Unidades de medida

Las razones de un pedido de disculpas pueden ser una unidad de medida muy interesante para justipreciar el estado mental de un país en un momento dado y una forma indirecta de saber frente a qué clase de sociedad estamos.

Hoy el presidente Macri salió a pedir disculpas por lo que había dicho el lunes pasado luego de las elecciones, respecto de la reacción de los mercados frente al resultado de las PASO. Y una mayoría social importante le reconoció el gesto, con lo cual, entiendo, estaba de acuerdo en que el presidente se había equivocado.

Muy bien, en esos dos parámetros quiero detenerme.

¿Qué le está pasando a un país cuando un presidente debe salir a pedir que lo disculpen por decir la verdad? Porque, ¿alguien tiene alguna duda de que los mercados reaccionaron como reaccionaron porque ganó el kirchnerismo? Pues bien, eso es lo que Macri dijo el lunes. Y eso fue por lo que tuvo que salir a pedir perdón. ¿Qué está ocurriendo en un país como ese?

Pongámoslo de otro modo. Pensemos que Macri y Vidal hubieran ganado las PASO o hubieran estado a una distancia de 2 o 3 puntos de los Fernández, ¿los mercados, el dólar y el riesgo país habrían tenido los resultados que se vieron el lunes? No. Entonces es una verdad de Perogrullo que los mercados se manifestaron como lo hicieron porque ganó el kirchnerismo. Sin embargo el que tiene que salir a pedir perdón por decir una verdad perogrullesca es quien la dice, no quien la provoca.

Hay algo ontológicamente mal en una sociedad que atraviesa esos extravíos. Y es evidente que hay algo ontológicamente mal en la sociedad argentina. Más allá de las evidencias de fraude en las meses (no en el sistema informático) que se han conocido por miles en las últimas 48hs -lo que da la impresión de que se ha producido una profunda siesta en la red de fiscales del gobierno- lo cierto es que los tomadores de decisión vieron una foto el domingo a la noche y el lunes actuaron.

Ese mismo lunes el presidente describe la foto y luego debe salir a pedir perdón por contarla. ¿No les parece que estamos mal?

Resulta francamente auspicioso que las personas (y en especial los presidentes) pidan disculpas públicas por sus errores. Es más, no recuerdo un hecho como el de hoy a la mañana en toda la historia argentina. ¿Se imaginan a Cristina Fernández o al propio Alberto en una situación similar?

Pero todo debe ser interpretado dentro de un contexto. Resulta obvio que el gobierno quedó a la defensiva y como tal actúa. Su autoestima bajó mucho desde el domingo a la noche hasta hoy.

La oposición, en cambio, actúa con el envalentonamiento del golpista que, sabiéndose en posesión de las armas, arremete contra la civilidad. Eso y no otra cosa son los pedidos de decenas de dirigentes peronistas, incluido el impresentable de Sergio Masa, para que el presidente abandone el gobierno ahora. No cambian. Son lo que fueron siempre: fascistas.

¿Si creo posible un fraude fáctico con las boletas y las planillas? Perfectamente posible. ¿Si el gobierno “durmió” con la fiscalización de las mesas? Sin dudas. ¿Si el clima de no-empatía con el gobierno colaboró para que no existiera el fervor por fiscalizar que se vivió en 2015? Seguro. ¿Que el gobierno tiene sus espaldas cargadas con culpas de impericia, inocencia y fragilidad? Desde ya.

Pero que una sociedad acepte que un hombre deba pedir perdón por decir la verdad, habla de nosotros; no de él.

La Argentina alguna vez va a tener que plantearse seriamente qué papel juega la mentira en sus valores y en su confirmación axiológica. Y qué papel juega la verdad. Si preferimos que nos mientan o si le exigimos disculpas a quien dice la verdad. Eso nos va a ayudar a que nos demos cuenta dónde estamos. A qué infierno hemos descendido.

Se ha dicho también que el presidente dijo el lunes en su conferencia de prensa que el pueblo se había equivocado. O yo debo estar sordo o Macri jamás dijo eso. El presidente dijo que la reacción de los mercados se debía a que los antecedentes del gobierno kirchnerista y muchos de los dichos de sus dirigentes producían un nivel de desconfianza tal que eso se traducía en las decisiones de mercado del lunes por la mañana. ¿Es eso decir que el pueblo se equivocó? ¿O es describir una realidad obvia? ¿Qué podía decidir un inversor respecto de su dinero el lunes por la mañana cuando se enteró que las PASO habían sido ganadas por unos señores que dicen que hay que terminar con la Constitución y con el Poder Judicial? ¿Qué se supone que habría que esperar cuando quien ganó las primarias no puede justificar su patrimonio luego del paso por la función pública?

Pero la Argentina decidió condenar a Macri por decirlo. No condenó a quien amenaza con terminar con los jueces y con la Ley Fundamental que nos reconoce las libertades civiles a todos los habitantes. A esos los premió. A quien castigó fue a quien se limitó a describir una verdad perogrullesca. Es triste la Argentina. Y lo peor es que, como la verdad -su eterna enemiga-, no tiene remedio.