudadanos?

¿Y serán éstos capaces de no asustarse a mitad de camino y tomar esa posta de la vida para que ésta sea el resultado de lo que cada uno planee y de lo que cada uno decida y no de lo que el Estado les resuelva?

Estos son los interrogantes que quedan por delante. El resultado de ayer es alentador. Todos debemos alegrarnos por habernos dado una oportunidad.


  • SebastianBassi

    Carlos, decis que la vida depende de uno y no de lo que haga el Estado, pero resulta que me mudé a EEUU, hago lo mismo que hacia en Argentina y gano 10 veces mas y consigo bienes mucho mas baratos y tengo mejor calidad de vida. Los servicios funcionan mejor, la escuela pública donde va mi hijo en Berkeley es mejor en todo sentido a cualquiera que experimenté en Argentina (publica o privada). Soy el mismo que era en Argentina, tengo el mismo puesto y en la misma empresa inclusive (es una multinacional). O sea, si la misma persona haciendo lo mismo vive mejor en un pais que en otro, decime como es que no importa lo que haga el Estado.